Indalecio Prieto: la conciencia de la derrota

Indalecio Prieto: la conciencia de la derrota

Desde
que el doctor Juan Negrín recibiera «la honrosa, pero nada
envidiable, misión de formar Gobierno» (17 de mayo de 1937), el
tándem que formó con su amigo Indalecio Prieto, como responsable de
la cartera de Defensa, funcionó con la ilusión puesta en ganar la
Guerra Civil y el respaldo del presidente de la República Manuel
Azaña, aliviado por la caída en desgracia del anterior jefe del
Gabinete Francisco Largo Caballero, con el que nunca se entendió,
tras los trágicos sucesos de Barcelona. Sólo los sindicatos UGT y
CNT rechazaron formar parte del nuevo Ejecutivo de Negrín, quien sí
concitó el apoyo de socialistas y comunistas. Sin embargo, la
pérdida de la cornisa cantábrica, esperada pero no por ello menos
dolorosa, supuso un duro revés para la moral republicana y Prieto en
particular, quien tras la caída de Bilbao (19 de junio de 1937), apenas un mes después de ostentar su cargo presentó su dimisión a
Negrín, aunque este se negó a aceptarla. La pérdida del País
Vasco, rubricada con la deshonrosa rendición de los famosos gudaris
ante los italianos en las playas de Laredo y Santoña, el 26 de
agosto de 1937, constituyó un auténtico mazazo para las esperanzas
que albergaban millones de republicanos.

Tras
esta sonora derrota, que privó a la República de la industria
pesada de Vizcaya, Prieto y el general Vicente Rojo Lluch,
responsable del Estado Mayor republicano, planearon una ofensiva de
gran alcance en el sector de Teruel. La operación, desarrollada
victoriosamente en sus fases iniciales, proporcionó un alivio
temporal en el durísimo invierno de los inicios de 1938, pero apenas
unas semanas después la situación militar dio un vuelco
considerable. El mando franquista, empeñado en no conceder ningún
triunfo al Gobierno legítimo, lanzó una contraofensiva el 5 de
febrero que recuperó la ciudad el 22. Tras el trágico balance de
esta batalla, uno de los mayores desastres de toda la guerra, el
Ejército Popular perdió a más de 60.000 hombres frente a las
40.000 bajas del enemigo, quedándose sin reservas para reponer todo
el material bélico destruido, además de unas tropas tan
desmoralizadas como exhaustas. La debacle de Teruel, el verdadero
Stalingrado de la República, fue aprovechada por Franco de inmediato
y gracias a su superioridad en hombres y medios, el miércoles 9 de
marzo se lanzó sobre todo el frente de Aragón que sucumbió en un
mes.

Vicente
Rojo cometió el error de suponer que después de Teruel, su enemigo
le daría un respiro a sus maltrechas fuerzas, retomando sus planes
de atacar Madrid, y por ello replegó a sus brigadas más castigadas
hacia Cataluña. No contó con la obsesión del caudillo de los
rebeldes por buscar siempre el choque aniquilador, ni que este fuera
a ordenar, dos días después de recuperar Teruel, el avance de sus
fuerzas por la ribera sur del Ebro en dirección a Belchite
(Zaragoza). Su objetivo era acceder al valle del río Guadalope ─el
segundo afluente más largo del Ebro por su margen derecha─, y
situar allí una base de partida a un centenar de kilómetros de la
costa marítima, que pronto le permitiría alcanzar el Mediterráneo.
El total de las tropas franquistas desplegadas durante esta nueva
campaña ascendió a veintisiete divisiones, formadas por 150.000
hombres, respaldados por 750 piezas de artillería y 180 carros de
combate, contando con la cobertura aérea de casi setecientos
aviones, sumando modernos cazas y bombarderos de la Regia
Aviazione Italiana
y la germana Legión Cóndor, como los
nuevos Junkers Ju-87, más conocidos como Stukas, que
los alemanes estrenaron en los cielos de España.

La
realidad de aquel nuevo desastre sumió a Indalecio Prieto en un
pesimismo resignado ante lo inevitable, agravado por su maltrecho
estado de salud debido a sus dolencias cardíacas. Su amigo Julián
Zugazagoitia nos ofrece un patético retrato del ministro con el que
compartía mesa y mantel casi todos los días, señalando: «En
opinión de Prieto, nos estábamos acercando al desenlace de la
guerra. El desastre no tenía compostura. La desmoralización del
frente, corriéndose a la retaguardia, provocaría de modo inevitable
la catástrofe… El pesimismo no impedía a Prieto trabajar. Su
voluntad de servicio no se quebrantaba. Después de comer, tomando
café, va dándonos sus impresiones personales. Son terribles: Preveo
el desenlace para el mes de abril».

Y
el sombrío vaticinio de Prieto no era para menos. Con el objetivo de
reforzar su ofensiva y «debilitar la moral de los rojos», Franco y
Mussolini se pusieron de acuerdo en llevar a cabo sobre Barcelona ─la
entonces capital de la República desde el 30 de octubre de 1937─,
los mayores bombardeos aéreos realizados hasta entonces sobre una
ciudad, con la excepción de Guernica. En solo dos días (16-17 de
marzo de 1938), la aviación italiana destruyó a conciencia los
barrios obreros de la Ciudad Condal, con un balance de más de 1.300
muertos y el doble de heridos, además de centenares de casas
derruidas o incendiadas por la acción de las bombas de fósforo.
Tampoco las débiles defensas republicanas del frente resultaron
capaces de resistir aquel tremendo castigo y cayeron unas tras otras,
al tiempo que la moral de combate se desplomaba en toda la
retaguardia catalana.

Así
las cosas, el 23 de marzo las tropas franquistas cruzaron el Ebro por
la población de Quinto (Zaragoza) y el 3 de abril Lérida cayó en
su poder, pese a la dura resistencia que ofreció Valentín González,
el Campesino. Dos días después, Negrín aceptaba la dimisión
de Indalecio Prieto al frente del Ministerio de Defensa y, para colmo
de males, el viernes 15 de abril el teniente coronel Camilo Alonso
Vega ─amigo personal de Franco y compañero de promoción─, al
mando de la IV Brigada de Navarra (carlistas), alcanzaba la costa
mediterránea a la altura de Vinaroz (Castellón), partiendo en dos
la España republicana tal y como había previsto Franco.

De
este durísimo golpe la República jamás se recupero y, sombrío,
Prieto le confesó a Zugazagoitia, por entonces secretario de Estado:
«Hemos entrado en el último episodio de la guerra…, dentro de
poco ni siquiera habrá la posibilidad de retirarnos hacia la
frontera francesa, que Franco nos cerrará con bayonetas y se podrán
contar con los dedos de la mano los españoles que consigan
cruzarla». Y en efecto, la victoria del autoproclamado Caudillo
resultó aplastante, habiendo tomado Lérida y con las centrales
hidroeléctricas pirenaicas en su poder, además de ocupar un
territorio cercano a los 15.000 kilómetros cuadrados, tras apresar a
miles de combatientes provistos de abundante material de guerra
soviético.

EL
ACOSO COMUNISTA A INDALECIO PRIETO

En
su conocida obra: Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa
Nacional (1939),
Prieto explica su salida del Gobierno debido a
una confabulación tramada por los comunistas en connivencia con
Negrín para apartarle del poder. Siguiendo esta argumentación,
muchos historiadores consideran su caída como la continuación de
las maniobras que ya habían eliminado a Largo Caballero, amparadas
en la crisis catalana de mayo de 1937 y, obvio es decirlo, sobre
Negrín recaen la máxima responsabilidad por haberse entregado
supuestamente a los designios del PCE, hábilmente manejado desde
Moscú. Pero esta interpretación algo sesgada, margina aspectos tan
fundamentales como la crítica situación bélica de marzo de 1938,
con una ofensiva franquista que amenazaba con llegar hasta Valencia.
La situación era tan caótica que Prieto, decepcionado por la falta
de ayuda de los países democráticos, se esforzó todo lo que pudo
en limar asperezas con los diplomáticos y asesores soviéticos.
Hacía tiempo que la dependencia del Ejército Popular respecto al
material militar ruso ─financiado con el oro del Banco de España─,
había conducido a los políticos republicanos a resignarse y aceptar
la influencia del Kremlin, y el ministro socialista no era la
excepción.

Cierto
que la resistencia mostrada por Largo Caballero en colaborar con los
comunistas fue una de las causas que provocaron su caída, junto con
la crisis de mayo de 1937 en Barcelona. Y desplazado del poder el
viejo líder socialista e instalado Indalecio Prieto al frente del
nuevo Ministerio de Defensa, los soviéticos creyeron haber superado
el obstáculo que se oponía al aumento de su influencia. Sin
embargo, Prieto tampoco estuvo dispuesto a dejarse manipular y muy
pronto, sus relaciones con los asesores rusos y, por extensión, los
comunistas, se volvieron muy tirantes. La tensión con el PCE aumentó
desde junio de 1937, tras adoptar el ministro algunas medidas que
prohibían el proselitismo político en el Ejército Popular, que los
militares hicieran declaraciones a la prensa o participaran en
emisiones radiofónicas, al igual que la limitación de desfiles,
paradas militares y actos públicos, que patrocinaban los
estalinistas con fines políticos. Todo ello situó a Prieto en el
centro de las iras comunistas, que veían en él un nuevo obstáculo
para hacerse con la dirección de la guerra. A este respecto, señalan
muchos historiadores, caben pocas dudas acerca de la existencia de
una campaña del PCE en su contra y, después de Teruel, los líderes
comunistas creyeron que había llegado el momento que esperaban. A
través de carteles propagandísticos y artículos periodísticos
censuraron a quienes pretendían lograr un armisticio o cualquier
solución de compromiso, tal y cómo pregonaba el presidente Manuel
Azaña. Ello obligó a Prieto a pedir el apoyo de la Ejecutiva del
PSOE, pero la tibia respuesta del partido estuvo influida por esa
campaña de desprestigio. Fruto de la misma fueron las
descalificaciones personales que le hicieron Dolores Ibárruri (La
Pasionaria)
y el secretario general del PCE José Díaz,
acusándolo de «derrotista», o las viñetas en la prensa afín en
las que Prieto aparece aferrado a su sillón de ministro pese a su
mala salud. Pero la situación militar era tan grave que Vicente Rojo
y el general Ignacio Hidalgo de Cisneros ─miembro del PCE y
comandante de la fuerza aérea republicana─, planearon entregarse
al Gobierno de Burgos como cabezas de turco. Enterado el ministro de
este proyecto, incluso se ofreció a acompañarlos.

Para
entonces, mediados de marzo de 1938, ya se daban las condiciones
necesarias para que el tándem de Prieto y Negrín se rompiera. A
esas alturas, la fe de Negrín y la desesperanza de Prieto se
enfrentaban de forma irremisible. Prieto tenía conciencia de la
derrota militar y la imposibilidad de conseguir la deseada mediación
internacional. Negrín, opuesto a esa mediación que sabía no sería
aceptada por el bando rebelde, fiaba todas sus esperanzas en una
estabilización del frente que permitiera ganar tiempo hasta que se
produjera una evolución más favorable de la situación
internacional. En este ambiente enrarecido por la desastrosa marcha
de la guerra, el siguiente paso en la ofensiva contra Prieto le
correspondió darlo al ministro de Instrucción Pública Jesús
Hernández, quien bajo el seudónimo de Juan Ventura, publicó
en el periódico Mundo Obrero diversos artículos en los que
criticaba con dureza la gestión de Prieto.

EL
CONSEJO DE PEDRALBES

Para
resolver la crisis de marzo, el miércoles 16 se reunió el consejo
de Ministros en el Palacio de Pedralbes ─sede de la presidencia de
la República─, con Manuel Azaña presidiendo esa reunión
celebrada por la tarde. El objetivo de Azaña era convencer al
Gobierno de la necesidad de estudiar la propuesta de mediación
ofrecida por el embajador de Francia, incluyendo el envío de un
barco a Valencia para permitir la salida del Gobierno. Negrín, que
no ignoraba los propósitos de Azaña, organizó en colaboración con
los comunistas una manifestación multitudinaria de apoyo al Gobierno
que se presentó a las puertas del Palacio Presidencial.

Contamos
con tres relatos que coinciden, en lo esencial, respecto a lo
sucedido en aquella reunión, comenzando por el de Juan Simeón
Vidarte, líder socialista y uno de los convocantes, más el
testimonio de Zugazagoitia y las notas del ministro Manuel de Irujo.
Vidarte nos confirma la participación de Negrín en la organización
de esa manifestación que distaba mucho de ser espontánea, además
de pedir a Prieto y Zugazagoitia que le dieran su apoyo y no
respaldaran ninguna propuesta negociadora. Esto privó al presidente
de la República del eficaz refuerzo que los socialistas habrían
representado. Pero Azaña no se inmutó por la manifestación, y
prosiguió con sus argumentos en favor de poner fin a la guerra. En
sus palabras, se percibía claramente un tono de apremio y la amenaza
que dejaba entrever la posibilidad de su dimisión. Muy real, habida
cuenta de las consignas que gritaban los manifestantes y que se
escuchaban en Pedralbes: «¡Abajo el Gobierno de los traidores!..
¡No a los pactos!.. ¡Fuera el ministro de Defensa!..

Flemático,
Azaña ironizó con abierto desdén: «¿Una manifestación de
entusiastas? Déjelo, eso siempre es bueno. A menos que sean
entusiastas reclutados». Y tal y como estaba previsto, Negrín
accedió a recibir una delegación de los lideres convocantes,
formada por José Díaz y Dolores Ibárruri (PCE), Vidarte (PSOE),
Mariano R. Vázquez (CNT), Felipe Pretel (UGT), Miquel Serra i Pàmies
(PSUC) y Santiago Carrillo (JSU), quienes le entregaron un documento
mostrando la negativa a entablar conversaciones de paz. Como
consecuencia de todo ello, Negrín anuló cualquier iniciativa de
paz. Mas tarde, enfurecido por la estratagema puesta en práctica por
el doctor en complicidad con los comunistas, Prieto le acusó de
«haber autorizado la manifestación a pesar de su carácter
irrespetuoso, indisciplinado, coactivo e intolerable».

Vidarte
nos confirma: «que las discrepancias entre Prieto y Negrín eran
fundamentales y habían de desembocar en una crisis que no tenía más
que dos soluciones posibles: o la dimisión de Negrín como
presidente del Consejo y su sustitución por Prieto, o la salida de
Prieto del Ministerio de Defensa. La primera solución tenía como
grave inconveniente la enemistad de los comunistas y del derrotismo
cada vez más acentuado del ministro, aunque durante aquel consejo de
Ministros, Prieto volvió a proponer jugarse el todo por el todo y
provocar la extensión de la Guerra Civil mediante un ataque aéreo a
Italia como respuesta a los bombardeos de su aviación. Negrín,
apoyándose en la oposición rusa a dicho plan, rechazó la propuesta
de Prieto, pero al no cesarlo, el Ejecutivo estaba tocado de muerte».

El
29 de marzo, el Gobierno celebró una nueva reunión en el propio
despacho de Prieto. Allí, el ministro informó a los miembros del
Gabinete sobre las operaciones militares en curso. Su relato crudo,
despojado de todo subterfugio, no dejaba lugar a la esperanza, y «la
derrota le parecía inminente»… El efecto de su informe fue
demoledor, tanto, que es bien conocida la anécdota protagonizada por
Negrín ante la prensa a su salida del Ministerio: «¡Ahora mismo,
no se si pedir al chófer que me lleve a casa o a la frontera. Así
de atroz ha sido el informe que nos ha hecho Prieto!».

Ese
informe tuvo un efecto decisivo. Aquella noche, como explicaría más
tarde el mismo Negrín, tomó la decisión de sustituir a Prieto al
frente del Ministerio de Defensa. Luego, comunicó su propósito a
Zugazagoitia, amigo personal de ambos y quien habría de servir de
puente entre los dos durante aquellos días tan aciagos. Negrín
deseaba seguir contando con Prieto como ministro sin cartera, y el 5
de abril obtuvo la conformidad de Azaña para remodelar el Gobierno.
Ese mismo día, Prieto renunció a su cartera y se dirigió por carta
al presidente y a la Ejecutiva del PSOE, exponiendo sus razones. En
el escrito, reconoce su tono pesimista, la imposibilidad de romper
con los comunistas por las consecuencias que ello traería respecto
al material ruso, y la imposibilidad de aceptar un cargo vacío de
contenido en el Gobierno.

No
obstante, la lealtad de Prieto, al renunciar a encabezar la oposición
contra Negrín, contribuyó a dar estabilidad a la maltrecha
situación política republicana. Lo contrario, desestabilizar el
Gobierno en unos momentos en los que la situación militar adquiría
un cariz tan dramático para los republicanos, sólo hubiera
contribuido a acelerar la derrota. Curiosamente, el periódico El
Socialista,
nunca mencionó las verdaderas razones de su
dimisión, justificada por su delicado estado de salud.

«SOLO
LOS RESISTENTES TIENEN LA ÚLTIMA PALABRA»

La
única esperanza para los partidarios de la resistencia contra los
fascistas era que tal y como Negrín vaticinaba, en Europa comenzaron
a soplar con fuerza los vientos de la guerra, alimentados por el
palpable resquemor que producía el logro pangermánico de la anexión
de Austria (12 de marzo de 1938) al Tercer Reich. El Anschluss fue
un duro revés para el statu quo europeo y todo un fracaso de
la política anglo-francesa basada en el «apaciguamiento» respecto
a las ambiciones alemanas. Y en paralelo con la ofensiva franquista
en el frente de Aragón, Francia volvió a tener un Gobierno
frente-populista presidido de nuevo por Lèon Blum. El líder
socialista no dudó en convocar el 15 de marzo al Comité de la
Defensa Nacional, para examinar la situación creada por el triunfo
de la agresiva política hitleriana y la ofensiva fascista en España,
con el peligro que suponía la presencia de las tropas de Mussolini y
la Legión Cóndor al sur de los Pirineos.

Blum
temía, con razón, que la victoria franquista con el apoyo
germano-italiano supusiera un riesgo para la seguridad de Francia,
que haría peligrar las comunicaciones con sus colonias del norte de
África y dejaría expuesta a las razias aéreas de las potencias del
Eje toda la frontera pirenaica. Una España fascista obligaría a
París, en contra de su voluntad, a tener que defenderse de un tercer
enemigo con sus limitados recursos, además de pelear también en un
nuevo frente: el Marruecos español. Por eso mismo, el presidente
francés propuso el envío de un ultimátum al general Franco,
exigiéndole su renuncia inmediata a la ayuda militar extranjera y,
en caso contrario, le haría saber que su Gobierno adoptaría todas
las medidas de fuerza que considerara oportunas.

De
poco sirvió su empeño, la reacción de los estrategas militares,
incluyendo al influyente mariscal Philippe Pétain, un amigo de
Franco desde que ambos se conocieron en la guerra de Marruecos, fue
desautorizar esa iniciativa por falta de medios y efectivos
suficientes para sostener o respaldar cualquier amenaza. Sin contar
que la medida podía embarcar a Francia en una guerra contra las
potencias del Eje, cuando ni siquiera tenían las garantías de
obtener un respaldo efectivo de los británicos. La realidad era que
Londres seguía temiendo más a los bolcheviques que a los nazis, y
el moderado ministro del Foreign Oficce lord Halifax, no
estaba dispuesto a cambiar la postura británica de «la no
intervención» en la guerra de España.

Pero
lo que Lèon Blum ignoraba, era la traición del mariscal Pétain y
sus colaboradores de extrema derecha, quienes ya mantenían fluidos
contactos con los franquistas a través del diplomático José María
Quiñones de León, el antiguo embajador en París de la monarquía
alfonsina. Este les había dado garantías de que el Generalísimo
deseaba el logro de un entendimiento pacífico con Francia, para no
seguir teniendo una dependencia tan estrecha como la que le vinculaba
con Alemania e Italia. De ahí que el presidente Blum se conformara
con facilitar a la República española los suministros bélicos que
llegaban a sus puertos atlánticos procedentes de Rusia, además de
enviar algunas generosas partidas de alimentos, medicinas y material
sanitario.

Pese
a todos los obstáculos, dificultades y desastres militares que
tuvieron lugar, el tiempo que transcurre desde la anexión de Austria
hasta la nueva crisis de los Sudetes (septiembre de 1938), supuso
para la causa republicana un paréntesis de esperanza dentro del cual
Negrín casi se sale con la suya. El conflicto armado estuvo a punto
de estallar por la desmembración de Checoslovaquia, en cuya defensa
Francia estaba comprometida. Durante esos pocos meses, y a pesar de
la nueva caída del gobierno de Blum, reemplazado por el radical
Daladier y el consiguiente cierre de la frontera francesa para los
suministros de armas, Negrín estuvo convencido de que la República
podía ganar la guerra si se producía una intervención aliada en
España.

Incluso
después de sufrir un atentado anarquista a primeros de agosto cerca
de su domicilio en el barrio de Pedralbes, y acto seguido una segunda
crisis del Gobierno, que sin duda mermaron su optimismo y su salud,
el doctor se esforzó por aparentar fortaleza moral ante los suyos. Y
aunque nos consta que Azaña y Prieto ya habían perdido del todo la
fe en la victoria, Negrín les insistía en que una nueva contienda
estaba a punto de estallar en Europa. Ese conflicto, en su opinión,
obligaría por fin a la entente franco-británica a defender con las
armas en la mano la democracia y la causa republicana.

Negrín
ya explicó su voluntad de resistir en plena ofensiva franquista de
Aragón, en un discurso pronunciado el sábado 30 de abril ante los
embajadores extranjeros destacados en Barcelona. En aquel encuentro
exhortó a los diplomáticos a procurar la mediación de sus países
para proponer un armisticio, o al menos un alto el fuego, mostrándose
convencido: «Que las victorias son cosa de militares; pero la
Victoria es cuestión de voluntad… Resistir es, y sigue siendo hoy
día, abrir paso a la victoria. Cada día de resistencia es, y sigue
siendo, un nuevo as en nuestro juego». Y en ausencia de triunfos
militares, quizá su buen ánimo fuera debido a la carta que el
escritor Albert Camus, el gran simpatizante de la causa republicana,
le había escrito unos días antes, animándole con esta sentencia:
«Sólo los resistentes tienen la última palabra».

Nota
sobre Indalecio Prieto:
Nacido
en Oviedo, el 30 de abril de 1883, Indalecio Prieto quedó huérfano
de padre muy pronto. Siendo de origen humilde, se fue a vivir a
Bilbao, donde estudió en un centro religioso protestante. De
formación autodidacta, trabajó desde muy joven en los más diversos
oficios para ganarse la vida, y con apenas 14 años comenzó a
asistir al Centro Obrero de Bilbao, donde se relacionó con los
socialistas, ingresando en 1899 en la Agrupación Socialista de
Bilbao. Inició su actividad periodística como taquígrafo en el
diario La Voz de Vizcaya y, convertido en periodista, trabajó como
redactor del diario El Liberal, del que con el tiempo llegaría
a ser director y propietario, utilizándolo como altavoz de sus
opiniones políticas. Su fama como periodista la consiguió
publicando los artículos más veraces y descarnados sobre la guerra
de África y el desastre de Anual.
Elegido
diputado por el PSOE, su prestigio como parlamentario aumentó en
paralelo a su influencia política y su destacado papel en la
Ejecutiva. Contrario a la incorporación del partido a la Tercera
Internacional, se opuso a las escisiones terceristas que acabaron en
la fundación del Partido Comunista de España en 1921.

Bibliografía
consultada:

Negrín.
Biografía, de Enrique Moradiellos. Ediciones Península (Barcelona,
2006).

El
holocausto español.
Paul Preston. Penguin Random House
(Barcelona, 2017).

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