
¿Uno se olvida de cómo es tener sexo después de casarse o es como andar en bicicleta?
La pregunta parece una broma, pero toda broma bien construida esconde una metafísica. ¿El deseo se oxida? ¿La costumbre anestesia la memoria? ¿O el matrimonio, esa institución que nació para ordenar el amor, termina administrándolo hasta convertirlo en un expediente?
Se dice que andar en bicicleta no se olvida nunca. El cuerpo conserva un saber silencioso que reaparece apenas uno vuelve a apoyar los pies sobre los pedales. Quizá con el sexo ocurra algo parecido. La diferencia es que la bicicleta rara vez responde: no tiene mal humor, no recuerda discusiones de hace quince años ni pregunta por qué uno dejó la toalla sobre la cama.
El matrimonio, en cambio, posee una extraña habilidad para transformar lo extraordinario en doméstico. Lo que alguna vez fue un incendio termina siendo un piloto del calefón que permanece encendido por simple obligación. No porque el fuego haya muerto, sino porque aprendió a convivir con las facturas, los hijos, el cansancio y la rutina, esos discretos enemigos de la pasión.
Sin embargo, sería injusto culpar al matrimonio. También el tiempo hace su trabajo. Nos cambia el cuerpo, nos modifica los miedos, nos enseña que el deseo no siempre llega vestido de urgencia. A veces aparece con la lentitud de una tarde de invierno. Otras veces se toma vacaciones sin avisar.
Hay quienes sostienen que después de muchos años uno olvida cómo amar físicamente. No lo creo. Lo que se olvida no es el acto; se olvida el asombro. El primer beso jamás vuelve a repetirse porque pertenece a una persona que ya no existe: nosotros mismos. Somos otros, incluso cuando compartimos la misma cama.
Quizá la verdadera comparación no sea con la bicicleta, sino con un idioma aprendido en la infancia. Si pasa demasiado tiempo sin hablarlo, las palabras tardan en aparecer. Al principio hay torpeza, silencios, acentos extraños. Pero de pronto una frase olvidada encuentra su camino y comprendemos que nunca desapareció del todo. Estaba esperando.
Al final, el sexo no es una gimnasia que se practica ni una técnica que se memoriza. Es una conversación entre dos vulnerabilidades. Y las conversaciones no se olvidan: simplemente cambian de idioma.
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