La duda tiene una sombra.

Ignoro si en la infancia poseemos una antena que capta espejismos, pero sé qué ciertos recuerdos obtenidos en esa época, se quedan como dudas. Entre los míos hay uno que insiste en volver: la tarde en que conocí a “aquello”, nombre que entonces me parecía suficiente y que hoy apenas lo describe.

Mis padres habían alquilado una cabaña por quince días en sus vacaciones. Era una construcción sencilla, rodeada de árboles. Desde la ventana frontal se veía un río que avanzaba arrullando las piedras de sus orillas. La casa pertenecía a un amigo de mi abuelo, un hombre acomodado y de cultura vasta, pero silencioso, de quien se decía que pasaba las noches en vela emborronando cuartillas que luego arrojaba al fuego. En el patio había una réplica diminuta de la cabaña: la cabañita. Mi hermano y yo jugábamos allí a ser Robinson Crusoe, como si la literatura fuera un territorio que pudiera habitarse físicamente. Pero pienso, que había algo suspendido en el aire de esa diminuta cabaña.

Una tarde, vencido por el cansancio y el arrullo del río, me tendí sobre las maderas del suelo. La siesta comenzó a deformar los sonidos de la orilla. Mis párpados pesaron y el sueño, ese mítico personaje, me llevó hacia una densidad sin fondo. Lo que siguió fue una aventura que aún hoy me acompaña como una presencia real. En el sueño, una apariencia se nombró a sí misma: Sombra. No era un nombre articulado con la voz, sino una vibración que flotaba en un lugar sin tiempo, sin forma, como si su existencia fuera anterior a las dimensiones materiales. Hablaba —o más bien pensaba en mí— con la serenidad terrible de quien ha vivido eones. Se sabía colmado de ideas y destinos que daban vida a otros. Pero ahora estaba cansado, debilitado en su propio infinito. ¿Quién soy?, se preguntaba, y su pregunta resonaba en mis propios sentidos. Sentí una soledad divina, un temor cósmico que no era mío y que, sin embargo, me atravesaba el cuerpo. ¿Y si aquellos seres que lo rodeaban, aquellos que respiraban, amaban y morían en las vidas que él minuciosamente había elaborado, no fueran más que sus ideas? ¿Y si todo, no fuera más que el capricho de su imaginación? ¿Él era Dios? Se sintió irrevocablemente solo. Pero sabía que seguiría tejiendo mundos, solo para sentirse acompañado. En ese instante, la duda se volvió un ser vivo que me oprimió el pecho. Mi hermano entró a la cabañita y me despertó de golpe, trayendo consigo la luz de la tarde. Me toqué desesperadamente el cuerpo para comprobar que existía, que los huesos y la piel eran reales. Porque aquel ser que se creía creador me había dejado una inquietud que aún hoy no logro disipar: ¿y si mi existencia también es una conjetura de otro? ¿Y si este cuento, y quien lo escribe, son solo el sueño de un anciano silencioso que teme despertar? A veces creo que Sombra no era un personaje del sueño, sino un espejo. No el que refleja, sino el que pregunta.

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