Se lo siseé mil veces mientras flotábamos sobre la mesa del comedor: «No vueles bajo, imbécil, aléjate de los platos hondos». Pero a él le gustaba vacilar. Venía haciendo piruetas estúpidas en el aire, borracho de corriente, cuando ignoró el peligro. Un zumbido seco y ya. Cayó de cabeza en esa ciénaga caliente. No hubo drama, solo un chof sordo. La grasa del caldo lo atrapó al instante.
Ahora, pegada al techo, miro hacia abajo. Sus seis patas se agitan como locas, haciendo un simulacro patético de natación entre círculos amarillos de aceite y trozos flotantes de puerro. Pobrecito. Para él la libertad era esto de aquí arriba: la bombilla caliente, mis alas, el techo. Allá abajo solo le queda el consuelo de ahogarse con sabor a gallina.
Y entonces aparece el monstruo: la cuchara. Una pala de metal reluciente baja del cielo y rompe su pequeño charco de agonía. Me quedo paralizada mientras el viejo distraído levanta la sopa, sopla un poco y se lo mete todo en la boca. Ni se ha enterado.
Me quedo sola en el techo. Atascada en mi propio zumbido. Sabiendo que, a partir de hoy, todo este maldito salón me va a oler a caldo de ave
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