Nota del autor: Este cuento fue escrito hace una década en Cuba, bajo el peso de una realidad asfixiante donde el adoctrinamiento y la simulación colectiva eran las únicas leyes de supervivencia. Nació no como un simple ejercicio de literatura fantástica, sino como un mecanismo de defensa visceral: un exilio mental. En una isla rodeada de mar, donde escapar físicamente era un peligro y disentir equivalía a la locura, el espejo se convirtió en mi única grieta de escape, y la Ciudad de los Reflejos, en el único territorio libre de consignas que me permití habitar.
Un mundo de cristal
Estoy escribiendo movido por una fuerza que no sé si es del todo mía. Presiento que alguien, en algún lugar, comenzó a escribir mi vida antes de que yo la recuerde. Fue en una mañana de diciembre que me miré al espejo y no reconocí mi rostro. Las fiestas del fin de año eran pálidas. Pero al mirarme en el espejo del baño noté que había cambios: los ojos, la barba recién crecida eran propios; pero algo faltaba. Busqué entonces mis documentos. No encontré inscripción de nacimiento, ni cédula. Quizá era presa de un deliro: una razón que, cansada de mirar el mundo, ha decidido contemplarse a sí misma desde un ángulo prohibido.
En los tiempos remotos de mi lozanía fui prisionero del tumulto, de las manipulaciones de los dueños de las muchedumbres. Creía entonces que las ideas podían salvarnos, hasta que comprendí que también podían convertirse en jaulas. Crecí. Empecé a caminar con una máscara. No adopté la careta del bufón; preferí el antifaz grave, sin doctrinas. Y así, lentamente, perdí la noción del yo. Quizá por eso comencé a mirar los espejos. Al principio solo veía mi reflejo. Después descubrí que este no siempre hacía exactamente lo que yo hacía. Una noche levanté la mano y él tardó un instante en imitarme. Fue entonces cuando comprendí que había otro lugar. Desde aquel día me mudé a los espejos.
A mi espíritu le gustaba vagar por los puertos sin mapas. Me escondía, entonces, en los reflejos de la luz, quizás parapetado detrás de algún anhelo. Pero había días en que extrañaba el mar. Entonces abandonaba mi escondite y cruzaba. Me vestía como cualquier hombre y caminaba por la ciudad. Nadie parecía advertir mi presencia. Las calles me recibían sin amabilidad ni descortesía, como reciben las ciudades a todos los que han aprendido a caminar solos.
Sin embargo, junto a las aguas cantarinas surgía un estruendo inmenso, como si el odio del diablo, acumulado durante siglos, se derramara sobre mí. Ello me hacía volver al arquetipo de mis sueños, donde el tiempo era una superstición.
La vida dentro de los espejos no era aburrida. Aquí se hacía lo que se soñaba, o se soñaba lo que realmente se hacía. Al principio las ciudades parecían vacías. Después comenzaron a poblarse de sombras conocidas. Una tarde vi saltar a mi esposa. La reconocí antes de que tocara el suelo. —¿También tú? —le pregunté. Ella sonrió. —¿También yo qué? No supe qué responder. Caminamos juntos por calles tranquilas. Al doblar una esquina encontramos a un vecino. Después apareció otro. Luego otros más. Pronto la silueta de los reflejos abarcó a hombres y mujeres de otras provincias, turistas de tierras remotas, animales sin dueño y animales con amo. Las ciudades que me habían sido negadas en el mundo exterior comenzaban a repoblarse en el silencioso mundo de los espejos.
Mi esposa caminaba a mi lado como si aquello fuera lo más natural del mundo. Nunca le pregunté si estaba viva. Durante un tiempo creí haber encontrado mi lugar. Hasta que apareció él. No sé de dónde vino. Era un hombre alto, de postura mítica, como si hubiera sido colocado allí para vigilar una frontera que nadie debía traspasar. Me encontró antes de que pudiera cruzar nuevamente al otro lado. —¿Cómo entró? —preguntó. No respondí. —¿Cómo consiguió hacerlo?
Creí al principio que era un psicólogo. Después me di cuenta de que no, pues no le interesaba mi vida. Solo quería saber qué había hecho con mi mente para atravesar el cristal. Buscaba la puerta, la grieta por la que había escapado; y mientras hablaba, sentí caer sobre mi cuerpo toda la gravedad que había olvidado. Me arrastraban hacia una habitación con ventanas enrejadas. Me acerqué al ventanal. En el cristal apareció mi rostro. No esperé a que se dibujara el cuerpo entero. Me lancé atravesé el vidrio. Entré a la Ciudad de los Reflejos. Corrí por sus calles anchas y altaneras. Nadie me siguió. Nadie podía encontrarme allí. Durante un tiempo volví a sentirme seguro. Después vino el silencio. Primero fueron ecos lejanos, voces que me gritaban. Más tarde, el miedo de no poder volar.
Escribo ahora por un deseo irrefrenable de contar mi vida. Escribo para demostrar que estuve aquí. Pero me detienen. Me atan un brazo a una camilla. Una aguja penetra mi vena. Alguien habla desde las sombras. No distingo las palabras. Después escucho una sola palabra: —Loco.
Miro hacia el metal de la camilla. Allí está mi rostro ensombrecido. Corro hacia él y atravieso feliz aquel reflejo. Durante un instante todo queda en silencio, y sigo en una habitación. Pero ya no estoy en la habitación que conozco. Desde el marco metálico de mi mundo veo a un hombre que se levanta de la camilla. Es mi rostro. Lo observo caminar hacia la puerta. Hacia la realidad. Yo permanezco aquí. Desde este reino de metal contemplo las ciudades pálidas y oscuras que se extienden más allá del reflejo. Las calles están vacías y oigo pasos. Quizá alguien viene a buscarme. El otro hombre continúa alejándose, pero no intento detenerlo. Por primera vez no siento miedo. Lo veo marcharse y comprendo, sin júbilo ni tristeza, que ninguno de los dos sabe quién es el original. Quizá somos apenas dos variaciones de un mismo enigma. Y mientras él entra en la realidad, yo me quedo tranquilamente en el mundo de reflejos del metal de una camilla.
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