
He pensado alguna vez que la soledad no es necesariamente estar solo. Hay ausencias que ocupan una habitación entera, que se sientan frente a nosotros, que escuchan en silencio y que, sin embargo, no están.
Por eso quizá sea preferible la soledad.
La soledad, al menos, no miente. No promete una compañía que no puede dar. Tiene la honradez de su vacío. Uno sabe que está solo y, en esa certeza, hay una forma extraña de libertad.
Distinto es estar acompañado de un ausente. Allí el vacío adquiere un rostro, una voz, un nombre. Uno habla y el otro parece escuchar; uno espera y el otro parece llegar. Pero nunca llega. Es una de las formas más crueles de la espera: esperar a alguien que ya está, y descubrir que su presencia es apenas una manera más elaborada de la ausencia.
Tal vez los hombres nos equivocamos al temer tanto a la soledad. Hemos inventado compañías, familias, amistades y multitudes para no encontrarnos con nosotros mismos. Pero hay compañías que son más desoladoras que cualquier desierto.
La soledad puede ser una habitación vacía. Un ausente, en cambio, puede ser toda una casa.
Y acaso el verdadero abandono no consista en que alguien se vaya, sino en que permanezca allí, junto a nosotros, convertido en una presencia que ha olvidado cómo estar.
Entonces comprendemos que no siempre duele estar solo. A veces duele mucho más estar acompañado de alguien que ya no está.
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