Los años no pesan, duelen.

Los años no duelen por sí mismos. Duelen las rodillas que ya no responden como antes, los silencios que antes eran palabras compartidas, las ausencias que se vuelven cotidianas y, sin embargo, nunca dejan de asombrarnos. Duele descubrir que algunos amigos ya pertenecen únicamente al territorio del recuerdo: que sus voces persisten, sí, pero ya no llaman a nuestra puerta. Duele ver partir a quienes siempre parecían invencibles, como si el tiempo mismo desmintiera la eternidad que les atribuimos. Duele, sobre todo, la indiferencia: ese muro invisible que se alza entre lo que fuimos y lo que somos, entre quienes nos recordaban y quienes simplemente nos olvidan.

He sospechado siempre que ninguna enfermedad envejece tanto como sentirse olvidado. El cuerpo se desgasta, es cierto, y la memoria —esa forma de la eternidad que nos fue dada— se afloja como una moneda vieja entre los dedos. Pero lo que realmente nos consume no es la marcha de los días, sino la certeza de que dejamos de ser necesarios para alguien. De que nuestro nombre ya no se pronuncia en las conversaciones, de que nuestra imagen se ha desvanecido, poco a poco, en la mirada de los demás.

Vivimos, en última instancia, para ser recordados. No por gloria, ni por fama, sino por ese sencillo milagro de seguir existiendo en la memoria de otro. Cuando ese lazo se rompe, algo muere en nosotros antes que el cuerpo. Envejecer no es acumular años, ni canas, ni arrugas. Es comprobar, con tristeza tranquila, que nos hemos vuelto ajenos para quienes nos fueron cercanos. Que ya no somos más que un eco, y a veces ni eso.

El tiempo nos quita lo que el corazón se niega a soltar. Y duele, sí. Pero quizá ese dolor sea la prueba más segura de que amamos, de que vivimos, de que fuimos reales.

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