Aquel hombre que portaba finura
y rebozaba de clase,
lo lleva el viento de ida y de regreso.
Aquel hombre que presumía de dignidad,
que prometió ausencia,
que derrochaba encantos,
mira hacia arriba buscando a un Dios
o un ser divino que lo reconozca y lo salve
de una perdición que el buscó.
Aquel hombre que vive en la colonia de objetos perdidos.
Aquel hombre que no tuvo nada que aportar,
ni para si mismo o para nadie más.
Aquel hombre que cambió de camino,
que espera su historia en un libro que nadie publicará.
Aquel nombre sin memoria, sin humildad,
envuelto en sal y en ideologías viejas,
enojado con el mismo, enojado con el mundo,
y en particular con la mujer que le pudo salvar.
Aquel hombre sin escrúpulos,
sin educación,
sin dinero,
y sin amor.
Aquel hombre cuyo nombre olvidó a diario.
Aquel hombre que sólo provocó pena y desgracia.
Aquel hombre que no sabe y no conocerá de paz,
o la quietud,
o el perdón,
que habla de dolor como si lo conociera,
que habla de finura que no porta,
que se siente superior desde el más bajo escalón,
Aquel hombre; siempre será solo aquel hombre.
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