Fue en la primavera. No se me olvida. La noche cayó sobre los techos de la ciudad y sobre mi cama con la puntualidad esperada.

Salí a la calle —soñando— y encontré una reja medieval, forjada en un bronce oscuro. En el centro de la verja había una inscripción: TRASPÁSAME. Lo hice.

Y aparecí en mi cama. El sueño comenzaba de nuevo.

Todo estaba exactamente igual que antes de dormirme. Volví a acercarme. Volví a leer la palabra. De nuevo la traspasé. Y regresé a mi cama. Sentí miedo.

Aquello, más que un sueño, tomaba el aspecto de un laberinto donde todos los caminos conducían al mismo sitio. Entonces recordé mi viejo reloj.

Siempre había estado allí, sobre la mesa de noche, marcando las horas para cumplir su oficio. Pensé que quizá se había detenido, y en vez de acercarme nuevamente a la reja, fui hasta el reloj. Le di cuerda. Tictac. Tictac. Desperté. Encendí la lámpara de noche. La madrugada coincidía exactamente con mi tiempo. Durante unos segundos permanecí inmóvil.

Por la mañana se lo conté a Manuel, un psicólogo de calle que hablaba como si cada frase perteneciera a un libro todavía no escrito. Me escuchó sin interrumpirme.

—Estás cansado —dijo finalmente—. Quizá todos lo estamos.

—¿Nunca has pensado que hay lugares donde los días terminan pareciéndose demasiado unos a otros?—. No respondí.

Aquella frase me devolvió de pronto a una noche de mi infancia. Recordé los cocuyos. Cuando mis padres me contaron que estaban prohibidos. Y que las linternas debían esconderse, como si su luz pudiera cometer un delito.

Entonces entendí algo que hasta ese momento no había sabido nombrar: también se puede encarcelar el tiempo. No hace falta detener los relojes. Basta con obligarlos a repetir siempre la misma hora.

Fue una decisión personal, tomada para librarme de la continuidad. Y escapé del tiempo que otros habían elegido para mí. Seguí mi camino.

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