«Cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.» —Jorge Manrique.

Con los años comprendí que el pasado no muere, sino que respira detrás de nosotros. Por eso veo lo que fui, no como lo que ocurrió exactamente, sino como algo que está vivo en alguna parte. Rememoro las calles de mi infancia, y regresan desde los ojos del niño que ya no soy, pero vienen cargadas de un brillo nuevo, como si hubieran sido tocadas por un fulgor que no me pertenece del todo. 

La calle Otero, que recuerdo, era de piedrecitas que terminaba en un bosque. Ahora sé que era algo más: un pasadizo entre dimensiones. A cada lado de aquella recta enorme estaban las casas de mis amigos, pero hoy me dan la impresión de puertas hacia versiones alternativas de mi vida. En una de ellas aún juego a la pelota. En otra, mi madre me lleva a la feria. En otra, las niñas siguen siendo mariposas, sin saber que un día dejarán de serlo. 

Cada casa es un mundo. Y me pregunto, con una mezcla de ternura: ¿qué se hizo de mi infancia? Quizá se quedó atrapada en una de esas dimensiones, esperando que yo regrese. O nunca terminó; solo se desplazó a un lugar donde el tiempo se detiene. He llegado a creer que la infancia se quebró cuando unas botas militares calzaron mis pies y me lanzaron a un servicio obligatorio donde las piedras pisadas simulaban la guerra. Recuerdo el peso de aquellas botas y la extraña sensación de haber dejado atrás, de pronto, al niño.

Pero ahora sospecho que ese episodio pertenece a otra dimensión: una donde Joaquín y yo seguimos hablando de María, de Alicia y sus trenzas rubias, de la esquina donde estaba el bar con su vitrola cantarina. En ese plano, Joaquín sigue existiendo, pero los uniformes no.

La memoria es una máquina extraña. No necesita engranajes ni electricidad. Basta cerrar los ojos para que vuelva a ponerse en marcha. Una tarde, cualquiera tomé de la mano al niño que fui. Él me miró con enojo, como si yo hubiera cometido una falta imperdonable.

—La peor traición es crecer.

Lo entiendo. Pero le recuerdo que él quería ser grande. El niño baja los ojos. Después levanta la mirada. Tiene la inocencia intacta. —Tenías que haberte negado.

No sé qué responderle. Entonces la calle Otero se abre. La bicicleta verde del niño avanza hacia un sitio que no pertenece a mi mundo. Por un instante creo que puedo regresar. Que puedo elegir otra versión de mí mismo. Doy un paso. Y esa tarde de recuerdos me prometo —solo por hoy— no crecer. Pero crecí. Y la calle Otero, paciente, sigue allí. En mi memoria. Esperando mi regreso.

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