La isla bajo los misiles

Está llegando octubre, ese mes que en la memoria cubana tiene un peso político. Y mis recuerdos —los de un niño de once años— regresan inevitablemente a la Isla. Yo no entendía del todo qué ocurría, aunque mis padres, con una gravedad que no era común en ellos, me habían advertido que por el desborde insólito de la ideología del gobierno cubano podíamos terminar hechos átomos. Hechos átomos: así, sin metáforas. Aquellas palabras quedaron suspendidas en mi memoria como un presagio.

Porque una de las rarezas de la Crisis de Octubre fue la distancia entre lo que estaba ocurriendo y lo que el pueblo creía que ocurría. Sumido en consignas, en marchas, en insultos rituales al Norte, en el ambiente público muchos cubanos de a pie, ignoraban lo desbastador de una guerra atómica. La épica sustituía al miedo; la propaganda, a la lucidez.

La Crisis de los Misiles fue quizá el instante en que la humanidad estuvo más cerca de un amanecer sin humanidad. Dos titanes, Estados Unidos y la Unión Soviética, tensaron el mundo que estuvo al borde de romperse.

En 1962, la URSS de Nikita Jrushchov comenzó a instalar secretamente en Cuba misiles nucleares capaces de alcanzar buena parte del territorio estadounidense. Era, según Moscú, un acto de defensa: proteger a Cuba de una posible nueva invasión después de Bahía de Cochinos. El 14 de octubre, un U‑2 estadounidense fotografió los emplazamientos. El 16 de octubre, Kennedy fue informado. Durante días, su gobierno debatió entre bombardear, invadir o encontrar una salida que evitara el cataclismo. El 22 de octubre, Kennedy anunció al mundo la existencia de los misiles y decretó una “cuarentena” naval alrededor de Cuba.

Entre el 24 y el 27 de octubre se vivieron los días más peligrosos. Buques soviéticos avanzaban hacia la línea de bloqueo; los misiles seguían preparándose; las fuerzas estadounidenses alcanzaron DEFCON 2, un nivel que rozaba la guerra. El 27 de octubre, un U‑2 fue derribado sobre Cuba. Murió su piloto. Ese mismo día, Kennedy y Jrushchov sostuvieron un intercambio diplomático que parecía escrito por dramaturgos del destino. El 28 de octubre, Jrushchov anunció que la URSS retiraría los misiles. A cambio, Estados Unidos prometió no invadir Cuba y, en secreto, aceptó retirar sus misiles Júpiter de Turquía.

¿Y Cuba? Aquí aparece el detalle que revela la verdadera dimensión del drama: el acuerdo final fue esencialmente entre Washington y Moscú. Fidel Castro quedó fuera de la negociación decisiva, y su disgusto fue tan grande como su impotencia. La Isla, que había sido el escenario del pulso mundial, se  quedó sin voz en el desenlace.

La cuarentena terminó el 20 de noviembre, cuando los soviéticos aceptaron retirar también los bombarderos IL‑28.

En síntesis: octubre de 1962 fue un pulso de trece días en el que tres hombres —Kennedy, Jrushchov y Castro— quedaron atrapados en una confrontación cuyo desenlace posible era la desaparición de ciudades enteras. La salida fue diplomática, pero estuvo marcada por errores de cálculo, comunicaciones secretas y decisiones tomadas bajo una presión que solo la Historia, con su vocación de tragedia, sabe imponer.

Después, el pueblo cubano —que nunca llegó a comprender del todo lo que había estado a punto de ocurrir— cantó en las calles: “Nikita mariquita, lo que se da no se quita.”

Y en aquel estribillo, de la burla y desencanto, quedó flotando una ironía que entonces casi nadie podía comprender: que el mundo acababa de pasar por uno de los momentos más peligrosos de su historia.

Yo tenía once años. No sabía qué era DEFCON 2, ni comprendía lo que significaba que hubiera armas nucleares a pocos kilómetros de La Habana. Sabía solamente que mis padres hablaban en voz baja y que algo grave estaba ocurriendo. Hoy, tantos años después, entiendo aquellas palabras: «podemos terminar hechos átomos». La advertencia ahora es un recuerdo, por suerte. 

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