Hay ideas que se repiten por el mundo con la obstinación de los dogmas. Algunas consuelan; otras adormecen. Casi todas terminan pareciéndose a una vieja medicina que pasa de mano en mano sin que nadie recuerde quién la recetó.

Una tarde, en uno de esos libros de autoayuda que prometen ordenar la vida en unas cuantas páginas, encontré una frase que me hizo detener la lectura: El conocimiento es una fuente de dolor.

La frase estaba impresa con la serenidad de quien cree haber descubierto algo definitivo. Tomé un lápiz rojo y escribí al margen:

¿Y la ignorancia? ¿Es entonces una forma de felicidad?

Al día siguiente se lo pregunté a Jorge.

Jorge había sido mi amigo desde la infancia, desde aquellos años en que todavía creíamos que el futuro era una habitación enorme que alguien nos entregaría algún día. Después vinieron la universidad, los trabajos, las mujeres, las pérdidas y esas ausencias que solo aprendemos a reconocer cuando nos hacemos adultos.

Era, además, un devoto de las bibliotecas. Las de papel y las otras, infinitas y sin estantes, que ahora cabían dentro de una pantalla.

—Nadie dice que saber sea una desgracia —me respondió—. Lo que dicen es que no necesitas saberlo todo. A veces saber demasiado disminuye el bienestar.

—¿Y qué es el bienestar?

Jorge dejó de mirar la pantalla.

Sonrió. No respondió enseguida. Durante unos segundos pareció buscar la respuesta en algún lugar distinto de su memoria.

—Quizá sea poder vivir con lo que sabemos sin dejar de vivir por lo que ignoramos.

Luego añadió:

—El dolor también forma parte de la vida. Aquella frase quedó entre nosotros.

No era una gran revelación. No tenía la brillantez de las frases que uno subraya en los libros. Sin embargo, mientras regresaba a casa, pensé que quizá Jorge había dicho algo más importante de lo que pretendía. La ignorancia podía ahorrarnos algunas penas. Pero también podía quitarnos preguntas.

Y yo siempre había desconfiado de una vida sin preguntas.

En casa me esperaba mi butacón viejo. Había pertenecido a mi padre y conservaba en los brazos una especie de brillo producido por muchos años de manos, lecturas y silencios. Me senté frente a la computadora.

En la pantalla apareció el buscador. Escribí una pregunta. Luego otra.

Salté de un libro a un artículo, de un artículo a una teoría, de una teoría a otra pregunta. Así transcurrieron las horas.

En algún momento comprendí que ya no estaba buscando información. No sabía qué. Quizá por eso continué.

Abrí entonces una conversación con una inteligencia artificial. Le pregunté si la ignorancia podía hacernos felices.

La máquina respondió con argumentos, referencias, matices. Hablaba con esa claridad impersonal que tienen las cosas que no han vivido aquello de lo que hablan. Pregunté.

¿Qué es lo que un ser humano no debería querer conocer?

“Hay conocimientos que no destruyen una vida por ser falsos, sino por ser verdaderos”. Leí la frase dos veces.

No sabía si la había escrito la máquina o si, de alguna manera, la había escrito yo. Apagué la pantalla. Pensé en la muerte. No sé por qué.

A los muertos se les desea paz. A los vivos, en cambio, parece que nos corresponde otra cosa: movimiento, contradicciones, pequeñas alegrías, melancolías, deseos, pérdidas, descubrimientos y esa forma particular de dolor que produce comprender algo demasiado tarde. Quizá morir sea dejar de buscar. O quizá sea entrar en una búsqueda para la que ya no tenemos palabras. Miré el viejo butacón. Pensé en mi padre.

Pensé en todos los hombres que alguna vez habían buscado una respuesta y habían terminado convirtiéndose ellos mismos en una pregunta.

Entonces comprendí que mi problema nunca había sido el conocimiento.

Ni siquiera la felicidad. Era la búsqueda. Ese impulso absurdo de levantar una piedra solo para saber qué hay debajo, de abrir un libro aunque sospechemos que no encontraremos la respuesta, de preguntar aunque sepamos que algunas preguntas pueden acompañarnos hasta el final.

Y en ese acto —mínimo, cotidiano, casi ritual— percibí que la búsqueda es una forma de vida, y que la vida, aun cuando duele, merece ser buscada. Porque en el fondo, en algún lugar donde la razón no llega, el conocimiento tiene su propia música maravillosa, y yo, sigo escuchándola.

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