Camino dos, tres pasos, mientras mi silueta se desliza en el espejo. Mi vestido es solo piel: blanca, delicada, salpicada de lunares.
Mis caderas se mueven lentas e intermitentes, obedeciendo la música que los pies descalzos persiguen. Las manos dibujan figuras en el aire; el pecho, en pelea contra la gravedad, busca el ritmo de un cuerpo libre de juicios y ataduras.
El deseo no vive en cuerpos perfectos. Nace del absurdo y tosco imán de las miradas, del roce silencioso, de la voz y del pulso.
OPINIONES Y COMENTARIOS