Vivir en una urna de cristal

Vivir en una urna de cristal

Alondra Toledo

10/09/2026

No entendía por qué sus padres la vigilaban tanto, hasta el punto de no dejarla respirar. Si sus amigos salían a la calle con la bici, Lucía se tenía que quedar en el porche. Si una pelota se alejaba dos metros de sus pies, su madre pegaba un grito de puro terror que asustaba a todo el vecindario. Después, para disimular, la abrazaban fuerte, le compraban el juguete que quisiera y le sonreían con una cara de pena que a ella le revolvía el estómago.

Lucía pensaba, simplemente, que sus padres eran unos exagerados.

Todo se aclaró una tarde en el colegio. Ella miraba a los demás jugar. Martín, un compañero de clase, se acercó a recoger un balón que se había colado en los setos. La miró un rato, extrañado de verla siempre sola.

—Mi madre dice que normal que no te dejen hacer nada —soltó el niño, como quien habla del tiempo.

— ¿Por qué? —preguntó Lucía.

—Por tu hermana.

Lucía parpadeó, confundida. No tenía hermanos.

— ¿Qué hermana?

—La otra Lucía. La que se murió —dijo Martín sin ninguna malicia—. Mi madre dice que un coche se la llevó por delante en esta misma calle. Salió corriendo detrás de una pelota que se le había escapado y no la vio venir.

El patio del colegio se quedó en silencio. Por primera vez, Lucía entendió el miedo de sus padres, las prohibiciones y la sombra de la niña muerta que llevaba grabada en su propio nombre.

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