Había una vez una vida desilachada y casi imperceptible

de esas que vivimos con desgano, que llamamos vida porque consideramos vivo todo aquello que pueda contener signos vitales.

No mucho más que respirar e ir ocupando un puesto en el metro, en el bus o en la vía.

Como fantasma ondeante y pasivo a la espera de un motivo.

Como vivimos algunos, llevando el peso que hemos ido acumulando, porque somos fuertes, porque hay que seguir aquí de pie, sin entender claramente el para qué.

Con la fé puesta en otro ser, quizá fantasma, quiza inventado o igual de nefasto a nosotros mismos.

Acudí corriendo a escribir, como quien se hinca a pedir que sea pronta la partida, que no haya alargue y que no duela, que se callen las voces y la mentira.

No quiero más escenas forzadas, ni palabras no sentidas. 

Quiero dejarme llevar por el viento cual cometa que arrastra sin destino.

Ir a donde no pese el aire, ni hiera la palabra,  donde no quemen las  lágrimas mis pupilas.

«La muerte es el recurso que tiene el alma, cuando el cuerpo le queda chiquito para dar y recibir amor»

10 de septiembre día internacional de la prevención del suicidio.

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