Dos perros dormidos.

Dos perros dormidos.

Dia426

18/09/2026

El sol entra por el balcón y proyecta una sombra larga en el living. Son las siete de la tarde, el calor empieza a ceder y una brisa tímida entra por la ventana. Una de ellas solo desliza hasta la mitad y la otra está trabada por completo, las dos con la parte baja del vidrio llena de hocicos húmedos impresos como huellas dactilares.

Las perras duermen en el sillón. Berta sueña para afuera, los músculos se le contraen en pequeños espasmos, mueve las patas y resopla como quien, después de revisar las cuentas, entiende que no llega a fin de mes. Rita sueña para adentro, enrollada sobre sí misma, con una paz disciplinada.

Yo descanso en una reposera de plástico comprada hace pocos días en un bazar chino.

Entrecierro los ojos y aguzo la vista buscando en mi memoria los detalles, como dandole forma a las nubes.

Al lado, en la mesa ratona, un bonsái posa despreocupado de cara al sol. Fue el ultimo en sumarse de una larga lista de plantas. Y a la altura de la delicadeza que expresa su tamaño pierde una hoja cada vez que lo miro.

Los libros en el piso o en la biblioteca o un par en la mesa ratona y dos más en mi mesa de luz. Aparecen y desaparecen como estrellas, también el olor dulce del spray automático, y creo estar exagerando un poco con el tamaño del ficus.

Dos vinilos cuelgan en la pared, uno es Drama de Rodrigo Amarante, regalo de G, que debe estar acostada o en el balcón fumando o en el sillón con las perras.

El otro va cambiando con los días.

La pava hierve, silba cada vez más alto, pero me cuesta levantarme.

Cuento por dentro hasta tres y logro incorporarme.

En la cocina la ventana da al pulmón del edificio y se alinea con la de los vecinos nuevos, justo enfrente, a unos pocos metros. Desde acá parecen tener luz fría en todos los ambientes.

El café me sale bastante feo, como de costumbre. La cafetera fue parte de una negociación perdida, acompañada de la tele, la mesa, las sillas, la biblioteca y varias ollas y sartenes.

Sorbo el café y subo la música. La tarde muere lentamente en compases de 3/4. Suena «María bonita» de Agustín Lara, interpretada por Lafourcade, en un parlante chico que ocupa el lugar donde estaba la tele.

Me siento en el piso, donde antes estaba el sillón con las perras. Entre las rendijas de la persiana se filtran los últimos rayos de sol cargados de polvo y me quedo mirándolos embobado.

La música se pausa con tres golpes en la puerta que caen a tempo.

El departamento queda desolado e impecable. El color crema de las paredes ahora es un blanco frío que no puedo sacarme de debajo de las uñas. Le pego un último repaso entrecerrando los ojos, todo sigue en su lugar.

Él pasa casi sin mirarme, me aprieta fuerte la mano mientras repasa todas las esquinas buscando algún detalle. Encuentra un poco de humedad en el baño y algunos rayones en la parte baja de la puerta principal. Mientras me explica que son motivos suficientes para absorber el depósito me aburro de él.

Asiento y le paso las llaves.

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