Hay una paradoja secreta en la arquitectura: los arquitectos, como los ciegos, pueden ver en la oscuridad.
No se trata, desde luego, de una facultad de los ojos, sino de una forma distinta de la mirada. El ciego no ve la habitación, pero acaso conoce su extensión por el eco de un paso, por la memoria de una puerta, por el inesperado frío de una pared. El arquitecto, antes de que exista la habitación, debe hacer algo semejante: recorrer con los ojos cerrados un lugar que todavía no existe.
Quizá por eso la arquitectura se parece menos a la construcción que al recuerdo. Una línea trazada sobre un papel no es todavía un muro, pero contiene su sombra; una planta no es una casa, pero guarda la posibilidad de sus habitantes, de sus silencios, de una tarde que aún no ha sucedido.
El arquitecto trabaja con una materia singular: lo que todavía no es. Allí donde los demás encuentran un terreno vacío, él sospecha una escalera; donde sólo hay oscuridad, imagina una ventana; donde no hay nada, escucha, con una obstinación que puede parecer locura, el rumor de una casa futura.
Los ciegos, se dice, desarrollan otros modos de ver. Tal vez los arquitectos no sean tan diferentes. Aprenden a mirar aquello que no está. Aprenden que la ausencia también tiene dimensiones, que el vacío puede ser medido y que una habitación comienza mucho antes de que se levanten sus paredes.
He pensado alguna vez que quizá ése sea el verdadero oficio del arquitecto: dar forma a una oscuridad que todavía no sabe que será luz.
Y cuando finalmente la casa está construida, cuando las paredes ocupan su lugar y una puerta se abre hacia un jardín, el arquitecto descubre una pequeña ironía: aquello que imaginó durante meses ha dejado de pertenecerle.
La arquitectura, como el tiempo, tiene esa costumbre.
Uno la construye para que exista; ella existe para demostrar que uno ya no está allí.
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