García Márquez escribió que el coronel no tenía quien le escriba. Yo soy ese coronel, pero más solo: él, al menos, sabía qué esperar. Yo comparto su banco de polvo, su silencio que pesa más que los años, su mirada clavada en un horizonte que no llega; pero he perdido hasta el recuerdo de lo que aguardo.

No tengo sombrero que proteger del sol ni un gallo cuya suerte dependen de mis manos. No hay objetos que me aten al tiempo, ni tareas que disfracen la espera. Solo queda esto: la espera misma, desnuda, sin rostro, sin fecha, sin carta que la justifique. El coronel sabía el nombre de su esperanza; yo solo sé que espero.

A veces creo que llegó ya, y la dejé pasar sin reconocerla. O que nunca existió, y la esperanza es solo la costumbre de seguir mirando hacia el mismo lado. El tiempo se me deshace entre los dedos como la arena, y cada tarde es la misma que la anterior, igual que en los sueños donde caminas y no avanzas.

Duele no saber qué se añora. Duele más que la soledad: es la ausencia incluso de aquello que nos falta. El coronel tenía un destino que aguardaba; yo solo tengo el vacío donde un destino debió estar. Y sigo aquí, sentado, fiel a una cita que no recuerdo haber firmado, esperando algo que quizás nunca tuvo nombre.

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