A veces uno despierta con una angustia o con una alegría, pero quizás pertenezcan a un tiempo que aún no sucede. También ocurre que recordamos, mientras dormimos, hechos que jamás ocurrieron. Los antiguos decían que los sueños no inventan nada. Que solamente nos permiten mirar aquello que el tiempo mantiene oculto.
Fue en uno de esos sueños donde la Muerte tuvo una revelación. La Muerte descubrió que también ella podía morir. Que el universo decretó la ley, un día antes del entierro.
La Muerte siempre ha cumplido su oficio. Llega a las casas, a los hospitales, camina por los campos de guerra y se sienta junto a los lechos donde alguien respirará por última vez. La Muerte no es buena ni mala. Simplemente llega.
Pero aquella noche entró en una habitación pequeña donde una vida la miró.
—Es la hora —dijo.
La vida no respondió. Miró durante unos instantes la habitación y hasta las fotografías donde permanecían vivos, en sus recuerdos, algunos rostros que habían muerto muchos años atrás. Entonces preguntó:
—¿Puedo decir una última cosa?
La Muerte asintió.
—Cuando me quites la vida, morirás.
La Muerte permaneció inmóvil. No había escuchado jamás una afirmación semejante. Pero tampoco sabía discutir. La Muerte no discute, ejecuta.
La vida cerró los ojos. Y murió.
Durante unos segundos nada ocurrió. Luego la Muerte sintió algo desconocido. No era dolor. Era ausencia. Una especie de vacío que comenzaba en sus manos y avanzaba lentamente hacia ninguna parte. Intentó retroceder, pero ya no tenía adónde ir. Al tomar aquella vida, había cumplido su función. Y al cumplirla, había dejado de existir.
La Muerte murió sin hacer ruido. Nadie estuvo allí para verla.
Con los siglos la habitación desapareció. La casa fue derribada. La calle cambió de nombre. La ciudad levantó nuevos edificios y nuevas generaciones ocuparon las habitaciones donde otros habían amado, enfermado y envejecido. Pero aquella vida no desapareció del todo. Alguien recordó su nombre. Otros recordaron su historia. Aquella vida, de algún modo, continuó. No en la carne, sino en la memoria.
De la Muerte, en cambio, nadie volvió a hablar. Los hombres siguieron enterrando a sus muertos, pero cuando pronunciaban la palabra «muerte», ya no nombraban a nadie. Era solamente una palabra.
Tal vez por eso, algunas noches, cuando soñamos que morimos, despertamos con una extraña certeza: que no hemos soñado nuestra muerte. Hemos soñado la muerte de la Muerte.
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