Trilogía. El libro de la luz perdida.

Trilogía. El libro de la luz perdida.

I. El andén de las memorias.

Él decidió apagar la llama amarilla que iluminaba la estación con un gesto mínimo, como quien cierra un libro que ya no necesita leer. Lo miré.

El silencio volvió a ocupar el andén. Pero ahora la quietud no pesaba. No exigía, no reclamaba. Incluso parecía detenerse a mi lado, como quien reconoce a un viejo compañero.

Me senté en el banco de madera, que crujió bajo mi peso. En el aire flotaba el olor de una lluvia próxima.

Pensé en mi vida de ahora, en mi nieto, cuya risa no conoce mi terruño; pensé en la isla y en aquellos cocuyos que una noche dejaron de aparecer.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Él miró las vías.

No había trenes. Solo los rieles, paralelos y silenciosos, que se me antojaron divisores de mi mundo: lo que fui y lo que todavía no sabía que sería.

—La culpa no sirve para volver —dijo.

Esperé que continuara, pero guardó silencio.

El viento movió las ramas de los árboles.

—¿Entonces para qué sirve recordar?

Sonrió apenas.

—Para no olvidar quiénes fuimos.

Después bajó la mirada hacia las piedras del terreno.

—Pero recordar no significa obedecer al recuerdo.

La frase encontró un lugar dentro de mí.

Durante años había intentado regresar a sitios que ya no existían. No solamente a la isla. También a ciertas tardes, a ciertas voces, a determinados rostros que el tiempo había borrado de las calles pero no de mi memoria. Había sentido culpa por los olvidos.

Él se acercó y puso una mano sobre mi hombro.

—Ya no eres el que calla —susurró.

Lo miré.

—¿Entonces quién soy?

Permaneció unos instantes en silencio.

—Eres el que escribe.

Se alejó hacia el extremo del andén. Lo vi separarse lentamente de mis pensamientos. Antes de desaparecer, se volvió.

—No temas.

Hizo una pausa.

—Hay silencios que también salvan.

La estación quedó vacía. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después saqué un cuaderno. Y comencé a escribir. No para regresar. No para corregir el pasado. Solo para que aquello que alguna vez tuvo luz no desapareciera.

II. La prohibición de la luz

Los tiempos, como son otros, ya no escriben con plumas. Ahora las palabras se deslizan sobre un teclado y toman vida en un sustrato incorpóreo.

Yo miraba el editor de textos, donde aparecían mis recuerdos sobre la superficie brillante del monitor, cuando mi nieto se acercó. Tenía once años.

—¿Puedo leer, abuelo?

No esperó mi respuesta. Se sentó frente a la pantalla y comenzó a recorrer mis pensamientos. Las primeras líneas hablaban del niño que fui.

Una mañana de lluvia abundante. Tanta lluvia que la tierra del patio no pudo tragársela toda. Había charcos espesos, barro entre las hierbas y pequeñas corrientes que buscaban su camino hacia la calle. Cuando llegó la noche salí al patio con una linterna. Buscaba los cocuyos.

Mi madre se molestó al verme regresar.

—¡Quítate esos zapatos! ¡No me vas a llenar la cocina de fango! —gritó desde el umbral.

Pero mi verdadera tristeza no estaba en el regaño. Estaba en los cocuyos.

Mientras me desabrochaba los zapatos, la miré.

—No hay cocuyos.

Mi madre me observó durante un instante. Después sonrió con aquella picardía que entonces no comprendí.

—Quizás les prohibieron salir. Corrí hasta la sala.

Allí estaba mi padre, refugiado detrás de un periódico, con las gafas apoyadas en la nariz.

—Papá, no encontré los cocuyos.

Buscaba en él una explicación. Quizás un milagro. Bajó el periódico.

—Todo lo que tiene luz propia fue prohibido.

Sentí un escalofrío. Instintivamente escondí la linterna entre mis piernas. La apreté con fuerza, como si alguien pudiera venir a quitármela. Después apoyé los codos en el alféizar. La noche estaba profundamente oscura. Esperé que mis ojos se acostumbraran.

En el presente, mi nieto dejó de leer.

Apartó las manos del teclado y miró hacia mí.

—Abuelo…

—¿Qué?

Tardó unos segundos en formular la pregunta.

—¿Por eso en tu isla hay apagones?

No respondí.

—¿Porque prohibieron la luz?

Lo miré.

Por un instante volví a ser aquel niño del patio, con los zapatos llenos de fango y una linterna escondida entre las piernas. No supe qué decirle. La habitación quedó en silencio. Entonces comprendí que algunas preguntas no necesitan respuesta. Afuera comenzaba a oscurecer. Y tuve la extraña impresión de que aquella vieja noche sin cocuyos había viajado durante décadas para llegar hasta nosotros.

III. El miedo a la luz

Hay verdades que no pueden ser engañadas para siempre. Se las puede vestir, maquillar, deformar. Se puede incluso enseñar a los niños a llamarlas por otro nombre. Pero permanecen. Como las semillas bajo la tierra. Como la lluvia que regresa al suelo después de haber tocado las nubes. Como la memoria.

Por eso no olvido aquella noche de fango y cocuyos ausentes.

Tampoco olvido a mi maestra de cuarto grado, empeñada en oscurecer nuestro pasado mientras embellecía artificialmente el presente.

Nos enseñaba la historia como si hubiéramos nacido en la más absoluta oscuridad y, a partir de una fecha sagrada, una luz nueva hubiese comenzado a iluminarnos. Yo era un niño. No sabía discutir con los libros. Pero algo dentro de mí no aceptaba aquella historia. Porque yo recordaba otras cosas. Recordaba las tardes. Los balcones. Las risas. Los bombillos encendidos en las aceras. Recordaba los cocuyos.

Mi pasado había tenido carencias, sí. Pero no había sido una oscuridad completa. Después crecí.

Las piernas dejaron atrás la primaria y el mundo comenzó a cambiar de tamaño.

Llegaron los bailes de fin de semana, las primeras muchachas, los besos furtivos y aquella extraña edad en que uno empieza a descubrir que también puede ser observado. Fue entonces cuando apareció otro miedo.

No el miedo a la oscuridad. El miedo a la luz. El miedo a decir algo que no debía decirse. El miedo a preguntar. El miedo a pensar demasiado alto.

El miedo a convertirse en una linterna en medio de una habitación donde todos habían aprendido a permanecer a oscuras.

Con el tiempo comprendí algo todavía peor: no hacía falta que alguien viniera a apagar la luz. A veces bastaba con enseñar a los hombres a tener miedo de encenderla. Así llegó la oscuridad verdadera. No cuando faltaron los bombillos.

No cuando dejaron de aparecer los cocuyos.

Ahora, muchos años después, mi nieto duerme en otra habitación. Sobre mi mesa permanece encendido el monitor. La pantalla ilumina mis manos.

Tengo delante el libro que comencé a escribir aquella noche en la estación. No sé si alguna vez terminaré de escribirlo.

Quizás los libros que importan nunca terminan.

Y pienso en mi nieto, que nunca vio un cocuyo en aquel patio y, sin embargo, supo preguntar dónde estaba la luz.

Entonces comprendo. Quizás la luz no se había perdido. Quizás solo había cambiado de lugar.

Durante años creí que escribir era regresar. Ahora sé que no.

Escribir es encender una pequeña lámpara para quienes vienen detrás.

Una llama que nadie puede prohibir mientras alguien recuerde cómo encenderla.

Cierro los ojos. En algún lugar de la memoria vuelve a llover.

Y, bajo aquella vieja noche de fango, aparece un cocuyo. Como si nunca hubieran dejado de hacerlo.

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