Hacía tiempo que mis manos no tocaban el teclado, dejando en evidencia mis trastornos mentales no diagnosticados. Suelo escribir cuando estoy hundida en la depresión, pero no es esta la ocasión. Más bien me encuentro en mi habitación, en altas horas de la noche, reflexionando un poco acerca de mi existencia y a dónde voy a parar. He encontrado un camino lineal después de tanto sufrimiento interno. Como soy creyente soy consciente de que una mano me empuja por este sendero, ya que sola jamás pude. Cambié por completo mi rutina, mis amistades, mi forma de ver la vida; antes la veía con colores y hoy la veo con ojos realistas. El mundo realmente está podrido, solo hay que encontrar el mapa que nos permita recorrer esta vida sin volvernos locos. Estoy por cumplir veinticuatro años y viví sucesos que podrían haberme dejado envuelta en la locura. ¿Qué o quién me detuvo? ¿Acaso fue él, el que siempre escucha mis plegarias y responde, el que no me soltó la mano? De otra forma no se entiende. A mi yo adolescente la abrazo fuerte por haber soportando esa soga en el cuello durante tanto tiempo. No es fácil escapar de los brazos de la muerte que te buscan sin cesar. Me tiene acosada. No me deja escapar. No hay día en que ella no aparezca detrás de mí siendo un imán para mi pobre alma. Muchos acontecimientos que contar porque todos somos emisarios de nuestras heridas y es deber compartirlas para que otros no se sientan en soledad: la culpable de tantos renacimientos. Hay quienes se dejaron caer en ese vacío y quienes resisten pero con pesas de kilos que el cuerpo humano no puede tolerar.
Estamos en la misma, todos estamos acá.
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