Nota: Este cuento tiene 10 años. Escrito en Cuba.
Cuando el mago se detuvo a escuchar los ruidos del día que se apagaba, la noche comenzaba a extenderse sobre la ciudad. Entre las nubes, la última luz del sol se resistía.
El viento cambiaba de dirección y por momentos parecía traerle una voz.
Sintió miedo. Llevó la mano derecha al corazón, cerró los ojos y se encomendó al universo. Una luz violeta, invisible para los demás, envolvió su cuerpo.
—Estoy protegido —pensó.
Y comenzó a observar la realidad con el sexto chakra.
Pero el mago era también un hombre, y los hombres suelen confiar demasiado en aquello que aman. Pasaron los meses.
El peligro llegó sin estrépito, disfrazado de amistad. No llevaba rostro de enemigo ni palabras de guerra. Llegó con una sonrisa conocida, con recuerdos compartidos y con la confianza de quien alguna vez había sido aliado. El hombre mago no se protegió.
Una tarde percibió algo extraño en el aire. Era un olor que no pertenecía a la casa ni a la calle. Un olor fétido, casi imperceptible, que parecía salir de las palabras y que tenía el poder de matar el cariño. Entonces comprendió.
La mujer que había considerado su amiga estaba frente a él. Quizás nunca había sido su amiga.
—Es una embaucadora —se dijo.
Y, sin pensarlo, se convirtió en sombra. Solo la oscuridad podría protegerlo.
Pero la oscuridad también sabe esconder trampas. Sintió que algo lo absorbía. Primero fueron los pies, después las piernas, luego el cuerpo entero. Una garganta inmensa se abrió bajo sus sombras y lo tragó. Cayó.
No supo cuánto tiempo. Cuando volvió a percibir algo, estaba flotando en una cueva sin paredes. No había suelo ni techo. Solo brumas negras que se movían lentamente a su alrededor. Había caído en su propia trampa.
Al sentir el peligro había elegido la oscuridad y ahora no podía distinguirse de ella. Comprendió entonces que las sombras son fáciles de reconocer cuando vienen de afuera, pero casi imposibles de distinguir cuando uno mismo se ha convertido en sombra. Quiso regresar a su forma humana. No pudo.
Intentó encender una pequeña luz. La oscuridad la apagó. Volvió a intentarlo.
Otra vez. Nada.
La mujer había dicho que contaría la verdad. Una parte de la verdad. El hombre mago recordó esas palabras y sintió un estremecimiento. ¿Una parte de la verdad?
Quizás bastaba una parte para destruir una historia entera.
Recordó entonces todo lo que habían compartido: las conversaciones, los favores, las risas, los días en que aquella mujer había necesitado de él y él había estado allí. La verdad también estaba hecha de eso.
Pero las palabras ya habían comenzado a viajar.
Bocas ajenas recogían fragmentos, añadían otros y devolvían al mundo una historia distinta. Cada persona recibía una parte y la completaba con su propia imaginación.
El mago quiso gritar. Quiso maldecir.
Las maldiciones se volvieron contra él y oscurecieron todavía más la cueva.
Entonces comprendió que estaba perdiendo. No porque la mujer fuera más poderosa. Sino porque él seguía luchando con las mismas armas que ella.
El odio alimentaba la oscuridad. El miedo también. Sobre todo el orgullo herido.
Se quedó quieto. Por primera vez dejó de luchar.
Entonces vio algo. Muy lejos, casi en el centro de aquella negritud, había un punto. El mago lo observó durante mucho tiempo.
Después comenzó a girar. Despacio. Una vuelta. Otra. Y otra.
La oscuridad permanecía inmóvil, pero él giraba dentro de ella.
Comprendió que no necesitaba escapar de las sombras.
Tenía que atravesarlas. Siguió girando.
A cada vuelta sentía que algo dentro de él se desprendía: primero el miedo, después la rabia, después el deseo de responder al daño con otro daño.
Solo quedó el silencio. Y en el silencio, una pequeña luz.
Giró nuevamente. La luz creció. Entonces todas las sombras comenzaron a moverse.
La cueva entera empezó a girar alrededor de aquel pequeño punto luminoso.
El mago dejó de ser una sombra entre las sombras. Se convirtió en luz.
Una luz blanca, silenciosa, sin forma. La mujer estaba allí.
La vio rodeada por aquello que ella misma había creado. Su rostro parecía cambiar a cada instante, como si tampoco ella supiera cuál de todas sus caras era la verdadera.
El resplandor la alcanzó. Por un momento pareció que iba a desaparecer.
Pero no desapareció. La mujer resistió.
Quiso defenderse con palabras, con acusaciones, con todo aquello que había utilizado para herirlo. Sin embargo, frente a aquella luz, las palabras perdieron su fuerza.
No había odio contra el cual luchar. No había venganza. No había enemigo. Solo luz.
Y por primera vez, el mago comprendió que la verdad no necesitaba gritar.
La oscuridad comenzó a hacerse transparente. Entonces el hombre sintió compasión. No por la mujer. Por ambos.
Porque comprendió que también él había vivido demasiado tiempo creyendo que la luz y la sombra eran enemigos. Y no lo eran. Eran partes de una misma realidad.
Miró las sombras que aún flotaban a su alrededor y las dejó marchar.
No las destruyó. Las devolvió al lugar de donde habían venido. El Sol las recibió.
El hombre mago volvió lentamente a su forma humana.
Antes de marcharse miró a la mujer.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Conviértete en luz —susurró.
Y se fue”.
Después regresó a sus faenas de todos los días.
La vida continuaba.
Hecha de luz y de sombras.
La bipolaridad aparente.
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