A veces extraño estar enamorado.
No extraño a una persona; extraño la versión de mí que aparece cuando me enamoro. Esa manera intensa de sentir, de entregarme sin medir demasiado, de confiar incluso cuando no tengo ninguna garantía de que al otro lado vayan a cuidar todo lo que estoy poniendo en sus manos.
Y quizás ahí está mi contradicción: extraño sentir algo así, pero no quiero volver a entregarme de esa manera a cualquiera. Porque cada vez que amé, lo hice de verdad. Sin cálculos, sin defensas, sin saber querer a medias. Y cada vez que algo terminó mal, quedó una parte de mí aprendiendo a desconfiar.
No es que haya dejado de creer en el amor. Es que mi corazón aprendió a tener memoria. Recuerda las noches interminables, las preguntas que no encontraban respuesta, las lágrimas y esa necesidad de buscar dentro de mí alguna explicación: qué hice mal, qué me faltó, por qué nunca parecía ser suficiente. Hasta llegué a preguntarme si quizás había algo en mí que hacía que fuera tan difícil quererme.
Sin embargo, sigo teniendo una debilidad por el amor. Me sigue gustando esa sensación de encontrar a alguien y sentir que, por un instante, todo encaja. Extraño poder querer sin estar pensando constantemente en el final, sin preguntarme cuánto voy a sufrir cuando aquello que hoy me hace feliz deje de existir.
Tal vez no extraño estar enamorado de alguien en particular. Extraño poder hacerlo sin miedo.
Y quizás lo que más deseo no sea encontrar a alguien que me prometa que nunca me va a lastimar, sino a alguien que, con su manera de quererme, consiga que por un momento deje de pensar en todas las veces que el amor me dolió.
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