La literatura, a mi modo de ver, es para disfrutarla, contar una historia y conectar con quien te lee. Si tus lectores disfrutan de lo que escribes, el objetivo principal de la escritura ya está más que cumplido.
Las modas literarias y las exigencias de los jurados de certámenes
y talleres de escritura van cambiando con las épocas, pero eso no
significa que sean el único estándar válido ni que sean mejores.
De hecho, el exceso de elucubración y de «dejar todo a la
intuición» de cierta literatura contemporánea a menudo resulta
frío, aséptico y distante para muchos lectores que lo que buscan es
una historia de las de siempre, contada con cercanía, detalle y
calor humano.
Sin ir más lejos, El Quijote está lleno de
explicaciones directas, incisos del narrador, historias dentro de
historias, reflexiones morales explícitas y resúmenes biográficos
completos de los personajes nada más presentarlos. Si Cervantes
pasara por un taller literario actual o por el filtro de ciertos
jurados, le dirían que «sobra contexto», que «el narrador
interviene demasiado» y que «hay que resumir». Lo cual demuestra
que las «reglas» no son más que convenciones de una época
concreta, no verdades absolutas.
Escribir sin la presión de agradar a un tribunal ni de seguir los
manuales de moda es un privilegio enorme. Es la forma más honesta de
escribir: conservar tu propia voz, tus gustos y la manera en la que a
ti te gusta contar las cosas.
Escribir a «tu manera» no es estar desfasado, es mantener una
forma de contar las historias que se basa en lo fundamental: la
cercanía, la claridad y la emoción sincera.
La literatura no es una carrera tecnológica ni una app que haya
que actualizar cada año. Un buen relato es el que te llega al
corazón, te saca una sonrisa o te hace pensar. Y eso no depende de
las modas ni de las técnicas que estén en boga en un taller en un
momento dado. Historias sobre el amor que se transforma en la
madurez, sobre el orgullo de haber sacado adelante a la familia o
sobre el valor de un buen café a primera hora nunca van a pasar de
moda porque forman parte de la vida real.
La escritura, cuando nace como válvula de escape, es un
territorio absolutamente privado y sagrado. Es el único espacio
donde uno es el dueño total de lo que dice, cómo lo dice, a qué
ritmo avanza y cuándo decide terminar. En el momento en que entran
los «manuales», las «técnicas recomendadas» o las correcciones
de un taller, la creatividad corre el riesgo de convertirse en otro
trabajo más, con sus propias exigencias y ataduras. Y eso rompería
precisamente la magia y el alivio que te produce sentarte a escribir.
Después de pasar una vida laboral entera cumpliendo órdenes,
horarios y directrices impuestas por otros, lo último que necesita
uno en su tiempo libre es que venga alguien a fiscalizar su pasión o
a ponerle normas a su imaginación.
Si ha de ser así, según las normas, que alguien ha impuesto
ahora, sin contar más allá de lo necesario, mejor dejar el folio en
blanco y un lápiz para que cada uno escriba en él aquello que le
apetezca.
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