
Todos los otros tienen la idea de irse a otros países. Hablan de ciudades lejanas como quien habla de cambiar de habitación: una fecha, un pasaje, algunas valijas y la promesa de empezar de nuevo.
Yo, en cambio, me voy quedando.
No recuerdo haberlo decidido. No hubo una reunión, ni una carta, ni siquiera una despedida. Simplemente, cada tanto, alguien se iba. Primero fue uno, después otro. Los que permanecían hablaban de los que se habían ido como si todavía estuvieran aquí, aunque sus nombres empezaban a necesitar una explicación.
Con el tiempo comprendí que quedarse también podía ser una forma de viajar.
Sólo que el viaje era en sentido contrario.
Mientras ellos cruzaban fronteras, yo cruzaba habitaciones. Mientras ellos cambiaban de país, yo veía cómo la casa se hacía más grande. Las mismas paredes parecían alejarse unas de otras, como si también ellas estuvieran pensando en irse.
Una mañana descubrí que ya no quedaba nadie a quien preguntar cuándo pensaba marcharme.
Fue entonces cuando recibí la carta.
Decía que, debido a mi permanencia prolongada, debía presentarme en la oficina correspondiente para justificar por qué todavía no me había ido.
La oficina quedaba en otro país.
Intenté explicar que justamente por eso no había podido presentarme, pero la respuesta llegó al día siguiente.
Decía la carta:
«Su ausencia ha sido comprobada. Por lo tanto, queda usted autorizado a permanecer.»
Desde entonces, cada vez que intento irme, alguien me informa que ya no estoy aquí.
Y cuando pregunto dónde estoy, me responden que eso sólo pueden decírmelo si primero regreso.
Así que sigo esperando. Al parecer, mientras permanezca aquí, seguirán llegando cartas que confirman que ya me fui.
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