— Me voy a trabajar— Le digo a mi gato mientras cierro la puerta.

Antes de que cierre, alcanzo a ver sus ojos brillantes que me siguen con la mirada hasta desaparecer al cerrar la puerta por completo.

Ha sido una larga jornada laboral, llego a casa alrededor de las veinte horas. Al abrir la puerta, mi gato esta frente a ella con su cola en alto. Se frota entre mis piernas dándome la bienvenida.

—¿Quién es el gato más hermoso del mundo? — Le digo con una voz chillona mientras lo tomo en mis brazos y lo llevo hacia el espejo del comedor para que admire su reflejo. No estoy segura de que lo haga, pero es nuestra rutina de cada día.

Saco los recipientes de mi lonchera y los lavo, preparo la comida del día siguiente, sirvo un café y me dirijo a mi habitación para cambiar a la ropa de descanso. Él me sigue, le sirvo comida y agua, luego me acuesto sobre la cama y tomo mi café mientras leo un libro. Él me admira desde un costado.

Cuando acabo mi café, lo miro, él me devuelve la mirada.

— Debo levantarme— le digo mientras hago el gesto de levantar el edredón. Se hace a un lado y comienza a acicalarse. Me dirijo entonces hacia la cocina, lavo mi taza, y posteriormente, voy al baño a cepillarme los dientes. Mi gato me mira desde la puerta, parece instarme a darme prisa para ir a la cama. Lo hago.

Una vez que me acuesto y apago la luz, se acerca a mi rostro. Al ver que ya no tengo la intensión de levantarme. Da media vuelta y se va de casa. Cuando llega la noche, es tiempo de su paseo nocturno.

Siempre he ignorado si sale cuando no estoy en casa. Sólo sé, que cuando me voy, él espera mi regreso. Cuando llego, él está esperando. En la noche, soy yo quien debe esperar.

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