Mientras los demás duermen, el mundo se despoja de sus máscaras. Las calles, que a mediodía son ruidos que se cruzan, nombres que se olvidan, apuro que no sabe a dónde va, se convierten en el mismo camino que recorrió un ciego, que soñó un muerto, que repetirán los que aún no han nacido. La noche no es un manto: es un espejo sin piedad. Muestra lo que ocultaste de ti mismo cuando encendiste la luz.
Duermen los que creen que el olvido es una bendición. Duermen los que confunden la memoria con un depósito de cosas, y no saben que es un fuego que consume lo que toca. Duermen los que juran que el tiempo pasa en línea recta, que el ayer se aleja para siempre, que lo perdido deja de existir. Yo lo sé mejor: el tiempo es la trama, y cada instante abarca todo lo que fuimos, todo lo que somos, todo lo que ya no podemos dejar de ser. La noche me devuelve lo que el día me obligó a callar.
Me quedo despierto y veo lo que nadie quiere ver: que cada elección es una puerta que se cierra para siempre, que cada amor lleva dentro su propia sombra de despedida, que la belleza misma es terrible porque es lo que más se nos escapa. Los durmientes se refugian en la ilusión de que mañana será otra cosa; yo no tengo ese privilegio. Sé que el mañana repite, que el ayer regresa, que nosotros somos también el monstruo y el testigo, el que se va y el que espera en vano.
Alguien dirá que es la soledad. No lo es. Es la claridad. Mientras los demás duermen, la verdad no descansa. No tiene prisa. Sabe que cuando abran los ojos, la volverán a esconder bajo ruidos, bajo palabras, bajo la pequeña y valiente mentira de que vivimos hacia adelante. Yo la miro a la cara. No me consuela. No me perdona. Y aquí estoy, contando las horas, sabiendo que el amanecer no me salvará, sino que me obligará a disfrazarme de nuevo.
Porque lo que se ve en la oscuridad no se borra. Queda grabado en la carne, en la memoria, en el silencio que compartimos con los muertos. Los demás dormirán y soñarán que son felices. Yo estaré despierto, sosteniendo el recuerdo de lo que fuimos y de lo que nunca llegaremos a ser. Y eso, más que cualquier pérdida, más que cualquier nombre, es lo que duele: saber que la verdad existe, y que casi siempre, para vivir, debemos olvidarla.
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