MUSA DE LA DISCORDIA

Mujica – Uruguay – Sanguinetti

Diálogos confrontativos

Borrador de manuscrito

Versión 05

NOTA DRAMATÚRGICA

Esta obra es un ejercicio de ficción histórica. Nunca existieron estas entrevistas. Sin embargo, es una ficción, con raíces en la realidad.

Las tres figuras protagónicas son reales confrontando con una trama inventada con base en sus respectivas trayectorias.

Las posiciones atribuidas son inferencias fundadas en sus obras y trayectorias públicas.

DRAMATIS PERSONAE

José Mujica

Julio María Sanguinetti

María Esther Gilio

Voz en off de Carlos Quijano

* * *

Prólogo — La noche de las notas

Escena vacía. Una mesa de madera gastada, iluminada por un círculo de luz cálida que contrasta con la oscuridad del resto del escenario. Sobre la mesa: papeles desordenados, una taza de té frío, un cenicero. GILIO, setenta y tantos años, entra despacio. No mira al público. Se sienta. Toma un papel. Lo lee. Lo deja. Toma otro.

Silencio largo.

Luego, desde algún lugar que no es el escenario —quizás desde arriba, quizás desde adentro de ella misma— la VOZ DE QUIJANO. Grave, pausada, con la cadencia de alguien que ha pensado cada palabra muchas veces.

Voz de Quijano

María Esther. Necesito que escribas dos semblanzas. Mujica y Sanguinetti. Dos hombres que se odian con la precisión con que solo se odian los que se conocen demasiado.

GILIO no levanta la vista de los papeles.

Gilio

(en voz baja, como respondiendo a un recuerdo) Le dije que los conocía. Que había leído todo. Que sabía lo suficiente.

Voz de Quijano

Nadie sabe lo suficiente de un hombre hasta que lo escucha respirar cuando le hacen una pregunta incómoda.

GILIO levanta la vista. Mira hacia donde vendría la voz, pero no hay nada.

Gilio

Me mandó a entrevistarlos. Como si fuera fácil. Como si uno pudiera sentarse frente a dos hombres que han hecho la historia a golpes y preguntarles. Y usted, ¿qué sintió?

Pausa. Toma la taza. La deja sin beber.

Gilio

Lo que no le dije a Quijano es que me daba miedo. No ellos. El vacío entre ellos. Ese espacio donde debería haber odio y hay algo que no termina de serlo.

Pausa. En voz baja, casi para Quijano, casi para nadie:

Gilio

“Si querés que tu nota sea verdadera, no inventes nada.”

Vuelve a los papeles.

Voz de Quijano

(más suave, casi íntima) Seguramente conoces la historia de vida de Mujica y Sanguinetti. Lo que está en los libros. Lo que está en los discursos. Lo que ellos mismos han contado mil veces hasta que dejó de ser verdad y se volvió versión.

Gilio

Sí. Eso lo conocía.

Voz de Quijano

Entonces ve a buscar lo que no está en ningún lado.

GILIO revuelve los papeles. Encuentra uno. Lo sostiene con las dos manos como si pesara.

Gilio

(leyendo, o recordando) “Dos visiones del Uruguay confrontadas.” Eso escribí al principio. Dos visiones. Como si fueran ideas enfrentadas y no personas. Como si la historia fuera un debate y no una herida.

Deja el papel.

Gilio

Tardé en entender que no me habían mandado a cubrir una pelea. Me habían mandado a entender cómo dos hombres que pelearon toda la vida llegaron, sin querer, sin admitirlo, a algo que se parece demasiado al respeto.

Se levanta. Camina hasta el borde de la luz. Mira hacia la oscuridad del escenario, hacia donde estarán las escenas que vienen.

Gilio

Para entender eso tengo que volver al principio.

Pausa.

Gilio

Al principio de ellos. Que fue también, aunque no lo planeé, el principio de algo mío.

La luz sobre la mesa se apaga. Una luz diferente, más fría, más amplia, empieza a crecer en otra parte del escenario. GILIO no se mueve todavía. Permanece en el borde de la oscuridad, de espaldas al público, mirando lo que viene.

Oscuro total.

* * *

Escena I — El punto de llegada

Luz cálida, tarde. Dos sillones enfrentados levemente, no del todo, como dos hombres que han aprendido a estar cerca sin mirarse de frente. SANGUINETTI, ochenta y tantos años, traje oscuro, porte de quien nunca termina de dejar de ser presidente. MUJICA, también ochenta y tantos, ropa sencilla, las manos sobre las rodillas como si estuviera en su granja y no en un escenario. GILIO sentada a un costado, casi en la penumbra, con un cuaderno sobre la falda que no abre.

Silencio. No es un silencio incómodo. Es el silencio de dos hombres que ya no necesitan llenar el aire.

Sanguinetti

(mirando hacia ningún lado) El tiempo tiene una crueldad particular. Le da la razón a todo el mundo.

Pausa.

Mujica

(sin mirarlo) O no se la da a nadie. Que viene a ser lo mismo.

Silencio.

Sanguinetti

Yo era más joven cuando creía que tenía razón.

Mujica

(con una sonrisa mínima) Yo también. Aunque en mi caso la juventud duró más de lo recomendable.

SANGUINETTI lo mira de reojo. Algo entre la ironía y el reconocimiento.

Sanguinetti

Usted siempre tuvo esa habilidad. Convertir la obstinación en virtud.

Mujica

Y usted la de hacer que la prudencia pareciera coraje.

Pausa larga. Ninguno de los dos se ofende. Es casi un cumplido, de esa clase de cumplidos que solo se pueden hacer cuando ya pasó todo.

Sanguinetti

(mirando sus manos) ¿Sabe lo que extraño? Los debates en el Parlamento. Cuando todavía creíamos que las palabras podían cambiar algo.

Mujica

Las palabras cambian poco. Los años cambian todo.

Sanguinetti

Filosofía barata, Mujica.

Mujica

(sin inmutarse) Toda la filosofía que vale algo es barata. La cara es para adornar las paredes de los ricos.

SANGUINETTI suelta algo que no llega a ser una carcajada, pero se le parece. GILIO lo anota sin que se note.

Sanguinetti

(más serio, después de un momento) ¿Usted cree que hicimos lo que había que hacer?

MUJICA tarda. Es una pausa real, no teatral.

Mujica

Creo que hicimos lo que pudimos con lo que éramos. Que no es lo mismo.

Sanguinetti

No. No es lo mismo.

Silencio.

Mujica

(mirando hacia el frente, como si hablara a la distancia) Hay una flor en la granja, una flor amarilla que vuelve cada año aunque yo no haga nada. Ni la riego, ni la cuido, vuelve sola. A veces pienso que el Uruguay es así. Vuelve solo. A pesar de todo lo que le hicimos.

SANGUINETTI lo mira esta vez de frente. Es la primera vez que lo mira de frente en toda la escena.

Sanguinetti

(en voz baja) A pesar de todo lo que le hicimos.

Repite la frase de Mujica sin ironía. Como si la estuviera probando, como si nunca la hubiera dicho en voz alta y quisiera saber cómo suena.

Un silencio. Mujica, mirando el horizonte más que a su interlocutor:

Mujica

“No soy pobre, soy sobrio, de equipaje liviano. Vivir con lo justo para que las cosas no me roben la libertad.”

Sanguinetti asiente, casi sin querer. Luego, con la precisión de quien eligió siempre las palabras con cuidado:

Sanguinetti

“La democracia no es un estado natural; es una construcción cultural permanente y delicada.”

GILIO levanta la vista de su cuaderno. Los mira a los dos. Algo en su expresión cambia: ya no es la periodista que observa, es la mujer que entiende algo que no esperaba entender.

Gilio

(en voz muy baja, casi para sí misma) Para entender esto tengo que volver al principio.

La luz cálida se apaga lentamente sobre los dos hombres. GILIO permanece iluminada un instante más, sola.

Gilio

Al principio de ellos. Cuando todavía se odiaban con ganas.

Oscuro.

* * *

Escena II — El combate

Luz dura, blanca. Sin la calidez de la escena anterior. Una mesa rectangular, tres sillas. Espacio más formal, más frío. MUJICA y SANGUINETTI sentados en extremos opuestos de la mesa. GILIO en el centro, con su cuaderno abierto esta vez. Son más jóvenes aquí, o al menos lo parecen: más tensos, más erguidos, más a la defensiva. La ropa de MUJICA es más austera. La de SANGUINETTI más rígida. Cada uno lleva puesta su versión más pública de sí mismo.

GILIO los mira alternativamente. Antes de hablar, una pausa deliberada. Ella también es más joven aquí. Más filosa.

Gilio

Voy a pedirles algo que probablemente ninguno de los dos quiera hacer. Voy a pedirles que no me cuenten la versión que ya ensayaron.

Silencio.

Sanguinetti

(con cortesía que es también una advertencia) La señorita Gilio sabe perfectamente que no ensayo mis versiones.

Gilio

Doctor Sanguinetti, llevo veinte años escuchando políticos que no ensayan sus versiones. Se nota cuando lo hacen.

SANGUINETTI la mira. Decide no responder. MUJICA observa el intercambio con algo parecido a la satisfacción.

Gilio

(a MUJICA) Y usted no se ría todavía. Con usted voy a ser igual de insoportable.

Mujica

(sin borrarse la sonrisa) Me lo imaginaba.

Gilio

Quiero hablar del Uruguay que los formó a los dos. El país que se estaba rompiendo. Quiero entender qué vio cada uno y qué decidió hacer con lo que vio.

Pausa.

Gilio

¿Quién empieza?

Silencio tenso. Ninguno quiere ser el primero.

Sanguinetti

(al fin, con calma estudiada) El Uruguay de los sesenta era un país que había agotado su modelo. El Estado de bienestar que nos enorgullecía se había vaciado. Había inflación, había parálisis, había una clase política que no encontraba las respuestas. Y había, también, gente que decidió que la respuesta era la violencia.

Mujica

(sin levantar la voz) Había hambre. Había desigualdad. Había un sistema que prometía dignidad y entregaba miseria. Eso también había.

Sanguinetti

Había pobreza, sí. Y había instituciones para procesarla. Parlamento, partidos, elecciones.

Mujica

Instituciones que no llegaban a ningún lado.

Sanguinetti

Que llegaban más despacio de lo que usted quería. Que es distinto.

Mujica

(con más filo) ¿Sabe cuántos años puede esperar un hombre que tiene hambre hoy? ¿Cuántos ciclos electorales le parece razonable pedirle?

Sanguinetti

Le parece más razonable pedirle que empuñe un arma.

Mujica

A veces la historia no deja otra puerta.

Sanguinetti

(con dureza controlada) Siempre deja otra puerta. Lo que pasa es que la violencia es más rápida y más simple que la política. Y más destructiva. Eso lo comprobamos todos.

Pausa. Mujica, con la dureza de quien no tiene nada que perder:

Mujica

“A los que les gusta mucho la plata hay que correrlos de la política. Son un peligro.”

Sanguinetti, sin ceder un centímetro, responde con la frialdad del estadista:

Sanguinetti

“Gobernar no es hacer lo que la gente quiere en un momento de emoción; gobernar es conducir hacia donde el país necesita ir.”

GILIO registra el intercambio. Dos mundos que no encuentran punto de contacto. Todavía.

Pausa. GILIO no interviene. Deja que el silencio haga su trabajo.

Mujica

(más despacio, como si eligiera cada palabra) Yo no le voy a pedir disculpas por lo que fui. Pero tampoco le voy a pedir que entienda algo que no vivió desde adentro. Nosotros veíamos un mundo que se cerraba. Y elegimos una puerta que resultó ser un muro.

Silencio.

Sanguinetti

(inesperadamente quieto) Eso último… eso último puedo escucharlo.

GILIO lo anota. Es el primer milímetro de fisura y ella lo sabe.

Gilio

(con cuidado, sin romper el momento) ¿Y la represión? ¿Cómo la ven cada uno?

La tensión vuelve de golpe.

Sanguinetti

La represión fue una respuesta del Estado a una amenaza real. Excesiva en muchos casos. Inaceptable en otros. Eso no lo voy a defender.

Mujica

(con dureza) Inaceptable. Qué palabra tan ordenada para lo que fue aquello.

Sanguinetti

¿Qué palabra prefiere usted?

Mujica

Prefiero no usar palabras. Prefiero que usted cierre los ojos e imagine doce años en una celda de dos metros. Solo. Sin juicio. Sin fecha. Sin saber si el mundo sigue ahí afuera.

Silencio pesado.

Mujica

Después me dice si inaceptable le parece suficiente.

SANGUINETTI no responde inmediatamente. Es la primera vez en la escena que no tiene respuesta lista.

Sanguinetti

(en voz baja) No. No me parece suficiente.

GILIO levanta la vista. Los mira a los dos. Algo se movió en el aire de la escena y los tres lo sienten.

Gilio

(despacio) ¿Y el golpe? ¿El 27 de junio del 73?

Sanguinetti

(con amargura genuina) El día más oscuro de mi vida política. Ver cómo se clausuraba el Parlamento. Ver cómo todo lo que creíamos sólido resultó ser de cartón. Un cartón que no podía sostener el peso de los acontecimientos.

Mujica

Yo ese día estaba preso. Me enteré semanas después. Un guardia que se compadeció. Me contó su versión de la historia.

Pausa.

Mujica

(mirando a SANGUINETTI por primera vez directamente) ¿Usted lloró?

La pregunta toma a SANGUINETTI por sorpresa. Es demasiado íntima para este espacio.

Sanguinetti

(después de un momento) Eso no es algo que…

Mujica

No le estoy preguntando para agregarlo en el artículo. Le estoy preguntando porque quiero saber.

Silencio largo. GILIO no escribe. Espera.

Sanguinetti

(muy despacio) Sí. Esa noche, sí. El dolor estaba muy adentro. No encontraba por donde salir. Fue amargo. Fue salado.

MUJICA asiente. Una sola vez. Como si eso fuera suficiente información.

Gilio

(después de un silencio, casi en voz baja) Yo también estaba en Uruguay ese día. Dos meses después pusieron una bomba en mi casa.

Nadie responde. Los dos hombres la miran.

Gilio

No se preocupen. No les estoy pidiendo disculpas. Les estoy diciendo que en esta mesa no hay nadie que mire esto desde afuera.

Silencio.

Gilio

(mirando sus notas, luego cerrando el cuaderno) Por hoy es suficiente.

La luz blanca se endurece todavía más por un instante y luego cae a negro. En la oscuridad, la voz de GILIO:

Gilio

(voz en off) Esto no es lo que Quijano quería. No veo el conflicto que reflejan los relatos históricos. Veo algo más difícil de dibujar con palabras. Veo dos hombres que se hicieron daño, sin terminar de odiarse del todo.

Pausa. Luego, para sí misma:

Gilio

“A mí no me gusta opinar. Me gusta que opine el otro. Desde el escritorio no, le rajo a eso. Yo opino dialogando.”

Un círculo de luz pequeño sobre la mesa de notas. GILIO se sienta. Toma un papel. Lo tacha. Toma otro. Vuelve a los papeles.

Oscuro total.

* * *

Escena III — La fisura

Luz intermedia, ni la calidez del final ni la dureza del combate. Como si el espacio mismo estuviera negociando. La misma mesa de la escena anterior pero algo ha cambiado: las sillas ya no están en los extremos opuestos. Se acercaron, sin que nadie lo haya decidido conscientemente. GILIO llega última, los encuentra ya sentados. Los mira. Nota la diferencia. No dice nada.

Hay algo diferente también en los hombres. No más jóvenes, no más viejos. Simplemente más cansados. El cansancio de quien ha cargado algo mucho tiempo.

Gilio

La última vez terminamos abruptamente. Quiero retomar desde ahí.

Sanguinetti

(con calma) Fue duro. Igual estoy disponible.

Mujica

(mirando la mesa) Yo también.

Pausa. GILIO abre su cuaderno.

Gilio

El Pacto del Club Naval. 1984. El acuerdo que devolvió la democracia. Quiero que cada uno me diga qué fue ese momento para él.

Silencio inmediato. Más denso que los anteriores.

Mujica habla desde la prisión que vivió entonces, sin ser consultado:

Mujica

Mucho no se puede decir desde fuera. Solo quedan ecos vagos que los recoge el alma. Una sola cosa se reafirma: “El poder no cambia a las personas, solo revela quiénes verdaderamente son.”

Sanguinetti

(midiendo) Fue una negociación difícil en condiciones imposibles. Negociamos con militares que tenían el poder real. Con lo que había. Con lo que éramos. Y funcionó. Vale mucho la confianza en que se podría encontrar una salida transitoria que fuera decorosa.

Sanguinetti, desde la negociación que tuvo que hacer con lo que había a mano:

Sanguinetti

Jugamos las cartas que teníamos en la mano. Sabiendo que la paz todavía estaba lejos. Buscamos la luz al otro lado del rio. En mi cabeza sentía un martillo: “La paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de instituciones capaces de canalizarlos pacíficamente.”

Mujica

(sin mirarlo) Negociaron sin nosotros.

Sanguinetti

Ustedes estaban presos.

Mujica

Exactamente.

La palabra cae sola. No necesita nada más.

Sanguinetti

(con más tensión) ¿Qué propone usted? ¿Qué esperáramos? ¿Qué dejáramos pasar otra década de dictadura, hasta que los tupamaros pudieran sentarse en la mesa? ¿Que los blancos curaran sus heridas del exilio y reconstruyeran sus fortalezas?

Mujica

Propongo simplemente que no me pida que celebre un acuerdo que se hizo sobre mi cabeza. Sobre la cabeza de todos los que estaban adentro o en el exilio. Es mucha carga para dejarla pasar.

Sanguinetti

Ese acuerdo abrió la puerta de su celda. Ese acuerdo trajo a Wilson a sus pagos después de tan amargo peregrinaje.

Mujica

(con dureza fría) No me haga ese favor, Sanguinetti.

Silencio tenso. GILIO no interviene. Deja que respiren.

Sanguinetti

(después de un momento, más despacio) Yo también pagué un precio. No el suyo. Ni el de Wilson. No voy a comparar. Pero la distancia forzada de los pagos queridos no es gratis. Volver a un país destrozado y tener que reconstruirlo con los mismos que lo destruyeron no es gratis.

Mujica

No es lo mismo.

Sanguinetti

No. No es lo mismo. Pero no era fácil desde afuera tampoco.

Pausa. Por primera vez en la obra ninguno de los dos está atacando. Están, simplemente, nombrando su dolor.

Gilio

(con cuidado) ¿Qué perdió cada uno durante la dictadura? No políticamente. Personalmente.

Los dos hombres se detienen ante la pregunta. Es demasiado directa y los dos lo saben.

Mujica

(despacio, mirando sus manos) Años. Doce años que no vuelven. Amigos que no salieron. Una manera de ser joven que se cortó de golpe y nunca terminé de recuperar.

Pausa.

Mujica

Además, la posibilidad de equivocarme libremente. Que eso también es una pérdida, aunque no lo parezca.

Silencio.

Sanguinetti

(inesperadamente quieto) Yo perdí la certeza. Creía en las instituciones como se cree en algo sólido. El golpe del 73 me enseñó que nada es sólido. Que la democracia no es un edificio, es un jardín. Que, si no lo cuidas todos los días, se lo come el monte.

MUJICA lo mira. Es la segunda vez que lo mira de frente en toda la obra, y esta vez es diferente a la primera.

Mujica

Eso es verdad. Una verdad que duele.

Dos palabras. Pero es la primera vez que Mujica le concede algo a Sanguinetti sin ironía, sin condición.

GILIO lo ve. Baja la vista al cuaderno para que ninguno de los dos note que lo vio.

Sanguinetti

(sin soltar el momento) ¿Sabe lo que me costó más del primer gobierno? No los problemas económicos. No la oposición. Me costó convencer a la gente de que la democracia igual valía la pena, cuando esa democracia no alcanzaba para comer.

Mujica

Nosotros lo criticamos mucho en eso.

Sanguinetti

Sí. Lo recuerdo.

Mujica

(una pausa larga) A veces con razón. A veces sin ella.

SANGUINETTI lo mira. No esperaba eso.

Sanguinetti

¿Me está concediendo algo, Mujica? Luce cansado …

Mujica

(con su sonrisa mínima) No se acostumbre.

Esta vez SANGUINETTI sí se ríe. Una risa breve, real, que los sorprende a los dos.

Mujica, casi en voz baja, sin dirigirse a nadie en particular:

Mujica

“Triunfar en la vida no es ganar; triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae.”

GILIO escribe rápido, sin levantar la vista, como si tuviera miedo de que si los mira el momento se rompa.

Gilio

(sin levantar la vista) Una última pregunta por hoy. ¿Creen que Uruguay salió de la dictadura siendo el mismo país?

Silencio.

Sanguinetti

Salió siendo un país que había aprendido algo. No suficiente. Pero algo importante.

Mujica

Salió siendo un país que había sobrevivido. Que no es lo mismo que un país que pudiese sanar. Curar sus heridas.

Pausa.

Mujica

Todavía estamos sanando. Los dos lo sabemos.

SANGUINETTI asiente. Lentamente. Sin palabras.

La luz empieza a bajar. Pero antes de que caiga del todo, algo ocurre: SANGUINETTI, casi sin darse cuenta, pone la mano brevemente sobre la mesa, cerca de donde está la mano de MUJICA. No lo toca. Solo la pone cerca. MUJICA mira esa mano. No se mueve. No retira la suya.

Es un gesto minúsculo. Es el gesto más importante de la obra.

Oscuro.

Círculo de luz sobre la mesa de notas. GILIO se sienta. No tacha. Subraya algo. Murmura:

Gilio

“Al cortar, al podar la entrevista estás usando tu subjetividad.”

Lo lee. Lo subraya de nuevo. Casi sonríe.

Gilio

(en voz baja) Ahí está. Posiblemente eso fuera lo que Quijano quería que encontrara.

Oscuro total.

* * *

Escena IV — La conversación que Gilio pierde

Luz más cálida que la escena anterior, pero no la calidez plena del final. Una luz de tarde, como la de los días en que no pasa nada importante y sin embargo algo cambia. Las sillas ahora están colocadas en triángulo, no en línea. Un detalle escenográfico que el público puede no notar conscientemente pero que siente: la geometría de la conversación ha cambiado. Ya no es una entrevista. Es casi una reunión entre iguales.

MUJICA entra primero. Se sienta con la naturalidad de quien se sienta en su propio patio. SANGUINETTI entra después, lo mira, elige su silla sin que nadie se la indique. GILIO llega última, como siempre, pero esta vez algo es diferente: los dos hombres ya están hablando cuando ella llega. Bajo, casi inaudible. Se detienen cuando la ven. Ella lo nota.

Gilio

(sentándose, abriendo el cuaderno) Los interrumpí.

Mujica

Estábamos esperándola.

Gilio

No parecía.

Nadie responde. GILIO decide no insistir.

Gilio

Hoy quiero hablar de los años de gobierno. De lo que se pudo hacer y lo que no. Empecemos por usted, Mujica. La presidencia. ¿Qué esperaba y qué encontró?

Mujica

(pausado) Esperaba resistencia. Encontré una pared. Mas que eso, un muro.

Pausa.

Mujica

La diferencia es que la resistencia uno puede empujarla. Ante la pared hay que encontrar la puerta. El muro hay que rodearlo. Puede costar bastante.

Gilio

¿Y la rodeó?

Mujica

A veces pude hacerlo. Otras veces me quedé empujando cuando ya era claro que no iba a ceder. Eso me costó tiempo. Que es lo que menos tiene un gobierno.

Sanguinetti

(sin que nadie le haya preguntado todavía) El tiempo es el enemigo más cruel de cualquier presidente. Uno llega con una lista y el primer año se va en entender cómo funciona la maquinaria. El segundo en intentar moverla. El tercero en negociar lo que puede. El cuarto en explicar por qué no alcanzó.

Mujica

(mirándolo) Cuatro años y se acaba el recreo.

Sanguinetti

Exacto.

Un momento de acuerdo tan natural que los dos parecen sorprendidos de haberlo tenido.

Gilio

La educación. Usted decía educación, educación y educación. ¿Qué pasó?

Mujica

(con el peso de algo que todavía duele) Que tenía razón en el diagnóstico y me faltó poder en la ejecución. Pusimos las computadoras en las escuelas. Pusimos recursos. Pero cambiar la educación de un país no es una política. Es confrontar con una cultura. Y las culturas no cambian en pocos años.

Mujica suelta lo que lleva rumiando desde siempre:

Mujica

El tiempo marca la agenda. Gobernar requiere trabajo. Mucho sudor y algunas lágrimas. “Cuando tú compras algo, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata.”

Sanguinetti

Ni diez años alcanzan.

Mujica

Ni en veinte, a veces.

Gilio

¿Y eso lo sabía cuándo llegó?

Mujica

Lo sabía en la cabeza. No lo sabía en el corazón. Que es donde hay que saberlo, para no desesperarse.

Sanguinetti encuentra su propio camino para decir algo parecido:

Sanguinetti

La cabeza es la que construye los espacios para poder gobernar. Los espacios para que los ciudadanos puedan convivir. “El capital más importante de una nación moderna no está en su subsuelo, sino en la cabeza de sus ciudadanos.” Aunque las emociones no son ajenas a este proceso, por más pienso que uno ponga, en lo que hace o deja de hacer.

Pausa. GILIO va a formular otra pregunta, pero SANGUINETTI toma la palabra antes de que pueda.

Sanguinetti

¿Sabe lo que más me sorprendió de su gobierno, Mujica? No el Fusca. No la chacra. Eso es folclore y usted lo sabe tan bien como yo.

Mujica

(con ironía suave) Desde luego que lo sé. Pero el folclore comunica.

Sanguinetti

Lo que me sorprendió fue la ley del matrimonio igualitario. Realmente, no la esperaba de usted.

Mujica

¿Por qué no?

Sanguinetti

Porque usted es un hombre del siglo veinte. Como yo. Y esas cosas no estaban en el mapa de los hombres del siglo pasado.

Mujica

(después de un momento) Tuve buena gente alrededor que me convenció de que el mapa de aspiración se podía agrandar.

GILIO intenta retomar el hilo.

Gilio

Quería preguntarle a usted, Doctor Sanguinetti, sobre su rol como oposición durante esos años —

Sanguinetti

(a MUJICA, sin escuchar a GILIO) ¿Y la marihuana? ¿Eso también fue la gente de alrededor?

Mujica

(con una sonrisa amplia, la más amplia de toda la obra) Eso fui yo solo. Eso nadie me lo pidió. Hay veces que hay que dejar que aflore lo que uno lleva bien adentro.

Sanguinetti

(entre la incredulidad y la admiración) Legalizar la marihuana. En Uruguay. Yo todavía no termino de entender cómo lo hizo.

Mujica

Explicando. Insistiendo. Y aprovechando que la gente estaba mirando para otro lado.

SANGUINETTI suelta una carcajada real. La primera carcajada real de toda la obra. GILIO los mira. Ya no está tomando notas. Tiene el cuaderno abierto pero el lápiz quieto.

Gilio

(intentando una vez más) Si pudiéramos volver al tema de la oposición —

Mujica

(a SANGUINETTI) Usted fue duro en esos años.

Sanguinetti

Fui la oposición. Marcando al gobierno. Cuestionado. Haciendo propuestas. Para eso está la oposición.

Mujica

Para criticar, sí. ¿Pero hubo algo que le pareciera bien y no lo dijo porque no correspondía decirlo?

La pregunta es directa y un poco trampa. SANGUINETTI lo sabe.

Sanguinetti

(después de una pausa) La política exterior. Manejó la política exterior con más sutileza de lo que esperaba.

Mujica

(sin triunfalismos) Me alegra que lo notase.

Sanguinetti

No es un halago. Es una observación.

Mujica

Lo tomo igual. Se agradece.

GILIO cierra el cuaderno. Los mira a ambos. Los dos hombres están completamente absortos el uno en el otro. Ella podría levantarse e irse y probablemente ninguno lo notaría de inmediato. Eso la incomoda y al mismo tiempo la libera. Una sensación extraña, que reconforta.

Gilio

(en voz baja, más para sí que para ellos) ¿Puedo preguntarles algo fuera del tema?

Los dos la miran, como recordando que está ahí. Presente, pero cada tanto, silente. Para que cada uno pueda expresarse sin ataduras.

Gilio

¿Cuándo fue la primera vez que pensaron en el otro como algo distinto a un adversario?

Silencio largo. Los dos hombres se miran.

Sanguinetti

(lentamente) Cuando salió de la presidencia y no se fue. Eso me llamó la atención. Los que tienen poder generalmente se aferran o desaparecen. Usted volvió a la chacra y siguió hablando. Eso es bastante inusual.

Mujica

(a SANGUINETTI) ¿Y usted sabe cuándo yo experimenté lo mismo? Cierta sorpresa. Algo inesperado.

Sanguinetti

No.

Mujica

Cuando escribió el libro sobre Batlle. Leí ese libro en la cárcel, en copias que pasaban de mano en mano. Era el enemigo político escribiendo sobre la historia del país con honestidad. Eso no lo olvídé.

Silencio.

SANGUINETTI no responde. No puede, exactamente. Hay algo en su expresión que el público ve pero que él no mostraría, si supiera que lo están mirando.

Gilio

(muy despacio) ¿Y ninguno de los dos se lo había dicho al otro hasta ahora?

Los dos hombres la miran.

Mujica

No.

Sanguinetti

Tampoco.

Gilio

(cerrando el cuaderno definitivamente) Entonces vine a algo.

La luz empieza a bajar. Pero antes del oscuro, los dos hombres quedan hablando entre ellos, sus voces bajando hasta ser inaudibles, sus gestos relajados, como dos personas que descubren tarde que tienen más en común de lo que creyeron. GILIO los observa desde su silla, el cuaderno cerrado sobre la falda.

No toma notas. No necesita.

Oscuro.

Círculo de luz sobre la mesa de notas. GILIO se sienta. Esta vez escribe rápido, sin pausar, sin tachar. Como en voz alta, sin poder contenerse:

Gilio

Aparece el grito del alma de un periodista. “Escribir casi con desesperación. Con diversión. Con curiosidad siempre.”

Escribe como quien finalmente encontró la puerta. Como quien finalmente rodeó el muro. Mas cerca de ambos presidentes como personas.

Gilio

(en voz baja mientras escribe) Quijano me pidió que entendiera cómo se construye una enemistad que dura décadas y de repente ya no está tan presente. Creo que finalmente lo entendí. No desaparece. Se transforma. En algo que no tiene nombre todavía pero que se parece, apenas, a la comprensión que termina en gratitud.

Oscuro total.

* * *

Epílogo — La noche de las notas, continuada

El escenario exactamente igual al Prólogo. La misma mesa, los mismos papeles, la misma taza de té frío. La misma luz cálida en círculo. Como si el tiempo no hubiera pasado, aunque el público sabe que pasó todo.

GILIO entra. Igual que al principio. Se sienta. Toma un papel. Pero algo es diferente. Los papeles están más ordenados. Ella está más quieta. El peso que cargaba al principio sigue ahí, pero lo lleva de otra manera, como quien aprende a cargar algo sin que le doble la espalda.

Silencio.

Luego la VOZ DE QUIJANO. La misma voz del Prólogo. Pero esta vez no da órdenes. Pregunta.

Voz de Quijano

¿Y bien?

GILIO no responde de inmediato. Mira los papeles. Resuena en su cabeza, como un eco tardío, lo que Mujica dijo sin que nadie se lo pidiera:

Mujica

“El odio es un boomerang, te destruye a ti mismo antes de tocar al otro. Lo único que construye es el amor y la tolerancia.”

Y lo que dijo Sanguinetti, con esa manera suya de nombrar las cosas sin condescendencia:

Sanguinetti

“Una sociedad madura no es la que olvida su pasado, sino la que es capaz de mirarlo de frente sin dejar que los rencores bloqueen el futuro.”

Gilio

Me llevó más de lo que pensaba.

Voz de Quijano

Seguro. Siempre lleva más. ¿Qué encontraste?

Gilio

(pausa larga) Encontré dos hombres que construyeron su enemistad con mucho cuidado. Como se construye algo que uno necesita para sostenerse. Porque mientras el otro existe como enemigo, uno sabe quién es.

Voz de Quijano

¿Y cuándo se deja de ser enemigo?

Gilio

Ahí es donde se pone interesante. No dejan de serlo del todo. Eso sería demasiado limpio para ser verdad. Lo que pasa es que el enemigo empieza a tener grietas. Y por las grietas entra luz. Ilumina la verdad que antes permanecía oculta. No se ve tan negro al otro. Los grises ocupan su lugar. A veces los blancos, más luminosos finalmente aclaran la visión.

Pausa.

Voz de Quijano

¿Qué confirmaste de lo que ya sabías?

Gilio

(casi sin dudar) Que Sanguinetti es más inteligente de lo que sus adversarios quieren admitir y más frío de lo que él mismo cree. Que detrás de toda esa arquitectura verbal hay un hombre que sintió el 73 como una herida personal. Que la democracia para él no es una idea. Es algo que perdió y recuperó y no da por seguro. Hay que protegerla.

Pausa.

Gilio

Y que Mujica es más complejo de lo que su imagen permite ver. El filósofo de la chacra es real, pero es también una construcción colectiva. Adentro hay un hombre que todavía carga la celda. Que habla de la tierra porque la tierra no lo traicionó. Que hace política con el cuerpo porque aprendió en su propio cuerpo, lo que cuesta perderla.

Voz de Quijano

¿Y qué aprendiste que no sabías?

GILIO deja los papeles. Los mira desde lejos, como si fueran de otro.

Gilio

Que el tiempo hace un trabajo que la política no puede hacer. Que dos hombres que se dañaron mutuamente, directa e indirectamente, pueden llegar a un lugar donde ese daño no desaparece pero deja de ser lo primero.

Pausa.

Gilio

Y que ese extraño lugar para la convivencia, no tiene nombre en el vocabulario político. Hay que buscarlo en otro lado.

Voz de Quijano

¿Lo encontraste?

Gilio

(despacio) Creo que se llama reconocimiento. No perdón. No olvido. Reconocimiento. A veces reciprocidad. Ver al otro como alguien que también apostó todo a algo en lo que creía. Que también perdió cosas que no se recuperan. Que también llegó al final con más preguntas que respuestas.

Silencio.

Voz de Quijano

¿Y como esposos? Me interesaban también como esposos.

GILIO sonríe. Es la primera sonrisa completa de toda la obra.

Gilio

Ahí ambos se parecen más de lo que cualquiera de los dos admitiría. Detrás de cada uno hay una mujer que sostuvo con cariño y con amor lo que el proyecto político no podía sostener. Lucía en el caso de Mujica, que estuvo presa también y siguió adelante. La señora de Sanguinetti, que aguantó los exilios y las presiones y los silencios que tienen los hombres que cargan demasiado y no saben cómo descargarlo.

Pausa.

Gilio

Los dos tuvieron más suerte de la que merecían en ese sentido. Y los dos lo saben, aunque no lo digan seguido.

Voz de Quijano

¿Y como luchadores por la democracia uruguaya?

Gilio

(sin dudar esta vez) Complementarios. Eso es lo que nadie quiere escuchar pero es lo que vi mirando en lo profundo de los intercambios en las entrevistas. Uno luchó desde afuera del sistema para que el sistema no pudiera ignorar lo que estaba mal. El otro luchó desde adentro para que el sistema sobreviviera aunque estuviera apartado de la salud. Los dos fueron necesarios. Los dos se necesitaban sin saberlo.

Pausa.

Gilio

Uruguay tuvo suerte de tener a los dos al mismo tiempo. Construyendo el Uruguay del futuro. El Uruguay que enfrenta los retos del siglo XXI. Aunque los dos se hayan pasado décadas sin verlo.

Silencio largo.

Voz de Quijano

¿Y el artículo? ¿Cuándo me lo traes?

GILIO mira los papeles. Los toca. Los ordena por última vez.

Pausa muy larga.

Gilio

No voy a escribirlo, Quijano.

Voz de Quijano

(sin reproche, como si lo hubiera sabido) ¿Por qué?

Gilio

Porque lo que encontré no cabe en un artículo. Incluso en dos artículos. Ni en tres artículos. Los artículos tienes bordes. Esto que he aprendido no tiene bordes. Los artículos explican. Esto que viví en las entrevistas, no se explica. Se interioriza con la mente y el corazón, si uno tiene la paciencia de mirar el tiempo suficiente para adentrarse en lo profundo.

Pausa.

Gilio

Además, usted ya no está para leerlo. Y era para usted.

Y también esto, que nunca le dijo a nadie:

Gilio

“A veces pienso que si alguna vez ya no puedo entrevistar, si pierdo la memoria, me vuelvo loca…”

Pero esta noche, con estos papeles, la memoria está intacta.

Voz de Quijano

(muy suave, casi inaudible) Sí que estoy.

GILIO levanta la vista. Mira hacia donde vendría la voz. Esta vez no hay nada, como siempre. Pero esta vez eso no la entristece.

Gilio

Sí. Supongo que sí.

Se levanta. Camina hasta el borde de la luz. Pero esta vez no mira hacia la oscuridad del escenario como en el Prólogo. Esta vez mira hacia el público. Por primera vez en toda la obra, mira de frente.

No dice nada.

Vuelve a la mesa. Apaga la lámpara. La oscuridad total dura un instante.

Luego, solo, sin que nadie lo haga, el círculo de luz vuelve a encenderse sobre los papeles en la mesa vacía.

Los papeles solos. Iluminados.

Voz de Quijano

(por última vez, casi un susurro) Haz dado lo mejor de tu estilo intimista y directo, María Esther. Eso esperaba. Desde donde ahora estoy te lo agradezco.

Oscuro definitivo.

FIN DE LA OBRA

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS