Tuve aquellas ganas de vivir. No recuerdo cuándo comenzaron. Tal vez siempre estuvieron allí, o tal vez uno inventa después una continuidad que nunca existió. Durante mucho tiempo las acepté sin hacer preguntas, como se acepta la lluvia cuando cae sobre una ciudad conocida. Tener ganas de vivir me parecía entonces una condición natural, casi una obligación que nadie me había impuesto y que, sin embargo, yo cumplía.

Vivía y tenía ganas de seguir viviendo.

No había en eso ninguna filosofía. Me levantaba, caminaba por las calles, entraba en una casa, salía de otra, hablaba con algunas personas, dejaba de hablar con otras. Los días se sucedían con esa obstinación de los relojes que nunca preguntan si uno tiene interés en conocer la hora. Yo tampoco preguntaba demasiado. Quizás ésa era la felicidad: no hacerse ciertas preguntas.

Ahora pienso que aquellas ganas eran una especie de promesa cuyo significado desconocía.

Hubo momentos que no supe valorar. Lo sé porque ahora los recuerdo. Entonces no parecían extraordinarios. Una conversación podía durar una tarde entera y yo suponía que habría otra. Una persona podía despedirse y yo imaginaba que volvería. Una casa podía estar llena de voces y yo no sospechaba que algún día iba a conocer el silencio de memoria.

Nunca sabemos cuándo estamos viviendo algo por última vez.

Ésa es una de las pequeñas crueldades del tiempo. Si supiéramos que una tarde es la última, acaso miraríamos de otro modo la luz sobre una pared, escucharíamos con mayor atención una voz, guardaríamos una palabra que después buscaríamos inútilmente durante años. Pero el tiempo no anuncia sus finales. Se limita a llevarse las cosas.

Y nosotros colaboramos con él sin saberlo.

Quizás por eso viví algunos momentos como si fueran eternos. No porque creyera en la eternidad, sino porque ignoraba que podían terminar. Hay una forma de inocencia en desconocer la última vez. Uno vive con la confianza absurda de que todo puede repetirse.

Después descubrimos que no.

Aquellos momentos se fueron. Algunos lentamente, otros con una violencia que sólo advertí mucho después. Quedaron fotografías, nombres, habitaciones, calles, ciertos objetos que todavía parecen conservar algo de lo que ocurrió junto a ellos. Pero las cosas no guardan el pasado. Apenas nos permiten imaginarlo.

A veces creo recordar un momento y me pregunto si realmente lo recuerdo o si he construido, con los restos de otros momentos, una memoria que me resulte soportable.

También las personas cambian cuando entran en la memoria.

Algunas se vuelven mejores de lo que fueron. Otras, peores. Algunas desaparecen casi por completo y otras, que durante años parecieron insignificantes, adquieren una importancia que nadie habría podido prever. El recuerdo tiene sus propias leyes y no siempre respeta los hechos.

Quizás yo tampoco.

Tuve aquellas ganas de vivir hasta que un día descubrí que ya no estaban. No hubo una fecha. Ninguna campana anunció su ausencia. No recuerdo haber tomado una decisión. Simplemente un día miré hacia adentro y encontré un lugar que antes estaba ocupado.

Me sorprendió menos la ausencia que la pregunta.

¿Para qué habían servido aquellas ganas?

Durante años había supuesto que tener ganas de vivir debía tener algún sentido. Algo debía justificar esa insistencia, esa manera de levantarse cada mañana y continuar. Busqué entonces una respuesta y no encontré ninguna que no pareciera escrita por otro.

Tal vez no habían servido para nada.

Y tal vez ésa sea una respuesta.

Porque quizá las cosas más importantes de nuestra vida no tienen una finalidad. Ocurrieron. Eso fue todo. Amamos sin saber por qué, perdimos sin saber para qué, caminamos hacia lugares que después quisimos abandonar y abandonamos otros que hubiéramos querido conservar.

La vida no parece tener la cortesía de explicarse.

Ahora, cuando vuelvo sobre aquellos años, no siento exactamente nostalgia. La nostalgia supone que uno querría regresar. Yo no sé si querría regresar. Hay lugares a los que sólo se puede volver mediante el recuerdo, y el recuerdo es una puerta que abre hacia un sitio que ya no existe.

Quizás viví momentos que no supe valorar porque todavía no sabía que eran recuerdos.

Ésa es la paradoja.

Mientras ocurrían, eran apenas vida. Ahora que han terminado, son importantes precisamente porque terminaron. El final les dio un significado que no tenían al principio.

Tal vez eso hacemos con todo: esperamos que algo se pierda para descubrir cuánto significaba.

Y así, lentamente, comprendí que aquellas ganas de vivir tampoco eran una posesión. No eran mías. Habían pasado por mí como pasan los años, las personas, las ciudades y los sueños. Yo las había confundido con una parte de mi identidad porque habían permanecido demasiado tiempo.

Pero nada permanece por haber permanecido mucho.

Una noche, sin saber por qué, pensé en todos aquellos momentos que alguna vez creí insignificantes. No pude recuperarlos. Tampoco hubiera sabido qué hacer con ellos si regresaran. Sólo pude reconocer, demasiado tarde, una verdad bastante sencilla.

Había vivido.

Había tenido momentos.

Y los había perdido.

Quizás ése era su único destino.

Tenerlos para perderlos.

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