Otra vez es septiembre y el 22 se acerca; es como si volviera a vivirlo.

​Aflora de nuevo la ansiedad de aquellos días en los que sabía que algo no andaba bien, esa certeza amarga de que te tenía, pero no por mucho tiempo.

Mi corazón dejó de ser fuerte, la respiración se volvió lenta y cada día dolía, pero no podía me detuve: tenía que seguir.

​Hoy ya no reniego de las promesas no cumplidas; entiendo que la forma en la que te fuiste era la única y que estaba escrita. Aprendí la lección, sí, pero con un costo: ahora, cada vez que presiento la vulnerabilidad, no puedo evitar huir.

​Regresé al lugar donde te conocí y las lágrimas brotaron sin permiso. Aún hay una herida abierta que se niega a cerrar del todo.

​Sé que sanar tomará más tiempo —tal vez años— y que, por lo pronto, debo concentrarme en la vida que habito hoy. Es, en verdad 

la vida que siempre había soñado… Solo que construida con el corazón colapsado.

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