CRUCES
Y SOMBRAS

Fran
J. Saavedra Bauló

Diseño
gráfico de la portada: José Antonio Martínez Ponce

Un
relato de ficción ambientado en Las Palmas de Gran Canaria. Todos
los personajes incluidos en el relato son ficticios y no tienen nada
que ver con personas reales o situaciones conocidas.

PRIMERA
PARTE

Capítulo
1

Miró
el documento durante varios segundos que le parecieron eternos,
quizás repasando su carrera de más de cuarenta años de servicio.
Antes de firmar su jubilación, le pasaron por la mente las
innumerables victorias y todas las decepciones acumuladas. Ya lo
tenía en sus manos, estaba decidido y no había vuelta atrás. No le
temblaba la mano al coger el bolígrafo, pero su corazón y sus
recuerdos lo seguían atando a un mundo que en apenas un mes
desaparecería.

«Siempre
es mejor vivir experiencias que contarlas sin haberlas vivido»,
solía repetirse. Por eso, desde hacía años, Paco Figueroa esperaba
la jubilación en la Policía para empezar a escribir de verdad. No
le importaban ya ni la fama ni el reconocimiento, ni siquiera vender:
publicaría todo en Amazon, sin buscar editorial ni concursos,
convencido de que el que escribe es escritor, lo lean o no.
Escribiría porque le gustaba, y con eso le bastaba.

Con
unos ahorros que tenía estaba negociando la compra de un terreno a
unos quince minutos de la ciudad y ya había recreado en su mente el
porche con el portátil, su perro Frankie y una jarra de limonada
fresquita. Solo, en el campo, en su casa con su pasión, la escritura
y una vida que se le antojaba ideal, una existencia relajada,
tranquila, sin sobresaltos y en paz.

Probablemente
la quietud, calma y sosiego con los que se tomaba la vida le daban
ese aspecto todavía jovial que, por su apariencia, nadie le echaría
más de cincuenta. Sus sienes comenzaban a teñirse de blanco, pero
aún conservaba un cabello negro que desafiaba el paso del tiempo.

A
lo largo de su vida había esbozado cientos de relatos y guiones que
nunca llegó a terminar, convencido de que las experiencias debían
reposar, como el buen vino, antes de paladearlas.

Hubiera
destacado en cualquier profesión, pero eligió la Policía, para
investigar la psicología de quienes la vida coloca al otro lado de
la ley.

Siempre
insistía en señalar que no influyó nada el que su padre fuera un
destacado policía que consiguió hallar respuestas donde nadie las
buscaba. Y que fue por descarte por lo que eligió el puesto de
trabajo en la comisaría, que ahora debería abandonar en solo un
mes, según los documentos que se le adjuntaban para su firma.

La
proximidad de la jubilación no cambiaba en nada su día a día.

Cuarenta
años de servicio le habían dejado pocas cosas todavía capaces de
sorprenderlo.

La
comisaria Inés Fernández, su jefa directa, se acercó a él e
interrumpió por un momento sus ensoñaciones.

—¿Ya
lo has firmado?

Paco
Figueroa asintió con una inclinación de cabeza y le entregó el
documento con su rúbrica al final del papel. La comisaría lo
recogió y, tras una breve pausa, le entregó una carpeta no muy
voluminosa con un llamativo título: «Arcángel».

—Deja
todo lo que tengas entre manos. Ya se ocuparán Diego o Martínez. A
ti te paso este caso, que se las trae.

Paco
frunció el ceño, sosteniendo la carpeta sin abrirla. Sus dedos
tamborilearon sobre la portada, como si dudara en aceptar el peso de
una última responsabilidad.

—¿En
serio, Fernández? En un mes entrego la placa y me voy. ¿No hay
alguien más para esto? —le espetó, con un tono que mezclaba
cansancio y una chispa de curiosidad que no podía disimular.

Fernández
esbozó una media sonrisa, apoyándose en el borde del escritorio.
Sus ojos, curtidos por años de decisiones difíciles, buscaron los
de Paco Figueroa.

—Precisamente
por eso te lo doy a ti, Paco. Eres de los que no se rinden, aunque
estés ya con un pie fuera. Este caso no es uno más: es como esos
guiones que nunca terminas. Sé que no podrás resistirte a darle un
final.

Paco
Figueroa soltó un bufido suave, casi una risa resignada, y abrió la
carpeta apenas un instante, dejando que su mirada se posara en las
primeras líneas. Luego la cerró de golpe, como si temiera que el
caso lo atrapara antes de estar listo.

—Un
mes, Fernández. Si no lo resuelvo, no vengas a pedírmelo después
de mi fiesta de despedida.

La
comisaría asintió, dándole una palmada en el hombro.

—Confío
en que lo harás. Siempre has encontrado la manera.

Paco
Figueroa miró a su superiora dirigiéndose hacia su despacho y puso
la vista en el horizonte. Allá donde, a través de la ventana, se
veían a lo lejos unos barcos entrando y saliendo del puerto de La
Luz y de Las Palmas.

De
ser un pájaro, hubiera sido el mejor camino a tomar para alejarse de
un problema que se le venía encima, tal como hacían todas las aves
que se posaban de vez en cuando en el alféizar de la ventana.

De
vuelta a la realidad, decidió abrir la carpeta y conocer el nuevo
enigma que le había tocado en suerte.

El
dossier contenía varias fotos donde aparecían dos chicas distintas
desnudas y llenas de heridas y moratones. Parecían hechas en lugares
alejados entre sí. Cada una de ellas tenía en la boca una medalla.
En la primera distinguió la figura del arcángel San Miguel y en la
segunda, tras buscar una lupa para confirmarlo, adivinó la cara del
arcángel San Rafael.

«Vaya
imaginación para darle nombre a los casos. Cada día se lucen más»,
se dijo. Tras dejar la lupa sobre la mesa, se incorporó y empezó a
pensar.

«Tres
arcángeles reconoce la Iglesia católica. Si nuestro asesino sigue
esa cuenta, le queda uno más: San Gabriel.»

Su
semblante comenzó a palidecer, aunque nada solía sacarlo de su
estado racional y lúcido.

«Y
si profesa otra rama del cristianismo, la lista podría no acabar
ahí.» Escribió una búsqueda rápida en el ordenador, más por
descartar que por confirmar, y los datos no hicieron sino darle la
razón a su primera corazonada.

Al
volver a mirar detenidamente las fotos y centrarse en los detalles,
le vino a la mente aquel caso de ocho años atrás que no pudo
resolver y seguía figurando en rojo en su cajón de pendientes.
Cuando tenía un hueco volvía para intentar encontrar alguna pista,
pero desde entonces nada ni nadie había conseguido remover aquel
asesinato. El asesinato de Rebeca Tejada, una estudiante de
diecinueve años que apareció semienterrada, desnuda, con múltiples
heridas en el kilómetro 3 de una de las carreteras que salían de la
ciudad.

Una
lágrima quiso asomar de sus ojos, pero no terminó de alcanzar sus
mejillas. Era demasiado doloroso volver a recordar aquella derrota,
una de las pocas de su carrera.

Al
mirar de nuevo las fotos, usó su lupa Eschenbach de 75 aumentos, que
guardaba en uno de los cajones de su escritorio, regalo de su ex. Fue
uno de los últimos obsequios antes de la separación hacía ya cinco
años.

No
dejó ni un milímetro cuadrado sin revisar. Era minucioso, tenaz y
obstinado, tres cualidades que lo convertían en un investigador
excepcional. Al pasar con su lupa junto al monte de Venus de una de
las chicas, observó que había algo metálico que sobresalía de
entre el vello púbico. No era demasiado grande y apenas se
distinguía entre el pelo, la sangre, los moratones y algo de barro
que aún estaba adherido al cuerpo antes de levantar el cadáver.
Acercó todavía más la lupa, y observó lo que parecía ser una
cruz patada, una de las cruces relacionadas con los templarios. La
típica que se estrecha hacia el centro y que en la iconografía
templaria se había convertido en su seña de identidad.

Al
verificar que veía exactamente lo que pensaba, descolgó el teléfono
y marcó un número.

Al
otro lado, la comisaría le contestó con deferencia.

—¿Me
llamas por las dos chicas muertas?

Paco
Figueroa se tomó esa respuesta como un saludo y fue directamente al
grano.

—¿Dónde
está lo que recogieron en la escena del crimen? Aquí, en una de las
fotos, hay una cruz metálica y me gustaría revisarla.

—Lo
recogió Carmela, la chica nueva. No tenía a nadie más y ella se
encargó de todo —comentó su superiora.

—¿Está
en pruebas o en investigación? —Paco no titubeaba al preguntar.
—De momento, creo que está en su mesa, en una caja. No había
demasiado que recoger —puntualizó la comisaría.

—Gracias,
Fernández. Voy a verla.

Paco
Figueroa recogió la carpeta y salió de la sala donde tenía su
mesa, un cubículo amplio que compartía con otros investigadores, y
buscó la puerta de la sala de Investigación, una especie de espacio
común donde se ponían en claro los casos entre varios detectives.

Al
entrar, divisó a Carmela al fondo, la única mesa de la sala con las
carpetas alineadas en escuadra perfecta entre el resto de
expedientes, folios de colores, bolígrafos sueltos y restos de
comida a medio recoger de las mesas vecinas. Morena, de veintipocos
años, recién salida de la academia, se levantó al verlo con esa
mezcla de nervio y ganas de agradar que todavía no había aprendido
a disimular del todo. Una peca en el lóbulo de la oreja derecha le
daba un aspecto curioso a su semblante.

A
Paco le llamó la atención al llegar una caja algo más pequeña que
un paquete de tabaco donde se podía leer «Cruces», escrito a mano
con rotulador negro, que dedujo que sería obra de Carmela.

Su
saludo a Carmela se limitó a un gesto con la mirada, nada más. Ella
correspondió asintiendo con la cabeza.

—¿La
otra chica también tenía una cruz, Carmela? —inquirió el
detective. —Sí, Paco, pero, al estar depilada, la cruz se le
deslizó y la encontramos en su entrepierna —contestó Carmela
mientras abría la caja y le enseñaba el interior: dos sobres
idénticos con las marcas 1 y 2, respectivamente.

—Las
cruces eran iguales, pero las medallas no. De esas cruces de las
órdenes antiguas.

Las
medallas eran de dos santos distintos, según me fijé —añadió la
policía.

—No
son santos. Son arcángeles —corrigió Paco Figueroa.

Carmela
frunció el ceño y meneó la cabeza como aceptando que se había
equivocado con su apreciación de las medallas.

—¿Algo
más que deba saber? —inquirió de nuevo.

—Aquí
está todo lo que recogimos. Los cadáveres están con el forense y,
según me dijeron, las pruebas las tendrán listas en un par de días
—puntualizó ella.

Paco
no dejaba de mirar las cruces y las medallas. Recordó que en el caso
de Rebeca también una cruz lo había hecho dar demasiadas vueltas
sin ningún avance. Un sentimiento de decepción se apoderó de él y
lo llevó de nuevo a rememorar aquel caso.

—Si
no tienes nada que hacer, nos vamos a ver al forense —la apremió.

Carmela
se encogió de hombros, recogió un pequeño bolso de uno de los
cajones del escritorio, su placa y su pistola y se puso frente a
Paco.

—Lista,
jefe.

—Pues
vamos allá —indicó el detective señalando la puerta de salida.

Rodolfo
Ramírez llevaba más de veinte años en el Instituto Anatómico
Forense de la ciudad, regordete y ya sin demasiado pelo, con el aire
de quien ha hecho las paces hace tiempo con los placeres de la mesa.

No
llegaban demasiados asesinatos, y alternaba períodos de una
actividad febril con otros donde la falta de trabajo convertía sus
jornadas laborales en una búsqueda de la mejor forma de pasar el
tiempo.

El
ajedrez cumplía con creces la función de alejar el aburrimiento en
los días de poca faena. Un tablero mediano en una de las estanterías
mostraba una partida en la que, por la posición de las piezas, las
negras no habían vendido muy cara su derrota.

Rodolfo,
al ver entrar a Paco, dejó la bolsa de patatas fritas al ajillo que
tenía entre manos para saludar a su viejo conocido.

—¡Dichosos
los ojos, Paco! Hacía tiempo que no teníamos el gusto de celebrar
tu presencia por nuestra humilde morada —saludó el forense.

Paco
Figueroa cogió un par de patatas de la bolsa y se las llevó a la
boca.

—¿Al
ajillo, eh? A mí me gustan más al jamón. Tienen más sabor
—concretó.

—¿Qué
tal, Ramírez? Veo que tu ayudante sigue sin mejorar mucho con el
ajedrez.

¡Menuda
escabechina! —comentó, señalando el tablero con las piezas
todavía en pie.

—Ya
lo conoces, Paco. Por mucho que le enseño, nunca me dura más de
veinte jugadas.

Pero
vamos al grano, ¿qué te trae por aquí? —inquirió.

—Carmela
me dijo que tardarías un par de días en darnos las pruebas de las
dos difuntas, pero antes quería saber algunos detalles. A ver si nos
puedes ayudar —comentó el detective.

—Así
es. Casi lo de siempre con estos desalmados, aunque en este caso
ambas muertes son de factura muy similar —continuó explicando
mientras destapaba las sábanas blancas de las dos chicas muertas,
que habían sido colocadas una al lado de la otra.

—¡Vaya
panorama! —respondió el policía al verlas.

—Probablemente
violadas, a la espera de las pruebas; asfixiadas tras múltiples
laceraciones y puñaladas quirúrgicas para no acabar con sus vidas
rápidamente —continuó relatando el forense—. Lo que más llama
la atención es la trayectoria. Es como si el asesino quisiera
mostrarnos un camino, una especie de mapa a no sé dónde. En las
dos, el trazado es similar. La única diferencia, que supongo ya te
habrá comentado Carmela, son las medallas. Cada una con un santo
diferente: San Miguel en una, San Rafael en la otra.

Paco
interrumpió casi al mismo tiempo que Carmela:

—No
son santos. Son arcángeles.

Carmela
rebuscó en su bolso y, acto seguido, sacó la cajita con las dos
cruces y las medallas, que les mostró con la palma extendida.

—Aquí
están. Las cruces, igualitas como dos gotas de agua, y las medallas,
diferentes —puntualizó la policía.

El
forense se acercó a la palma de la mano de Carmela y se quedó
pensativo unos instantes, observando las dos imágenes en las
medallas. Al levantar de nuevo la vista, preguntó:

—Y
si no son santos, ¿por qué llevan el título San antes de su
nombre?

—Según
he leído —respondió Paco—, los arcángeles son seres
celestiales, a diferencia de los santos, que son humanos canonizados.
Por extensión, se les coloca el título San delante de sus nombres
para subrayar su estatus ante la Iglesia, pero, al no ser humanos, no
pueden figurar estrictamente como santos —terminó de apuntar el
policía.

—¡Qué
curioso! Nunca lo hubiera imaginado —apostilló Rodolfo.

—Es
un debate muy interesante que mantendremos con el asesino si algún
día lo atrapamos —argumentó Paco Figueroa.

—Ese
día llegará, jefe. No lo dudes —concluyó Carmela.

Rodolfo
volvió a las mujeres muertas y, señalando sus cuerpos, preguntó al
policía.

—¿Te
dicen algo estos caminos o surcos casi idénticos en los dos cuerpos?

—De
momento no mucho, pero me temo que si no encontramos alguna pista
pronto, ese puede ser el mapa donde se encuentre la medalla del
tercer arcángel.

*

La
ermita de San Telmo es una de las más espectaculares de la ciudad.
Era una edificación pequeña, coqueta y funcional que construyeron
los primeros castellanos que llegaron a la isla. A pesar de haber
sido incendiada a finales del siglo XVI, reconstruida, abandonada y
nuevamente restaurada, el paso de los años le sentaba muy bien. Era
una de las paradas obligadas para los turistas que se acercaban a
conocer la ciudad.

Sus
paredes, adornos, imágenes de culto y entramado de madera noble que
jalonaba todo el espacio sobrecogían la primera vez que se visitaba.
Era como abrir una puerta del tiempo y reencontrarse con la historia
de la ciudad.

A
aquella hora, las once de la mañana, Flora y Carmen, dos señoras
que rondaban ya la cincuentena, se esmeraban por dejar limpios los
altares. Ya habían dado buena cuenta del suelo y de las paredes, y
ahora tocaba hacer lo propio con los santos y hornacinas que
adornaban ambos lados del pequeño recinto.

Paco
Figueroa entró y, al verlas, las saludó con un afectuoso:

—Buenos
días.

Las
señoras correspondieron al saludo educadamente.

—Buenos
días, señoras. Estoy buscando al padre Carlos. Me gustaría hablar
con él —dijo Paco Figueroa.

—El
padre Carlos estará en el café de Agapito a estas horas. Suelen
jugar una partida de dominó antes de la misa de la una —respondió
Flora, la más alta de las dos.

—¿Suele
llegar con el tiempo muy justo para la misa o viene con antelación?
—preguntó el policía.

—Normalmente
llega una hora antes. Pero si quiere hablar con él, seguro que lo
encuentra en el café de Agapito —amplió Carmen, la más
corpulenta de las dos limpiadoras.

—Prefiero
dar una vuelta y volver. Lo que tengo que hablar con él es mejor
tratarlo en privado —aseguró Paco Figueroa.

Tras
su respuesta, les dio las gracias con una inclinación de cabeza:

—Buenos
días.

Y
se marchó camino de la calle de Triana.

Carlos
Aguiar, el párroco de San Telmo era un cura peculiar y nada
convencional. Muy querido entre sus parroquianos, siempre buscaba lo
mejor para los suyos e intercedía y se preocupaba de cualquier
cuestión relativa a la comunidad aunque no tuviera nada que ver con
la Iglesia. Era un hombre que se hacía notar.

Siempre
de paisano a excepción de las celebraciones litúrgicas, se
integraba perfectamente en el barrio. Al observarlo caminar se
apreciaba una leve cojera que arrastraba desde que un accidente de
coche le destrozara la cadera, aunque cada vez se le notaba menos.

Paco
Figueroa tenía que hacer tiempo para la vuelta del párroco a la
ermita y no se le ocurrió mejor forma que observar a su amigo el
páter desde la distancia. No le hizo falta entrar en la cafetería.
Sus amplios ventanales que daban directamente a la siempre bulliciosa
calle Triana, permitían ver todo lo que ocurría en su interior.

Con
un simple rastreo ocular encontró la mesa donde Carlos y otros tres
compañeros jugaban al dominó. Acababan de terminar una partida y
discutían amigablemente sobre los lances del juego. Cada una de las
parejas adjudicándose el mérito de la victoria o de la defensa a
ultranza de las últimas posibilidades de triunfo.

Prefirió
no entrar y hacer tiempo dando una vuelta por las inmediaciones.
Triana ya no era lo que había sido hacía un tiempo, pero la
profusión de locales comerciales, tiendas, gente variopinta y un
amplio paseo que llevaba desde San Telmo al Barranco de Guiniguada,
puerta del barrio de Vegueta, lo hacían muy apacible, siempre
jalonado por decenas de músicos callejeros que con sus violines,
guitarras, arpas, trompetas, trombones, flautas o timples buscaban
las monedas sueltas que solían tener los turistas en sus bolsillos.

El
día acompañaba. Un sol brillante reinaba en el cielo y, era tal su
majestuosidad, que ninguna nubecilla osaba acercarse. Era un día sin
la panza de burro que, demasiadas jornadas, malograba los días de
playa a los canarios.

Tras
caminar unos doscientos metros, se detuvo para escuchar a Pola, la
trombonista polaca, que deleitaba a un nutrido grupo de espectadores
con las notas de un animado vals de Austral.

Mientras
disfrutaba con Austral trazó una estrategia para no liarse demasiado
con las explicaciones del párroco, todo un entendido en órdenes
religiosas, en la Biblia, en símbolos cristianos y señales de
diferentes tipos. Sabía que si no preparaba bien las preguntas, sus
respuestas lo abrumarían de tal modo, que saldría con todavía más
dudas de las que tenía al entrar.

La
cuestión que más le preocupaba era por qué los templarios estaban
presentes en medio de unos crímenes en una isla como Gran Canaria,
conquistada siglo y medio después de la disolución de la orden. No
había encontrado, por más que había buscado, un solo hilo real que
los uniera a este lugar.

Ensimismado
como estaba escuchando un vals tras otro de Austral, interpretado por
la trombonista Pola y analizando todo lo que recordaba de los últimos
años de los templarios se le fue haciendo la hora de volver a la
ermita de San Telmo. De reojo y sin detenerse le echó una mirada al
interior de la cafetería de Agapito para comprobar que la mesa en la
que jugaban animadamente al dominó su amigo Carlos y sus amigos
estaba vacía, por lo que dedujo que el párroco estaría ya en San
Telmo.

Al
llegar lo vio hablando con una de las parroquianas, una señora mayor
con el pelo recogido, que usaba las manos exageradamente para
reforzar sus argumentos. El párroco, muy condescendiente, le juntó
las manos y la abrazó, gesto que sirvió de despedida y absolución
de la conversación. El páter ya había visto a lo lejos a Paco
Figueroa, por lo que se apresuró a acelerar la despedida, que no
resultó demasiado forzada a los ojos de la señora, que partió
esperanzada y con aires renovados para seguir afrontando los
problemas que tuviera en ese momento.

—Paco,
¡qué alegría verte! —dijo el párroco mientras se disponía a
abrazar a su amigo—. Hace demasiado tiempo que no nos vemos.
Tendremos que enmendar eso.

—Páter,
una alegría también para mí, verte. Ya sabes como son las cosas de
mi trabajo. Sabes cuándo empieza, pero no cómo termina y es normal
que surjan complicaciones casi cada día —contestó el policía.

—Te
veo fenomenal, Paco. Por ti no pasan los años —continuó el
sacerdote.

—Ya
sabes que llevo una vida tranquila y procuro alimentarme bien, quizás
eso sea lo que influya en lo que ves —contestó apartando una mosca
de su cara, que la había tomado con él. Su amigo Carlos lo miró de
arriba a abajo y le transmitió con una expresión de duda en su cara
que eso era algo muy subjetivo, pero tampoco le dio mucha
importancia. Antes de que le preguntara el cura, Paco se adelantó.

—Antes
de que me preguntes a qué he venido, te diré que quería saber cómo
estabas y que la investigación en la que estoy me ha puesto la
excusa perfecta para venir a verte.

—Sabes
que para venir a verme no necesitas ninguna excusa. Somos amigos
desde hace un montón de años y tu comisaría está a diez minutos
caminando —replicó el religioso.

—Sé
que eres un experto en muchos temas, Carlos, y tendremos tiempo de
hablar de todo con calma. Pero ahora vengo a interesarme por
arcángeles, órdenes monásticas y quizás templarios.

—Pues
vaya caso que tienes entre manos, mi amigo. Si metemos todo eso en
una coctelera nos saldría de todo —sonrió mientras lo observaba
con interés.

El
policía lo miró con displicencia mientras observaba en su cara ese
atisbo de curiosidad e intriga que pretendía despertar en el
religioso.

—El
asunto en general está claro. Un asesino psicópata que busca hacer
todo el daño posible y lo justifica con algún pasaje de la historia
o de la religión en nuestro caso, que le haya resultado una
atracción. El resto del escenario es típico en casi todos los
asesinos en serie —resumió Paco.

—En
cualquier caso, seguiremos hablando, páter. En temas de la Iglesia,
no sé demasiado y podrás ayudarme.

El
párroco, con esa paciencia suya de quien lleva media vida explicando
lo mismo a gente distinta, terminó de confirmarle algunas de las
sospechas con las que Paco ya había llegado.

Ambos
se despidieron con un abrazo y el policía salió hacia el Parque de
San Telmo en dirección a su comisaría.

Paco
Figueroa no dejaba de pensar en todo lo que le había contado su
amigo el párroco, pero tenía muchas dudas. Dudas que no lo dejaban
pensar con lucidez y que obstaculizaban sus pensamientos y evitaban
que elaborara razonamientos elaborados.

Cuando
ya vislumbraba el perfil imponente de la comisaría de Las Palmas,
cambió de sentido y se dirigió al parque de Santa Catalina.

El
parque de Santa Catalina, corazón de la zona turística de la
ciudad, era un trasiego de gentes de todo tipo. Turistas,
trabajadores, buscavidas, amas de casa que van o vienen de hacer la
compra, policías locales entrando o saliendo de la pequeña
comisaría que tienen en el propio parque y viajeros deambulando de
un lado a otro y observando todo con detalle.

En
una esquina del parque en un rincón que permitía perfectamente el
paso, unas decenas de parroquianos jugaban al dominó en unas ocho o
diez mesas que estaban llenas de jugadores y rodeadas por mirones y
futuros contendientes, que también esperaban su turno para entrar en
juego cuando alguno de los ya sentados, se marchaba de la partida.

En
un extremo de ese recinto improvisado para el juego estaba Matías,
un señor de unos setenta años bien llevados. Alto, enjuto por la
edad, pero todavía bien parecido y muy moreno, rasgo inconfundible
de alguien que pasa su vida cerca del mar. En su caso, la playa de
Las Canteras, que estaba ahí mismo a cinco minutos de la plaza o
incluso menos.

Jugaba
al ajedrez con uno de sus amigos. Si bien la mayoría de las mesas
estaban destinadas al dominó, la de Matías era la única que había
disponible para practicar en las sesenta y cuatro casillas, pero
también tenía sus aficionados alrededor de las partidas.

Cuando
llegó Paco Figueroa y saludó con la mano a Matías, un jaque
amenazaba su rey. Por eso no le prestó demasiada atención a la
llegada de su antiguo colega. En ese momento resolver el ataque de su
rival era mucho más importante.

Matías
había sido pescador toda su vida, y aunque llevaba años jubilado,
cada mañana seguía sacando la barca y completando la paga con lo
que atrapaba. Conocía el litoral grancanario próximo a la capital
como la palma de su mano.

Eran
amigos desde hacía más de cuarenta años, desde que Paco llegó
destinado a la isla, y se cayeron bien desde el principio.

Tras
casi medio minuto pensando, emitió un chasquido con su lengua y puso
el caballo que le quedaba protegiendo a su rey. Paco Figueroa conocía
el significado de ese chasquido: la partida estaba ya ganada. Así
fue en los tres movimientos siguientes. Su rival calculó mal, cayó
en la trampa de Matías, que le ofreció el sacrificio de su dama. Su
oponente cayó en la trampa, y el mate llegó al siguiente turno.

Matías
y su oponente se fundieron en un apretón de manos, y el pescador
dejó su silla a otro jugador. Luego, se fue hacia su amigo Paco
Figueroa, a quien saludó con un cariñoso golpecito en el pecho.

—¿Qué
haces por aquí, Paco? —preguntó.

—Me
apetecía verte y echar una partida —contestó el policía.

Matías,
encogiéndose de hombros y mostrándole la mesa ocupada y rodeada de
aficionados a la espera de jugar, le hizo entender que el ajedrez
tendría que ser para otro día.

Podrían
haber ido a la casa de uno u otro. Tenían tableros, piezas y
espacios confortables, pero, por la razón que fuera, siempre jugaban
exclusivamente en el parque de Santa Catalina.

—A
falta de ajedrez, nos vendrá bien una cervecita fresca —comentó
Paco Figueroa.

Matías
accedió sin pensar, tomando la dirección del Bar Noray, su hábitat
natural cuando no estaba jugando al ajedrez en Santa Catalina.

Tuvieron
que caminar un buen trecho. A su ritmo unos quince minutos más o
menos hasta llegar por la Calle Albareda a la Puntilla y de ahí a La
Naval, donde se encontraba el local que regentaba hacía más de 30
años Cosme, un pescador, colega de Matías, que había colgado las
redes por las copas tras un accidente laboral que le dejó ligeras
secuelas en una pierna.

Durante
el camino hubo ocasión de ponerse al día. Eran muy buenos amigos,
pero las circunstancias impedían que se vieran con más asiduidad.

Quizás
el compartir tantos secretos a medias fue la primera chispa que dio
paso a una amistad tan duradera.

Al
llegar al bar se sentaron en una mesa. Estaba lleno de parroquianos
bebiendo cervezas y rones, según los gustos. A Matías lo saludaron
efusivamente. A Paco Figueroa no tanto. Apenas lo conocían de
haberlo visto alguna vez junto al pescador. Cosme, atareado como
estaba, sirviendo a babor y estribor de la barra, apenas tuvo tiempo
para saludarlos con una seña.

Al
sentarse, Matías se levantó como un muelle y le preguntó a su
amigo:

—Dime
qué quieres, que aquí ya ves que si no espabilamos nos morimos de
sed —preguntó el isletero.

—Para
mí una caña está bien. La que tengan —contestó el policía.

Matías
le hizo un par de señas a Cosme y, en un abrir y cerrar de ojos,
tenía ya las dos cañas sobre la barra justo en el momento en el que
llegaba a recogerlas. Ya de vuelta en la mesa, Paco Figueroa sacó su
móvil y le mostró las fotos de las dos mujeres asesinadas. Antes de
enseñárselas, le advirtió:

—Sé
que no eres forense ni nada por el estilo, pero conoces bien este
tipo de heridas. ¿Qué me puedes decir de ellas? ¿Tienes alguna
idea de cómo fueron hechas, qué tipo de persona sería el autor?
¿Algún detalle que se te ocurra?

Acto
seguido, le mostró la pantalla con la primera foto y le alcanzó el
teléfono para que él mismo fuera pasando de imagen en imagen.

Matías
sacó sus gafas de ver de cerca del bolsillo y se dispuso a mirar lo
que le mostraba su amigo.

Al
verlas, Matías apretó los labios y apartó la vista un segundo
antes de volver a mirar.

—Buff.
Esto es muy fuerte, Paco. ¿Son las chicas de las que has hablado?
—preguntó el pescador.

—Esas
mismas, Matías. ¿Puedes ayudarme algo viéndolas? Según me
comentaste, en tu paso por las COES aprendiste mucho sobre heridas,
accidentes y traumatismos de todo tipo. Pensé que quizás podrías
echarme una mano —argumentó el policía.

Matías
observó durante un tiempo las fotos. Les daba una y otra vuelta.
Incluso usó la lupa de su móvil para interesarse por detalles que
no se percibían a simple vista. Paco Figueroa lo miraba muy
interesado y a la espera de su veredicto. Como pescador conocía de
buena mano un buen número de traumatismos y heridas de todo tipo que
se generaban en el desempeño de un trabajo exigente y muy
sacrificado.

Tras
unos segundos, que al policía se le hicieron muy largos, respondió.

—No
sé qué tipo de alimaña ha podido hacer esto, pero los golpes y
heridas que se ven en las imágenes son obra de alguien sin corazón.
Un desalmado que no conoce la piedad. Se ensañó con ellas con muy
mala baba. ¡Un criminal! —le respondió Matías, impresionado por
lo que estaba viendo.

*

El
despacho de Manuel Lasanta no llamaba la atención por nada especial:
el cubículo funcional de alguien que había trepado sin hacer ruido,
sin molestar a nadie ni competir con nadie, más preocupado por su
perfil en prensa que por su labor como servidor público.

La
única mancha en su historial la protagonizó Paco Figueroa, cuando
tras años de investigación consiguió llevarlo ante los tribunales
por el soborno a otro funcionario y el desvío de algo más de un
millón de euros. Los hechos quedaron claros y también la condena,
aunque Lasanta supo manejar hábilmente sus hilos y solo estuvo en la
cárcel el tiempo para descansar un verano y preparar con detalle su
ansiada venganza contra el policía.

Paco
Figueroa no tenía nada personalmente contra Manuel Lasanta. Era un
caso más que le había tocado por turno rotatorio en la comisaría.
Nada del otro mundo. Él investigó, escudriñó en registros,
interrogó a testigos y, tras casi un año de investigación, entregó
su informe al juez y a la fiscalía y se desentendió del caso porque
ya otro asesinato lo reclamaba. Ya se había olvidado de Lasanta
cuando el fiscal lo llamó como principal testigo de la acusación.

El
día del juicio contestó a todas las cuestiones relacionadas con su
investigación, salió del Palacio de Justicia y volvió a olvidarse
del caso. Ni siquiera estuvo pendiente de la sentencia. Los casos con
políticos por medio no le gustaban y siempre pensaba que todo estaba
amañado para que las penas fueran incomprensiblemente suaves para
ellos. Confiaba en la justicia, pero con políticos por medio, todo
era diferente. Lo sabía demasiado bien. Por eso no le prestó
demasiada atención a todo aquello y procuró olvidarse cuanto antes.

El
político no era de los que olvidaba fácilmente las afrentas y la
investigación del inspector Figueroa se la tomó como algo personal.
Durante los meses que siguieron a su sorprendente excarcelación,
llegaron requerimientos a la comisaría por casi todo lo imaginable:
malos tratos en los interrogatorios, falsificación de pruebas,
intromisión en el honor, etc.

Figueroa
se lo tomaba como parte de su oficio y con el tiempo todas y cada una
de esas denuncias fueron archivadas, lo que encabronó todavía más
a Lasanta que juró que algún día se las pagaría todas juntas.

Paco
llevaba ya años de vuelta de todo y apenas había un par de cosas
que le quitara el sueño. La primera era su pareja Elena, una
atractiva mujer madura con la que mantenía una relación bastante
peculiar. Desde las primeras semanas, Paco decidió que lo mejor era
vivir cada uno en su casa y reunirse en una u otra para sus
encuentros. Nada de convivir porque el carácter fuerte de Elena
convertía cualquier cosa en una batalla y con esa distancia, todo
era mucho más agradable. La otra cuestión era el bienestar de su
perro Frankie, un pastor garafiano de apenas dos años que adoptó
tras la muerte de su dueño en extrañas circunstancias, un crimen
que se archivó por falta de pruebas, aunque él seguía asegurando
que fue un suicidio.

Frankie
vivía con él en el piso y ya había planeado todo lo que harían
juntos en el nuevo terrenito con una modesta casa, cuya compra ya
estaba negociando con el propietario.

El
resto de las cuestiones se las tomaba directamente como venían y no
les daba tanta importancia. Llevaba tiempo organizando su vida y ya
estaba a solo un paso de conseguir su sueño.

*

Elena
no era de esas mujeres que rehuyen una buena discusión. Le cabreaba
mucho que Paco fuera tan tranquilo y prefiriera el silencio o la
soledad a estar de parranda, de juerga o simplemente haciendo mil y
una cosas. Era muy activa. Estaba metida en clases de baile, en
pintura y asistía a menudo a un club de lectura. No paraba quieta.
Quizás era esa sensación de estar perdiéndose parte de la vida,
que a sus cincuenta años ya empezaba a pintar bastos, aunque todavía
se apreciaban en ella las curvas de una mujer bien formada.

Aquella
noche habían quedado en casa de ella y Paco dormía plácidamente a
su lado después de una cena romántica que había preparado ella con
todo cariño, algo de amor y descanso porque sus cuerpos ya no
estaban para demasiados trotes.

Serían
poco más de las cuatro de la madrugada cuando empezó a sonar con
insistencia el teléfono de Paco. La llamada procedía de uno de sus
contactos, «Comi». Era la abreviatura de Comisaría. El inspector
remoloneó en la cama sin intención de cogerlo, pero Elena le acercó
el fono a la oreja.

—Cariño,
te llaman del trabajo —murmuró, con esa voz somnolienta que aún
guardaba el calor de la noche.

Paco
gruñó, enterrando la cara en la almohada. Sus párpados pesaban
como plomo.

—¿Otra
vez? —masculló, la voz ronca y pastosa por el sueño interrumpido.

—Es
lo que toca, amigo —replicó ella con una sonrisa resignada,
tendiéndole el móvil mientras se apartaba un mechón rebelde de la
frente—. No hay quien te gane con tus turnos eternos.

Él
tomó el aparato, pulsó el botón verde y se lo acercó al oído.

—¿Sí,
diga?

Al
otro lado, la voz áspera de la comisaria cortó el aire como un
cuchillo.

—Paco,
mueve el culo. Han encontrado otro cadáver de los tuyos.

—¿Cómo
de los míos? —preguntó el inspector, incorporándose de golpe, ya
despierto del todo, con el corazón acelerándose.

—De
tu caso, joder. Ven rápido, antes de que los buitres de la prensa lo
conviertan en circo.

Elena
vivía en la plaza de la Feria, a menos de cinco minutos a pie de la
comisaría, pero Paco no se apresuró. El agua caliente de la ducha
le azotó la piel, disipando los últimos jirones de sueño mientras
el vapor empañaba el espejo. Se preparó un café negro, fuerte como
el que le gustaba, y olió la camisa de la noche anterior: arrugada,
pero decente. Rebuscó en el cajón de su «segunda casa» —ropa
interior limpia, calcetines de sobra, dos o tres camisas de repuesto—
y optó por una fresca, almidonada. Un chorro de su colonia favorita,
esa que volvía loca a Elena con su aroma amaderado, y ya estaba. Se
acercó a la cama, donde ella fingía dormir con una sonrisa pícara,
y depositó un beso ligero en su frente.

—Vuelvo
pronto —susurró.

La
puerta se cerró con un clic suave a sus espaldas.

En
lugar de desviarse hacia la comisaría, Paco bajó al garaje de Elena
con paso firme. Su viejo Volvo ronroneó al encenderse, y activó el
manos libres mientras maniobraba entre las sombras de los pilares.
Llamar directamente era puro sentido común; perder tiempo en papeleo
con otro cadáver fresco era de idiotas.

La
centralita respondió al primer tono, y la voz ronca de Morales, su
amigo de mil guardias compartidas, crujió en el altavoz.

—¿Qué
pasa, Paco? ¿Te has caído de la cama o qué? —bromeó Morales,
con ese tono socarrón que arrastraba las erres como grava.

Paco
soltó una risa seca, girando el volante hacia la salida.

—Ahí
estaría aún si Fernández no me hubiera arrancado del edredón hace
rato. Paso de comisaría, colega. Dime dónde está la difunta y voy
pitando.

—Listo,
lo mejor. La pilló un operario de la limpieza al alba. Apunta:
Fuente del Espíritu Santo, Vegueta. Le dije que se quedara hasta que
lleguemos. La patrulla de Sonia y David ya deben de estar ahí,
acordonando el tinglado.

—Perfecto.
Diles que me llamen al móvil. Hablamos sobre la marcha.

La
calle Espíritu Santo es una de las más tranquilas del barrio
capitalino de Vegueta. Por eso le llamó la atención al oír la
ubicación: la fuente llevaba el mismo nombre que la calle.

El
monumento tiene una historia curiosa. Su creador, Manuel Ponce de
León, fue uno de los grandes genios de las artes de la ciudad en el
siglo XIX, aunque nunca obtuvo su título de arquitectura. A finales
de esa centuria la obra sufrió los avatares de una gran tormenta y
destruyó las cuatro musas de la música, la arquitectura, la pintura
y la escultura, construidas en yeso. A lo largo de la historia se
intentó recuperar esas figuras, pero no dieron buenos resultados y
se retiraron del monumento, que aparece huérfano de sus féminas
siempre franqueado por un drago y una araucaria.

Paco
lo conocía muy bien. Solía pasear por Vegueta a menudo. Son calles
tranquilas que invitan a la meditación y a la calma.

A
esas horas y con las calles casi vacías, no tuvo que sacar la señal
luminosa para avanzar a través de la ciudad. En cinco minutos estaba
ya frente a la agente Sonia Ballabriga, que le informaba de lo que
debía saber.

—Chano
fue el que nos llamó. Estaba agrupando unos cartones para que los
recogiera el camión del ayuntamiento, cuando al retirarlos observó
el cuerpo. Dice que no tocó nada y que llamó a la comisaría.
Nosotros estábamos cerca y llegamos pocos minutos después.

—¿Habéis
observado algo extraño que deba saber? Al margen del cuerpo, claro,
que ya de por sí, aparecer por aquí no es muy normal.

—No
había nada de particular. Además como sabíamos que venías, no
quisimos mover ni tocar nada más.

—Bien
hecho, Ballabriga. Empezaré por inspeccionar el cuerpo y después
hablaré con el hombre que la descubrió.

—Chano,
puntualizó la agente Sonia.

—Ese
mismo que has dicho, respondió Paco.

El
detective se acercó al cuerpo con lentitud mientras se colocaba los
guantes de látex que usaba regularmente para no contaminar las
pruebas. Al llegar y junto a un contenedor se encontró a una mujer
de mediana edad. Calculó que estaría en torno a los treinta o
quizás algo más. Estaba desnuda de cintura para abajo y un cuchillo
clavado entre los senos. En su pubis a medio rasurar una medalla y en
la entrepierna una nueva cruz templaria. Con sumo cuidado cogió la
medalla con las pinzas que ya llevaba en su mano derecha y se la
acercó a los ojos con interés. Quizás se decidía ahí mismo el
recorrido del caso o se cerraba definitivamente, al menos en lo que
respectaba a las muertes. Si el nuevo arcángel era venerado según
el rito cristiano podría terminar con este cadáver todo o podría
haber otros cuatro más del rito ortodoxo. Si era un arcángel de los
ortodoxos, a este crimen habría que sumar otros cuatro, si el
asesino en serie quería completar su obra.

Se
guardó la medalla y la cruz en sendas bolsas de pruebas y fue
directo a ver a Chano, el descubridor del cuerpo. Un hombre cerca de
los sesenta años que fumaba un cigarrillo Mecánicos sin filtro, de
los que levantan a un muerto.

—¿Usted
es Chano, no? —preguntó el inspector.

—Sí
señor. Para servirle —contestó el operario ajustándose la gorra.

—¿Cómo
encontró el cuerpo? —inquirió el policía.

—Estaba
justo bajo los cartones. Los suelo recoger cada mañana. Son los que
dejan de las tiendas y no han recogido los cartoneros —aseguró el
interpelado.

—¿Vio
algo extraño en el lugar? ¿Vio a alguien cerca? —volvió a
preguntar Paco.

—Todo
normal. Como siempre. A estas horas no hay nadie por la calle. Algún
ratoncito, cucarachas y poco más —puntualizó el señor.

—Gracias
por su colaboración. Creo que es todo. Deje su teléfono a la agente
y si lo necesitamos en otro momento lo llamaremos. Que tenga una
buena noche —se despidió.

—Vayan
con Dios, contestó atentamente el operario de la limpieza, mientras
se alejaba en dirección al camión que lo esperaba ya a lo lejos.

Paco
dejó marchar al hombre para dedicarle tiempo a lo que le interesaba
realmente: el cadáver. Tampoco es que esperara demasiado de sus
respuestas, pero siempre era bueno lanzar la caña a ver si caía
algo. En este caso no hubo suerte. Todo normal, tal como esperaba. Si
hubiera tenido al operario esperando no podría haberse dedicado
plenamente a investigar el cadáver. Por eso actuó en ese orden.

La
mujer estaba tumbada mirando hacia arriba como si estuviera viendo la
noche estrellada de la ciudad. No era ni guapa, ni fea, ni
corpulenta, ni delgada. Era una mujer del montón, de esas que uno
cruza a diario sin llegar nunca a fijarse en ellas del todo.

A
falta de la autopsia daba la impresión de que había muerto por el
cuchillo clavado en el pecho, aunque el inspector pensó, por las
heridas, que esa herida fue realizada post mortem. Le llamó la
atención la laceración del cuello por lo que no descartó el
estrangulamiento.

Sacó
de su pequeño maletín la cruz patada templaria y la medalla y echó
mano del móvil donde tenía una imagen de los tres arcángeles del
rito católico y los siete del rito ortodoxo que comparó con la
medalla.

Tras
varias vacilaciones y dudas, llegó a la conclusión de que se
trataba del arcángel Jeremiel. Aunque no era uno de los principales,
entre algunos ritos ortodoxos se le consideraba el octavo arcángel.

No
era Gabriel. Durante días había dado por hecho, casi con alivio,
que el tercer cuerpo cerraría la breve lista católica y que ahí,
con suerte, terminaría todo. La aparición de Jeremiel echaba por
tierra esa esperanza de un plumazo: el asesino no seguía el rito
breve que Paco había querido imaginarle, sino el más amplio, el que
multiplicaba por más del doble el número de víctimas posibles.
Cinco asesinatos más, probablemente, y todavía sin la menor idea de
qué pintaban los templarios en todo aquello.

El
forense de guardia llegó poco después. Un tipo de mediana edad que
no llamaba la atención por nada. El típico funcionario que hace su
trabajo y se marcha. El juez de guardia era algo más dicharachero y
charló algo más con Paco del asunto, aunque nada de trascendencia
que mereciera la pena.

Con
las esperas, la observación de las pruebas y las charlas con unos y
otros se habían hecho ya las seis de la mañana. Paco se despidió
de los que quedaban y decidió irse a casa e intentar dormir un poco
hasta las diez o así que se acercaría de nuevo a la comisaría.
Volvió a casa de Elena. Le quedaba a dos pasos y podría descansar
algo más.

Mientras
conducía hizo una radiografía mental de todo lo que se le venía
encima: los arcángeles ortodoxos, los otros cinco asesinatos
probables que quedaban según sus cálculos y la inmensidad del caso
que tendría que resolver en menos de un mes.

Al
llegar a casa de Elena, se metió en la cama, se tapó entero con la
sábana y una colcha muy suave e hizo click en su mente para
olvidarse de todo durante algunas horas.

*

Tomás
Verdejo había medrado lo suficiente como para llegar a detective de
homicidios, aunque sus limitaciones eran evidentes para todos menos
para los jefes a los que sabía hacer la pelota.

De
niño, en el mismo colegio de curas de la capital al que sus padres
lo mandaban becado, mientras el resto de sus compañeros lo
esquivaban por torpe y por soplón, hubo un solo chico, dos cursos
mayor, que lo defendió más de una vez a la salida sin pedirle nada
a cambio. Se llamaba Ezequiel, y con los años, ya adultos, cada uno
siguió un camino tan distinto del otro que apenas se veían más de
una vez al año, aunque Verdejo nunca dejó de sentir, por aquel
amigo de la infancia, una lealtad que ni él mismo sabría explicar
del todo si alguien se lo preguntara.

A
él le destinaban los casos sencillos, aunque siempre exageraba sus
propios méritos hasta hacer creer, a quien no lo conociera de
verdad, que la comisaría dependía de él.

A
Paco lo envidiaba, y trataba de zancadillearlo a menudo, aunque en
vano. Paco lo aguantaba, aunque nunca lo soportó del todo.

En
ausencia de Paco, Verdejo cogió el teléfono aquella mañana. Era el
empleado de la limpieza con el que Paco había hablado la madrugada
anterior sin darle demasiada importancia. Había encontrado una
billetera junto al cadáver de la víctima, pero que no pertenecía a
la difunta. Por la descripción, la documentación pertenecía a un
hombre de unos treinta años, según pudo adivinar el empleado
municipal, por las fotos en los carnés que figuraban junto a algunas
tarjetas de crédito y que estaban a nombre de Carmelo Calderín
Hernández.

Verdejo
pensó que había llegado su oportunidad y emplazó al hombre en un
bar cercano a la comisaría en la calle León y Castillo, junto a la
plaza de la Feria. Uno de esos bares bulliciosos a la hora de los
desayunos y por el que pasan decenas de trabajadores para darle una
alegría a su estómago en medio de su jornada de trabajo.

El
operario de la limpieza llegó antes que Tomás. Mientras esperaba
pidió una cerveza Tropical al camarero. Cuando iba por el segundo
sorbo apareció Tomás por la puerta. Miró a izquierda y derecha y
por su indumentaria lo reconoció nada más verlo.

—Buenos
días. Soy el inspector Tomás Verdejo —lo saludó estrechándole
la mano.

El
hombre, algo confundido, extendió la mano para corresponderle con el
saludo. ¿No viene el inspector Figueroa? —preguntó.

—No.
él se acostó muy tarde y vendrá a la comisaría a la tarde, pero
yo se lo comunicaré todo —respondió Verdejo.

—¡Entendido!
—comentó el hombre.

—Ha
traído la billetera —inquirió Verdejo.

—Si
aquí la tengo —respondió el operario sacando de su bolsillo
trasero una cartera de piel sencilla.

—Esto
es todo lo que encontré. Al inspector Figueroa no le pudimos ayudar
mucho más. La cartera apareció después de que se fuera. Estaba
debajo del contenedor, señor —argumentó.

—Está
muy bien. Seguro que con esto conseguimos avanzar con alguna pista
—puntualizó el policía.

El
empleado de la limpieza hizo un amago para llamar al camarero y pedir
algo para Verdejo, pero Tomás tenía prisa y se excusó.

—Tenemos
mucho lío arriba —dijo, señalando la enorme mole que constituía
la supercomisaría de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un
edificio que imponía en medio de la Avenida Marítima.

El
señor meneó la cabeza y se despidió con la mano, algo contrariado
por la negativa de Tomás a compartir un trago. Al final se encogió
de hombros y siguió terminando su quinto.

Tomás
estaba ansioso por llegar a la comisaría, de la que tan solo lo
separaban unos doscientos metros. Con estos datos confiaba en ser el
protagonista por una vez de una verdadera investigación y demostrar
que sabía hacer las cosas bien y resolver casos complejos. Al llegar
buscó en el ordenador la dirección del poseedor del DNI que
aparecía en la cartera. También llamó al banco para que le
facilitaran el número de teléfono. Cuando lo obtuvo se dirigió a
La Isleta. A la calle Artemi Semidán, donde en el número 57, vivía
Carmelo Calderín. Un rostro de satisfacción se dibujaba en su
rostro mientras conducía hacia su destino. En el barrio de La Isleta
era muy complicado aparcar. Si tenías suerte y alguien salía y te
dejaba una plaza libre, podías sentirte afortunado. Aunque Tomás
sabía que dejando la acreditación de Policía en Servicio, los
municipales no le dirían nada por aparcar en algún vado o incluso
paso de cebra.

Al
acercarse al domicilio de Calderín, observó el bullicio del Bar El
Cherne, uno de los típicos establecimientos de barrio, anteriormente
frecuentado por pescadores y trabajadores del puerto y que desde hace
unos años ya albergaba a una fauna bastante más variopinta. Un
portal más arriba estaba el número 57, una casa terrera de dos
plantas, de las típicas de la zona.

Observó
la casa desde cierta distancia, no vio a nadie en el edificio y tocó
el timbre. Al cabo de unos cuantos segundos que se le eternizaron,
comenzó a oír en la lejanía unos pasos cansinos que se iban
acercando desde el interior hasta la puerta de entrada.

Una
señora mayor que probablemente ya no cumpliría los ochenta años le
abrió la puerta. Tenía un aspecto difícilmente definible.
Despeinada, una bata que ya disfrutó sus mejores momentos y una
mirada que oscilaba entre la tristeza y el aburrimiento.

—¿Quién
es? —dijo antes de abrir la puerta aspirando la s final.

—Inspector
Tomás Verdejo de la Policía —contestó el agente.

Al
oír su respuesta, apareció frente a él, algo asombrada por su
indumentaria.

—¿No
debería ir con el uniforme de policía? —preguntó.

—No
—respondió Verdejo mostrándole su placa—. Soy inspector y no
solemos llevar uniforme.

—Creía
que todos los policías lo llevaban —concluyó la señora.

—Vengo
porque ha aparecido una cartera a nombre de un señor que vive aquí.
Carmelo Calderín. ¿Lo conoce? —preguntó el agente.

—¡Claro!
Es mi hijo —contestó su madre sin dudarlo.

—Puedo
hablar con él —preguntó Verdejo.

—Ahora
está trabajando. Sale temprano y no llega hasta las tres y media más
o menos —replicó la señora sin titubear.

—¡Vaya!
Confiaba poder hablar con él. Me pasaré a esa hora. Muchas gracias
—concluyó el agente.

—Como
usted quiera, señor. Que tenga un buen día —se despidió la madre
de Carmelo mientras cerraba la puerta.

Para
Verdejo era básico que ni Calderín ni su madre cayeran en el radar
de Paco. Incluso tampoco debía saber, al menos de momento, que se
había entrometido cogiendo una llamada relacionada con su caso y
actuando a sus espaldas. Si cometía un error, lejos de beneficiarlo,
podría empeorar todavía más el tira y afloja que mantenía con
Figueroa e incluso embarrar su ya compleja relación con la comisaría
para intentar seguir medrando.

Miró
el reloj y decidió dar un paseo hasta la playa. Las Canteras no
quedaban lejos y siempre resultaban entretenidas en cualquier época
del año con su trasiego de turistas, buscavidas, despistados,
bañistas, pescadores y comerciantes de los mil y un negocios que se
abrían mirando al mar y en las calles circundantes.

En
su paseo rezaba para que Paco no llegara demasiado pronto a la
comisaría y continuara sus pesquisas y por aquellos azares del
destino hablara con el operario de limpieza. Era un riesgo que debía
correr.

Paco
llegó a la comisaría al filo del mediodía. Le quedaba a dos pasos
desde la casa de Elena. Carmela ya lo esperaba para darle alguna
información añadida del cadáver de la noche. Se trataba de Soledad
Pérez, una prostituta conocida en Molino de viento que llevaba años
pagando el alquiler de su madre enferma con lo que sacaba en la
calle. Había sido violada vaginal y analmente y el asesino se había
ensañado con ella con varias puñaladas extra post mortem, aunque
según todos los indicios había muerto estrangulada.

La
nueva información no sorprendió a Figueroa que ya imaginaba todo
eso y algo más tras observar a la difunta en la calle Espíritu
Santo. Tenía un olfato especial para los detalles y, aunque a simple
vista se mostraba algo despegado de su oficio e incluso apático,
nunca se le escapaban los detalles de interés.

—Encontraron
algo más en la escena —preguntó.

—Que
yo sepa, aquí está todo lo que se encontró, jefe —contestó
solícita Carmela.

Mientras
observaba las tres cruces y las tres medallas con una lupa de aumento
se interesó por los análisis forenses.

—Imagino
que los análisis no los tendrán todavía —inquirió.

—Jefe,
el cadáver lo encontraron ayer de madrugada. Además los forenses no
son especialmente diligentes en ese aspecto —contestó la agente
con algo de sorna.

Paco
esbozó una sonrisa y enarcó las cejas entendiendo la broma.

—Por
lo que vi en la escena, fue violada probablemente, de modo que nos
centraremos en la hipótesis de que es el mismo asesino de las otras
dos chicas. Las cruces y las medallas de los arcángeles nos marcan
el camino —argumentó el policía.

Paco,
cogiendo los papeles, folios, pruebas, gráficos, fotos y demás del
caso se dirigió a una estancia vacía que utilizaban como espacio
para todo y empezó a colocar las piezas en una mesa.

—Ve
a por una pizarra grande al almacén. Vamos a organizar todo esto y
colocar cada pieza en su sitio —indicó el inspector a su
subordinada.

Carmela
fue al almacén y trajo el biombo y la pizarra. Tras colocarlo en la
estancia, la habitación comenzó a parecerse a un espacio de
investigación de verdad y no a un lugar sombrío sin uso.

Al
ver todo organizado, Figueroa miró desde la distancia, observó a
Carmela y le dijo: Tenemos que reservar este espacio para nosotros.
Hablaré con la jefa para que nos deje una llave y podamos tenerlo
como… nuestro santuario, terminó diciendo tras esbozar una
sonrisa.

En
la Isleta, Verdejo alcanzó la casa de Carmelo Calderín a la hora
que había calculado que llegaría. Llamó al timbre y sin tardar
demasiado apareció un hombre de mediana edad.

—Buenas
tardes. ¿Qué desea? —preguntó.

—Soy
inspector de la Policía. Busco a Carmelo Calderín —respondió el
agente.

—Soy
yo. Carmelo, para servirle —contestó con mucha tranquilidad.

Verdejo
en este punto, al ver la calma y la serenidad en la respuesta, empezó
a dudar sobre si sería buena idea llevarlo a la comisaría para
interrogarlo.

Pensó
que ya habría demasiada gente haciendo preguntas sobre el implicado
y que, a aquellas horas, Paco seguramente estaría ya en su puesto.
Si lo veía con un detenido sin que le diera demasiadas
explicaciones, notaría que algo extraño ocurría. Era un riesgo
demasiado grande y no podía permitírselo.

—Hemos
encontrado una cartera con su documentación en Vegueta. Justo en el
escenario de un crimen —soltó el policía a bocajarro, observando
la reacción del paisano.

Carmelo
ni se inmutó. Al contrario, pareció tomárselo con alivio.

—Menos
mal que la han recuperado. Ya pensaba renovar toda la documentación
y dar de baja las tarjetas. ¿Viene a devolvérmela? —contestó.

Verdejo
dudó durante un segundo sobre qué hacer con aquel regalo que le
había caído del cielo, pero no quiso arriesgarse demasiado. El
premio era muy goloso, pero si la cartera no suponía un avance
significativo en la investigación y el asunto llegaba a oídos de
Figueroa, podría ser su fin.

—Sí,
vengo a devolvérsela y a hacerle unas preguntas, si no le importa
—le informó.

—Claro,
inspector. ¿Quiere pasar y tomarse un café mientras charlamos?
—respondió Calderín.

El
policía no tenía mucho que hacer en comisaría y la espera le había
provocado cierta somnolencia, de modo que decidió aceptar la
invitación. Probablemente, pensó, alrededor de un café la
conversación resultaría más cercana e incluso más fluida.

—¿Cómo
perdió la cartera? —preguntó.

—Estaba
de farra el otro día y, con los colegas, terminamos en Molino de
Viento. Ya sabe usted cómo son esas cosas. Cuando nos íbamos,
intenté pagar unas consumiciones, pero la cartera ya no estaba. Mis
amigos pagaron la cuenta. La buscamos un rato por allí, pero no
encontramos nada.

Mientras
hablaban, Verdejo se dio cuenta de que la cartera era un arma de
doble filo y que podía perjudicarlo tanto si se la entregaba a su
dueño como si la depositaba en comisaría.

La
conversación con Calderín, tras contarle lo del supuesto robo,
derivó hacia temas de pesca, aventuras en el Puerto de La Luz y
otras menudencias que importaban más bien poco al inspector, salvo
algunos detalles que lo relacionaban con gente poco recomendable.

Seguía
dándole vueltas a cómo proceder con la cartera, apenas prestando
atención a lo que le contaba Carmelo, que continuaba entusiasmado
relatándole mil y una peripecias de sus salidas nocturnas por la
zona.

Al
final, tomó una decisión.

—Carmelo,
creo que lo más adecuado es llevar la cartera a comisaría. No deja
de ser una prueba hallada en un escenario de asesinato. Pero, como
veo que no tienes nada que ver con el asunto, puedo ayudarte a
renovar toda la documentación. Lo del banco y las tarjetas tendrás
que gestionarlo tú mismo.

—¿Y
cuándo me devolverán todo? —preguntó Calderín.

—Hum…
—titubeó Verdejo—. Las investigaciones suelen alargarse y no
podría darte una fecha. Lo que te recomiendo es que renueves toda la
documentación y te quedes tranquilo. Con el DNI y el carné de
conducir puedo ayudarte y los tendrás esta misma tarde o mañana.

—Si
ese es su consejo, haré lo que me dice —contestó el portuario.

Verdejo
se despidió de él y le entregó su tarjeta para realizar las
gestiones que le había prometido. Mientras caminaba hacia el coche,
volvió a pensar en aquel hombre. Un tipo afable, sin duda, pero que
ocultaba algo que no sabría explicar y que cualquier policía de
pura cepa sabría detectar.

¿Y
si Calderín, aunque no tuviera nada que ver con el caso, no fuera
tan trigo limpio como daba a entender? —se preguntó.

Capítulo
2

Luis
Altuza era un empresario modelo en la ciudad. Su porte, su presencia
y su saber estar entonaba perfectamente con su elegante vestuario.
Era uno de los asiduos de los locales frecuentados por la creme de la
creme de Las Palmas.

Viéndolo,
nadie diría que llevaba una doble vida. Empresario de éxito durante
el día y traficante de cocaína y otras sustancias por la noche
cuando las circunstancias lo requerían. Su brutalidad en el trato
con la competencia o con sus enemigos le había granjeado una fama
bien merecida, aunque él se mantenía alejado de la violencia que
delegaba en su lugarteniente Charlie Maka, un individuo de El
Polvorín, barrio donde se había curtido, en los ochenta, lo más
granado de la delincuencia local.

Altuza
tenía una oficina en la Plaza de España, al final del paseo de
Chil. Un lugar perfecto cerca del puerto y relativamente alejado de
los problemas de lidiar con la fauna nocturna local, que junto a los
turistas conformaban un ecosistema curioso donde camellos, paisanos,
turistas, gente bien, chusma y ciudadanía convencional intentaban
disfrutar de sus días de descanso entre alcohol, drogas, música de
la peor especie y cientos de locales de copas y de comida que
aportaban la logística e intendencia de cada noche.

La
oficina era más una tapadera de todo tipo de negocios poco claros
que respondía al nombre de Importaciones Altuza, una suerte de
representación de marcas desconocidas de todo tipo. Laura, una mujer
en torno a los cuarenta, se encargaba del papeleo de la firma y
actuaba como secretaria, chica para todo, amante del jefe y la
totalidad de la plantilla. El resto, cuando surgía, se
subcontrataba.

Por
ahí aparecía cada lunes Charlie Maka para dar novedades al jefe,
contar las ganancias del fin de semana y poco más.

Altuza
conocía a policías y se llevaba bien con ellos. La Policía no lo
consideraba un verdadero capo y lo dejaba hacer sin muchas preguntas.
A fin de cuentas el trapicheo de los fines de semana lo tenía que
organizar alguien y Altuza lo hacía bien sin crear demasiados
problemas.

Había
señales inconfundibles de que parte de la Policía se lucraba de
esas actividades, pero nadie investigaba ni protestaba. Esa mañana
el mafioso estaba alterado: de madrugada le había llegado la noticia
de la prostituta muerta, una de las suyas, de Molino de Viento, y eso
no era nada bueno para el negocio. Llamó con insistencia a Charlie
Maka para pedirle explicaciones, pero tampoco tenía nada que
contarle. No había tensión entre bandas, los acuerdos se
respetaban, y todo apuntaba a un crimen ajeno a las organizaciones
delictivas de la capital. Aunque eran solo conjeturas, Altuza
preguntó al resto de bandas de la ciudad y del sur de la isla. Nadie
sabía nada.

Charlie
Maka llegó al despacho de su jefe solicito y puntual como de
costumbre. Sus aires de chulo de barrio con tatuajes por todo su
cuerpo y músculos de gimnasio y proteína en polvo no pasaban
desapercibidos. Él quería siempre causar esa impresión de estar
presente en todo momento. De dejarse notar.

Su
jefe le preguntó nada más verlo.

—¿Y
bien? —pronunció lacónico.

—Nadie
sabe nada. En la ciudad todos dicen que no tienen nada que ver y los
creo. Esta es una chapuza de alguien sin escrúpulos que no está en
el ajo —respondió el sicario.

—¿La
Policía sabe algo? ¿Hay detenidos o pistas? —inquirió.

—Por
lo que me cuentan han puesto a un investigador con experiencia, pero
es pronto para saber algo —contestó.

Paco
salió a tomarse un café para despejar algo la mente y llegó a la
comisaría pasadas las dos de la tarde. La noche anterior había sido
complicada. Al llegar, Carmela lo esperaba ansiosa con la cartera de
Carmelo Calderín en la mano.

Al
verla, el inspector la saludó con un movimiento de cabeza y fue
directo al grano.

—¿Del
escenario? —preguntó.

—Así
es, jefe —respondió su colega—. Es un regalo de tu amigo
Verdejo. Un operario de limpieza la trajo esta mañana.

—Verdejo
buscó la dirección, fue a ver al dueño de la cartera y, según me
comentó, dedujo que no tenía nada que ver con el caso. La perdió
en Molino de Viento una noche de farra, según le dijo su
propietario.

Paco
frunció el ceño y permaneció unos segundos en silencio antes de
abrir la cartera y examinar su contenido. Tres tarjetas de crédito,
una de débito, una de Ikea, otra de Alcampo, el DNI, el carné de
conducir y ciento veinte euros con un aspecto casi inmaculado, lo que
daba la impresión de que habían sido retirados de un cajero aquella
misma noche. En uno de los compartimentos interiores encontró una
tarjeta del club Eros, situado en la calle Nicolás Estévanez, un
local de copas y chicas ligeras de ropa en el puerto, bastante
alejado de la zona de Molino de Viento.

Dispuso
todos los objetos sobre la mesa y siguió reflexionando. Aquellos
silencios exasperaban especialmente a Carmela, que no entendía por
qué se comportaba de aquella manera. Sin embargo, con el paso del
tiempo había ido comprendiendo el proceso mental que seguía su
compañero y terminó por acostumbrarse a él.

—El
dueño de la cartera, Calderín, no ha tenido nada que ver con el
asesinato. Pídele los datos a Verdejo para ir a verlo. Seguro que
nos cuenta algo más. Y ojo, porque tanto el uno como el otro nos
ocultan algo que quizás no tenga mucha importancia, pero que debemos
saber —argumentó el investigador.

Recogidos
todos los elementos, fue en busca de Verdejo. Estaba tomando un café
en la estancia donde los policías descansaban, tomaban un refrigerio
o pasaban los ratos muertos. Lo vio al llegar, junto a la máquina de
café. Estaba a punto de llenarse la taza.

—Tomás
—lo abordó—. Lo primero, gracias por la cartera. Verdejo asintió
con la cabeza.

—¿Le
preguntaste a Calderín sobre la tarjeta del club Eros que tenía en
la cartera?

—No,
no le di importancia. Estos puteros llevan tarjetas de ese tipo de
forma habitual, ya sabes, para emergencias.

—Noté
que la tarjeta no era nueva, por lo que supuse que llevaba ya un
tiempo en su cartera, y por eso te preguntaba. Quizás sea un cliente
asiduo de ese local.

—¿Qué
te pareció el sujeto? —preguntó.

—Creo
que es el típico trabajador del puerto que se desmadra de vez en
cuando. Vive con su madre en una casa modesta de La Isleta y parece
un tipo más o menos sano que se pega sus juergas de vez en cuando.
Aunque en su mirada hay algo que no sé si es temor, desconfianza o
desidia. En resumen, alguien de lo más normal, sin relación con los
trapicheos del puerto —respondió.

Paco
Figueroa se quedó convencido por la respuesta y ya se disponía a
abandonar la estancia cuando se dio la vuelta.

—Una
cosa no quita la otra, Verdejo. Pero es la última vez que te metes
en un caso mío. Si surge algo más, lo hablas conmigo o con Carmela,
porque ya nos conocemos —sentenció. Verdejo se disponía a
responder algo, pero su interlocutor ya se había marchado. Su
semblante mostraba en ese momento todo el odio e ira que había
contenido mientras hablaba con su colega y que ya no podía
disimular.

Charlie
Maka asumía todo el control organizativo del grupo de Altuza.
Prostitución y drogas, al margen de la gerencia legal del club Eros,
que también pasaba por sus manos. Bien es cierto que el local servía
de punto de reunión y tránsito para unas cosas y otras que se
escapaban de la legalidad, la bordeaban o estaban totalmente al otro
lado.

Había
pasado de camellito de medio pelo una década atrás a ser el
lugarteniente del empresario. No era excesivamente inteligente, pero
era fiel, leal y ese déficit de inteligencia lo suplía con sus
músculos y la constante amenaza del uso de la fuerza.

Carmelo
Calderín era uno de los asiduos del club Eros y conocía bastante
bien a Charlie Maka. En alguna ocasión le había echado una mano
cuando se había pasado con las copas y el portuario le había
ayudado en algún trapicheo menor con algún cargamento del puerto.
Eran conocidos, tenían cierta amistad, pero no era como para lanzar
cohetes. Se podría decir que se llevaban muy bien.

El
nombre de Charlie Maka había surgido en la conversación de Calderín
con Verdejo en su casa y el policía no le trasladó este dato a
Figueroa. Al principio fue un despiste sin importancia, pensó
Verdejo, pero tras recibir la amenaza de su colega, comenzó a
maquinar cómo usar esa información extra, que desconocía el
investigador, en su propio beneficio.

A
fin de cuentas, se decía, la oportunidad perdida de la cartera, nos
ofrecía otra ocasión, la de trabajar con la pista de Charlie Maka,
para marcarse un tanto ante la comisaría.

Luis
Altuza tenía la mosca detrás de la oreja y no se fiaba de las
investigaciones policiales que podrían relacionarlos y remover todo
su tinglado. Mirando por los ventanales de su oficina, daba la
impresión de que buscaba respuestas en alguna de las cuatro figuras
de la obra Actividades primitivas canarias, que presidía desde el
centro la plaza de España, antes la de La Victoria. Cuando se
convenció de que ninguna de esas cuatro representaciones de piedra
le iba a dar una solución, probó con Charlie Maka, que estaba
sentado en uno de los escritorios del despacho.

—Charlie,
¿crees que debemos preocuparnos si empiezan a investigar el club o
la oficina? ¿Qué nos relaciona con los crímenes? —preguntó.

—No
soy experto en investigaciones de la Policía, pero no creo que nos
llegue nada de esos crímenes. Calderín no es un mal tipo. Una
noche, como muchas, se fue de putas a Molino de Viento y le robaron
la cartera, que apareció en el escenario de un crimen. Carmelo no es
mala gente. Lo conozco bien. Y como no sabe casi nada, al margen de
algunos trapicheos menores en el club, no creo que nos salpique
—respondió.

Altuza
no las tenía todas consigo. Intuía algo, y no era bueno: una
carambola del destino que el asesino se hubiera cruzado con uno de
sus clientes justo en una de las zonas que controlaba.

—Quiero
pensar que no tendremos problemas, pero ya sabes cómo son estas
cosas. Si el policía a cargo del caso es un sabueso, buscará y
rebuscará en cada indicio, en cada pista hasta resolver sus dudas y
encontrar respuestas. Y en ese camino estamos nosotros —sentenció.

Y
no iba desencaminado. Paco Figueroa no dejaba ningún camino sin
transitar, y al examinar la cartera y su contenido empezó a atar
cabos por una senda que aún no había explorado. Quizás era buscar
una aguja en un pajar, pero merecía la pena intentarlo.

Llevó
la cartera al departamento de Policía Científica para que
analizaran todas las huellas. Al mismo tiempo pidió a la comisaría
dos policías en prácticas para que verificaran los resultados,
descartaran las marcas que no tenían nada que ver y aislaran
aquellas que podrían pertenecer al asesino. Era una apuesta
complicada, pero no tenía tiempo que perder. En ocasiones, ese tipo
de corazonadas habían sido la clave para desentrañar algún caso
encallado. Y para encontrar soluciones novedosas, Figueroa era un
fenómeno.

Charlie
Maka fue al terminal de contenedores del puerto para informar a los
operarios con el fin de que redoblaran la vigilancia porque un
sabueso iba tras ellos. Llevaban mucho tiempo sin incidentes dignos
de mención y satisfechos los pagos correspondientes a las personas
indicadas, no había problemas en las descargas, pero la aparición
de Paco Figueroa en el horizonte aportaba una variable preocupante de
la que Altuza quería ocuparse personalmente. No conocía a Paco
directamente, pero a través de sus subordinados hacía ya tiempo que
le llegaban comentarios sobre el policía, su forma de trabajar, su
negativa a recibir dinero y su profesionalidad y diligencia a la hora
de enfrentarse a su trabajo y acometer caso tras caso. Una de las
últimas informaciones que recibió sobre el inspector relativa a su
jubilación le alegró el día y un suspiro de alivio salió de su
boca al enterarse.

Figueroa
no había intervenido en ninguno de los casos que estaban
relacionados directa o indirectamente con el grupo de Altuza, pero
conociéndolo, el mero hecho de estar en el horizonte y que alguna
pista los colocara en su senda, lo convertía en un elemento muy
peligroso para toda la banda.

Los
policías que tenía a sueldo se habían encargado, bastante bien,
por cierto, de mantenerlo alejado de él y de su entorno, pero ahora
los indicios lo traían al puerto, al club Eros y a Molino de Viento,
tres de los ejes fundamentales de su organización y fuente de
ingresos.

*

Aquella
tarde Elena estaba más alterada que de costumbre. En la consulta
odontológica donde trabajaba había sufrido dos o tres
incomparecencias y estaba cabreada y muy molesta. Perfilar una agenda
constante con cambios casi diarios para intentar cuadrar la
disponibilidad de los pacientes era una tarea titánica y había que
hacer malabarismos para cuadrar algunas horas con el fin de hacerles
las visitas lo más llevaderas posible. Por eso, que dos o tres
personas hubieran fallado y dejaran esos huecos libres, constituía
todo un caos.

Solía
sucederle a menudo, pero cada vez lo llevaba peor. No era lo mismo
mentalizarse para tener en una jornada dos ortodoncias que tres
empastes o meras extracciones.

Casi
a la hora de cenar llegó Paco de la comisaría. Al verla con un
semblante tan serio no perdió la oportunidad de enterarse de lo que
había ocurrido.

—Estás
muy cabreada. Se te nota en esas facciones tan tensas de la cara. ¿Ha
pasado algo en el trabajo? —preguntó.

—Lo
que me ocurre demasiadas veces: Dos cretinos que no han llamado para
cancelar la cita y avisarnos de que no podían venir. Nos han roto
todo el día —contestó.

Paco
se mostró extrañado por ese mal humor de Elena por una cuestión
tan nimia, pero con el paso de los minutos descubrió que era solo la
mecha de ignición de una discusión mayor. El inspector se acercó a
ella más cariñoso que de costumbre y le acarició los hombros con
calidez.

—Mujer,
esas cosas pasan y cretinos y gilipollas van a seguir existiendo
siempre —contestó quitándole importancia al asunto.

—Sí.
Ya sé. Ocurre más de lo que imaginas, pero me cuesta acostumbrarme.
Me pone de los nervios —argumentó Elena.

—Intenta
olvidarlo, Elena. Estas cosas no hacen más que desquiciarse y tú no
eres así — Intentó reconducir el enfado de su pareja.

—¿Sabes
lo que más me molesta de ti, Paco? —Intentó reabrir la
discusión—. Todo lo suavizas y lo minimizas hasta eliminarlo y no
son así las cosas —manteniendo la tensión.

—Nunca
pretendo evitar las charlas y las discusiones, Elena. Son cosas que
pasan y debes asumirlo. No será la última vez que te ocurra
—aseguró el inspector para intentar quitarle hierro al asunto.

—Tenemos
que empezar a plantearnos qué es lo que estamos construyendo
nosotros, Paco. ¿Qué es lo que queremos, qué es lo que nos une y
si esta relación es la que realmente queremos? Ya me estoy cansando
de todo —anunció Elena, lo que hizo ponerse en guardia a Paco que
no se esperaba una reacción así.

El
inspector guardó silencio un momento, calibrando cada palabra antes
de soltarla, consciente de que cualquier cosa que dijera ahora
sonaría a excusa, y las excusas eran justo lo que Elena no estaba
dispuesta a tolerar aquella noche.

—¿De
dónde sale esto, Elena? Hace un minuto hablábamos de pacientes que
faltan a su cita —dijo por fin, bajando la voz, ya completamente en
serio.

—Sale
de que llevo diez años viviendo a medias contigo. Un piso para ti,
uno para mí, y las noches que compartimos siempre a expensas de un
teléfono que puede sonar a las cuatro de la madrugada. Yo también
tengo cincuenta años, Paco. Y me estoy preguntando si quiero pasar
los que me quedan esperando a que cierres un caso más.

Paco
no dijo nada durante un rato. Sabía que había llegado el momento en
el que las palabras bonitas ya no servían de nada.

—En
un mes dejo la placa, Elena. Lo sabes. Después de esto, no hay más
casos a las cuatro de la madrugada.

Ella
soltó una risa amarga, sin crueldad, la risa de quien ha oído la
misma frase demasiadas veces.

—Llevas
prometiéndome esa jubilación desde que te conozco. Y cada vez que
se acerca, aparece un caso que se las trae, como este. Quiero
creerte. De verdad que quiero. Pero no sé ya si te creo a ti o si me
creo a mí misma repitiéndome que esta vez sí.

Se
hizo un silencio largo. Paco se sentó a su lado, sin tocarla
todavía, dejándole el espacio que necesitaba.

—No
te voy a prometer nada más, porque ya sé que las promesas se te han
gastado de tanto oírlas. Solo te voy a pedir un mes. Y si en un mes
sigo siendo el mismo de siempre, con el teléfono pegado a la oreja,
entonces tendrás razón en todo lo que acabas de decir y no te
pondré ni una excusa.

Elena
lo miró largo rato, sopesando la propuesta. Al final, apoyó la
cabeza en su hombro, todavía con el ceño algo fruncido, sin ceder
del todo, pero sin marcharse tampoco.

—Un
mes, Paco. Ni uno más.

*

Thais
Romero era una de las camareras del club Eros. Al verla se notaba que
desentonaba ahí. Traductora, Filóloga y con aspecto intelectual, la
vida la había llevado a tener que buscar ingresos tras la irrupción
de la Inteligencia Artificial en su gremio que se había llevado por
delante a la mitad de sus colegas, incluyéndola a ella.

Había
sido una masacre y fueron los profesionales que primero padecieron
los estragos de esta nueva tecnología. Salvo los traductores jurados
y poco más, el resto era carne de paro y desempleo. La solución era
reciclarse, aunque tampoco era muy viable, cambiar radicalmente de
profesión, como hizo Thais o buscar tiempos mejores mientras
aguantaban al borde de la indigencia con ayudas de amigos y
familiares. La situación era peliaguda para casi todos ellos.

Thais
no se lo pensó dos veces y decidió aceptar el primer empleo que le
propusieran. Fue de camarera en el club Eros y desde el día que la
aceptaron, dos años atrás, ahí seguía cumpliendo con sus
obligaciones y esperando tiempos mejores.

No
le apasionaba el trabajo y tampoco pensaba hacer carrera en la
hostelería. Simplemente pensó que para obtener ingresos, la mejor
forma era dejarse de miramientos y coger lo primero que llegara y el
club Eros fue esa oportunidad.

Paco
y Carmela entraron al local casi al final de la tarde, antes de que
empezara el trasiego nocturno, mostrando la placa a un gorila de la
entrada, que los dejó pasar sin más trámite. Thais, tras la barra,
secaba copas con un trapo mientras los observaba acercarse. Nada en
su porte de traductora reconvertida en camarera elegante encajaba con
el resto del personal.

—Buenas
tardes. Somos de la Policía. Nada por lo que preocuparse, solo
queremos hacer unas preguntas —dijo Paco.

—En
este sitio siempre hay algo por lo que preocuparse, inspector
—contestó ella, sin dejar de secar la copa—. Pero adelante,
pregunten.

Paco
enarcó una ceja, gratamente sorprendido por el tono directo de la
mujer.

—¿Conoce
a un cliente habitual, Carmelo Calderín? Trabaja en el puerto.

—Carmelo
viene de vez en cuando. Buena gente, dentro de lo que cabe. Bebe más
de lo que debería y luego se pone sentimental hablando de su madre.
No es de los que dan problemas.

—¿Y
algún otro cliente que le llame la atención? Alguien distinto al
resto —preguntó Carmela.

Thais
dejó la copa sobre la barra y los miró con más atención,
calibrando si merecía la pena hablar.

—Aquí
paso las noches escuchando a hombres que solo quieren hablar de sí
mismos. Pero sí, hay uno que se sale del guión. Viene una vez al
mes, más o menos. Nunca pide compañía, solo una copa y
conversación. Le gusta hacer preguntas raras.

—¿Qué
tipo de preguntas? —preguntó Paco.

—La
última vez me preguntó si sabía latín. Le dije que un poco, por
la carrera. Se puso a hablarme de cruces, de órdenes militares, de
linajes antiguos de la isla, como si estuviera dando una clase. Yo
asentía por educación y porque paga bien las copas, pero no le
entendí ni la mitad.

Paco
y Carmela cruzaron una mirada. Algo en el pecho de Paco se tensó,
aunque su rostro no lo delató.

—¿Recuerda
cómo se llama? ¿O algún detalle más, aparte de las
conversaciones? —preguntó Paco.

—Nunca
ha dicho su nombre. Viste bien, habla como alguien con estudios. De
pelo entrecano, gafas finas. Deja demasiada propina para alguien que
no pide nada más que hablar. Si vuelve, anoto lo que pueda. No es
que tenga mucho más que hacer aquí, entre copa y copa, salvo
escuchar.

—Se
lo agradecería mucho —dijo Paco, tendiéndole una tarjeta—.
Llámeme a este número si vuelve a aparecer, sea la hora que sea.

Thais
cogió la tarjeta y la guardó en el bolsillo del delantal sin
mirarla dos veces, como quien guarda cualquier otra cosa que no
espera necesitar pronto.

—Inspector,
llevo dos años sirviendo copas a hombres que creen que el mundo les
debe algo. Créame que sabré reconocer a uno con más motivos que el
resto para que ustedes se interesen por él.

Paco
le sostuvo la mirada un instante, calibrando a esa mujer que, en un
lugar como aquel, parecía la única persona realmente despierta.

*

La
rueda de prensa había sido idea de la comisaría, no suya. Paco
detestaba esos circos de flashes y micrófonos donde uno tenía que
medir cada palabra como si caminara sobre cristales, sabiendo que
cualquier frase mal construida podía convertirse en titular al día
siguiente, deformada, sacada de contexto, utilizada como arma
arrojadiza por quien tuviera intereses en ello. Salió del edificio
por la puerta lateral, la que casi nadie usaba, con la esperanza de
esquivar a la prensa que ya empezaba a congregarse frente a la
entrada principal de la Supercomisaría.

No
tuvo esa suerte.

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