Once despedidas

El aroma de tu perfume se confunde con la lluvia,
y en cada gota se despierta una memoria que no huye;
tu mirada, honda y cálida, de deseo revestida,
es un abismo donde pierdo voluntariamente la vida.

Amo tu sonrisa cuando el mundo te concede su benevolencia,
esa luz efímera que desafía toda apariencia;
y adoro cada fragmento de tu cuerpo imperfecto,
porque en tus supuestas fallas encuentro lo perfecto.

No me importa la geometría que la belleza te imponga,
ni el espejo que, cruel, tus inseguridades prolonga;
yo venero tus cicatrices, tus silencios y tu historia,
porque hasta en tus ruinas reconozco una victoria.

Añoraría tu sonrisa si el destino nos separara,
y cada rincón de tu alma, incluso aquel que se quebrara;
extrañaría tus tristezas, tus temores, tus heridas,
como quien pierde entre la niebla las razones de sus días.

Sería dichoso si tus dedos, firmes y robustos,
rozaran mi mejilla con la ternura de los justos;
con la misma delicadeza de la brisa matutina
que acaricia silenciosa una existencia que germina.

Jamás quisiera pronunciar la palabra: “adiós”;
prefiero desafiar al tiempo, al mundo y hasta a Dios.
Quédate conmigo, aunque permanecer sea un tormento;
aunque amar implique atravesar juntos el sufrimiento.

Podría rogarte una eternidad, si fuera necesario;
podría amarte cada día, cada noche, cada calendario.
Podría hacer de mi existencia una perpetua confesión
y convertir tu nombre en mi última oración.

¿Quieres saber por qué te amo?
¿Quieres conocer el principio de este deseo insensato,
la génesis de esta lujuria que me consume despacio
y transforma cada distancia en un ardiente desacato?

¿Quieres saber por qué finjo comprenderte,
por qué intento descifrar aquello que ni tú puedes explicarte?
Quizá, inconscientemente, te amo por tus heridas de muerte,
por esa fragilidad que ocultas detrás de tu aparente suerte.

Y te deseo por mis propias heridas,
por las cicatrices profundas que dejó mi pasado;
porque quizá nuestros abismos, al encontrarse,
descubrieron que no estaban destinados a permanecer separados.

Tal vez no somos más que dos almas heridas,
dos enigmas buscando respuestas en noches perdidas;
dos seres que, sin saberlo, encontraron en el otro
un refugio para aquello que jamás pudieron nombrar.

Así que quédate.

No prometo un camino exento de tempestades,
ni una eternidad desprovista de dificultades;
pero sí prometo quedarme cuando el miedo te persiga,
cuando el mundo te abandone y tu esperanza se extinga.

Quédate y siente que aquí no necesitas fingir,
que puedes ser herida, tormenta, silencio y cicatriz.
Quédate hasta comprender, sin temor ni condena,
que quizá mis brazos sean el hogar
que tu alma siempre soñó encontrar.

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