Hacia Dónde Va La Sociedad Actualmente: Entre La Masa, El Espectáculo Y La Liquidez Existencial

Hacia Dónde Va La Sociedad Actualmente: Entre La Masa, El Espectáculo Y La Liquidez Existencial

«Existen tres clases de cerebros: el primero discierne por sí mismo; el segundo entiende lo que otros disciernen; y el tercero no discierne ni entiende lo que otros disciernen. El primero es excelente, el segundo es bueno y el tercero es inútil.»
Maquiavelo (El Príncipe, Cap. XXII)

La sociedad actual oscila entre la homogeneización masiva, la fragmentación identitaria y la espectacularización de la existencia, un triángulo crítico que ya anticiparon Ortega y Gasset, Freud, Bauman y Debord. Hoy, el hombre-masa convive con el Superyó tiránico, mientras la liquidez y el espectáculo disuelven los vínculos sociales en un individualismo narcisista. También es un fenómeno latente la invasión de necios (Eco), la falsa autoestima del «yo soy así» y la búsqueda de sentido como antídoto ante el vacío.

Como si se tratara de un efecto dominó, hoy hay narcisistas en el poder. Cabe preguntarse cómo es posible que el «inquilino de la oficina Oval» sea un individuo que lo que dice hoy se desdice al instante porque depende de cómo amanece su estado de ánimo, gobernando mediante un status quo en caos. Entonces, lo que dice no se sostiene porque es como si no lo hubiera dicho; su palabra pierde valor. Lo inquietante es el séquito de individuos que lo rodean y sostienen que este comportamiento es pura y legítima estrategia. Esto demuestra que hay liderazgos que no se sostienen sobre una ideología o principios estables, sino sobre algo más elemental: la capacidad de convertir cada circunstancia en negociación. Bajo esa lógica, la toma de decisiones deja de ser un compromiso con ideas para ser una transacción permanente donde importa ganar el momento. «El hombre-masa no acepta la dirección de nadie, pero tampoco asume la responsabilidad de dirigirse a sí mismo».

Desde esa perspectiva, cambiar de postura no constituye necesariamente una contradicción. Es una herramienta táctica. Si una posición deja de ser útil, se abandona; si otra ofrece ventaja, se adopta. Lo inaceptable ayer puede ser razonable mañana, no porque cambiaron los principios, sino el cálculo político. Así, parece lógico para sus ejecutores, pero los resultados muestran inestabilidad y caos.

A esto se suma la resistencia a reconocer el error. Cuando admitir una equivocación amenaza la imagen de autoridad, resulta más sencillo modificar el relato que revisar la convicción. La nueva versión se presenta con la misma seguridad, como si nunca existiera contradicción alguna. El pasado no se corrige, se reescribe de inmediato. Y la autoridad pretende convertir esa narración en la verdad vigente, imponiendo un nuevo guion como si nada hubiese pasado.

Hay, además, una comprensión eficaz del poder de la atención. Una afirmación polémica provoca una reacción; una contradicción genera otra; una nueva declaración desplaza a la anterior antes de ser examinada. El resultado es saturación informativa donde adversarios, medios y opinión pública terminan siguiendo la agenda de quien habla, en lugar de imponer la suya.

En ese escenario, la contradicción no es debilidad. Puede convertirse en forma de control. Mientras todos discuten lo dicho ayer, el protagonista define qué se hablará mañana. A esto nos arrastran, a saltos y giros que solo llevan a improvisaciones erráticas. «El precio del progreso es la infelicidad».

Pero quizá la clave para entender este fenómeno esté en la relación emocional entre líder y seguidores. Para una parte del electorado, la consistencia factual pesa menos que la sensación de firmeza, autenticidad y capacidad de confrontación. La precisión del dato se discute; la percepción de que alguien “no se deja doblar” resulta muy difícil de desmontar.

Por eso, un cambio de opinión que parece contradicción, desde dentro es pragmatismo. Una concesión se presenta como inteligencia estratégica. Una rectificación es muestra de fortaleza. Y lo que para críticos es incoherencia, para seguidores es simple adaptación frente a un adversario que cambia constantemente las reglas. «El hombre no es un ser amable y pacífico, sino un lobo para el hombre».

El problema aparece cuando el pragmatismo es la única regla. Una administración sin principios puede ser flexible, pero profundamente imprevisible. Cuando la verdad depende de la conveniencia, la discusión pública deja de preguntarse qué es cierto para concentrarse en quién impuso su versión de los hechos.

Ahí reside la verdadera fuerza y el peligro de este liderazgo: no necesita afirmaciones coherentes. Le basta conseguir que cada una, en su momento, parezca convincente para mantener el control de la conversación pública de una forma casi inmediata.

Vivimos tiempos en los que el llamado «sesgo de halo» es la forma subjetiva en cómo percibimos el atractivo de alguien, asumiendo que lo feo es malo y lo bello puede ser bueno. El efecto halo es un sesgo cognitivo que nos lleva a formar una impresión general de alguien, una marca o un producto, a partir de un rasgo específico. La vida real es colonizada por el consumo acelerado de apariencias.

Si detectamos un aspecto positivo en una persona que apenas conocemos, esa impresión influye en cómo la valoramos. Basta un detalle favorable para terminar viendo al resto con mejores ojos. Este efecto recuerda que el cerebro busca atajos para escapar de la incertidumbre. Cuando conocemos a alguien, basta una primera impresión para construir una imagen global, estirando un dato aislado hasta convertirlo en un retrato completo de quien apenas conocemos.

El problema es que este mecanismo engañoso nos lleva a obviar la complejidad real de las personas. Cada individuo es un mosaico de facetas y contradicciones que no caben en una burda simplificación. Detenernos a reflexionar antes de emitir una opinión es vital: reconocer que lo que vemos es apenas una pequeña parte nos ayuda a resistir la tentación de reducir a los demás y, en cambio, abrirnos a la riqueza humana que somos. El consumo reemplaza a la pertenencia social: «Somos lo que compramos, no lo que creamos».

Esta dinámica de la liquidez existencial nos arrastra irremediablemente hacia un escenario donde las convicciones son efímeras y la verdad se disuelve en el mar de conveniencia. La sociedad del espectáculo, como la definió lúcidamente Debord, nos convierte en simples espectadores pasivos de nuestra propia realidad, aplaudiendo el show mediático mientras se desmantelan valores fundamentales. Frente a esta peligrosa invasión de lo trivial, resulta urgente recuperar nuestra capacidad de asombro y el pensamiento crítico. No podemos permitir que la frivolidad sea el único parámetro para medir la grandeza de una persona o de un líder. Debemos exigir sustancia sobre la forma, integridad por encima de la mera apariencia. Al final, nuestra ineludible tarea es reconstruir sólidos puentes de empatía humana para poder asegurar un futuro mejor.

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