Maritza, recostada en forma fetal, aprieta los ojos y sopla suavemente de a ratos. Su madre

golpea la puerta de su dormitorio y le dice que deje de ser histérica, que todas pasamos por

lo mismo, que necesita ayuda en la cocina y que ella sigue ahí de vaga, esperando que le

den todo en la mano.

Maritza se levanta, siente una punzada en la columna, traga saliva y le avisa a su madre que

ya está yendo.

—Yo a los catorce años, como tiene esa gurisa, ya ayudaba en el campo y me iba a caballo

a la escuela, descalzo y con una galleta abajo del brazo —decía el padre, mirándola con

desprecio.

Maritza, dibujando una sonrisa que no era acompañada por su mirada, caminaba hacia su

madre para ayudarla a terminar de preparar el almuerzo.

Para sus compañeros de clase era gracioso apretarle la punta de los dedos y ver que

quedaban blancos en lugar de rojos, como los de los demás chicos del salón, y bromeaban

con que algo de Eugenia, la chica afro de la clase, estaba apoderándose de sus dedos.

A los veinte se puso de novia. Camilo, su novio, le empezó a decir que si lo amaba tenía

que acostarse con él, si no era una mentirosa. Ella, insegura, acomplejada con su extrema

delgadez, pensando mucho si era verdad o no que lo amaba, pero con miedo a perderlo,

accedió y descubrió que no sentía lo que esperaba o imaginaba, que había sido algo rápido

y un poco doloroso; pero pensó que debía hacerlo, si no Camilo iba a pensar que no lo

amaba y se iba a quedar sola, como su tía abuela, que era la solterona histérica de la

familia.

Los problemas comenzaron cuando ella se negó a tener intimidad durante el período porque

le daba vergüenza —le habían dicho que era asqueroso— y además a ella le dolía mucho y

creía que lo iba a empeorar. Eso le generaba extensas discusiones con Camilo, que la llevó

a contarle sus problemas a su suegra, la cual le dijo que lo que cura esos dolores normales

era tener un hijo.

Pasando un año y sin embarazo, creyó que sus dolores no se irían nunca. Le consultó a un

especialista, que le hizo una serie de análisis dolorosos y sin anestesia para decirle que

estaba sana, que era normal el dolor, que todo era normal.

Sugirió que Camilo era el que podría tener algún problema para reproducirse, lo que no

solo lo indignó, sino que lo llevó a darle un cachetazo diciéndole que no se burlara de su

hombría, y luego vino la relación sexual más violenta de su vida, otra más que no deseaba.

A los veinticuatro años, Camilo le hizo un discurso de «no eres tú, soy yo, las cosas

cambian, la vida se complica» y la dejó por una chica de diecinueve años con la cual se

casó dos meses después.

Sin ayuda médica, sin comprensión de allegados, con los mismos dolores y ahora sola,

comenzó a trabajar como empleada doméstica en una casa con cama. Una mañana,

acostada sollozando en forma fetal en la cama, apretando las piernas, pensaba que debía

levantarse a trabajar. Su patrona golpeó la puerta y ella le dijo que pasara. La mujer, al

verla, frunció el ceño y le preguntó si le pasaba algo, a lo que ella le dijo todos sus dolores:

la ropa que ya no le servía durante una semana, los dolores de cabeza, los análisis a los

cuales le tenía pánico pero que le devolvían normalidad. Y la señora le dijo que tenía que ir

a un especialista; ella le aclaró que fue a muchos y que todos le decían lo mismo, que eso le

pasa a todas, lo mismo que le dijo su madre, y que según su exsuegra se curaba con un

parto, pero que eso tampoco había llegado.

Indignada, su patrona negó con la cabeza y le dijo que ella la iba a acompañar a solucionar

ese problema, y le hizo un té que le calmó un poco los dolores diciéndole que su abuela se

lo hacía, que era de manzanilla, jengibre y miel.

La acompañó a ver a siete ginecólogos. Seis proponían hormonas, análisis dolorosos, y el

problema seguía hasta que el séptimo le puso nombre al dolor de Maritza: endometriosis.

No era un sufrimiento normal por existir, no era una histérica, era un problema de salud. No

se curó, pero lo aliviaron. No tuvo hijos porque, después de Camilo, no hubo ganas de

seguir intentando tener parejas. Pero hoy, con cuarenta y siete años, toma la mano de su

patrona que está en sus últimos días, su amiga, y piensa que se está yendo la única persona

que se preocupó por curar a la histérica.

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