Una Nave a la deriva

El crujido de la madera podrida era lo único que tapaba los gritos. Otra orilla que pasaba de largo. Otra ciudad alemana que les apedreaba el casco desde el muelle antes de empujarlos de nuevo a la corriente del Rin. Ningún puerto les abría las puertas. 

El agua golpeaba. A bordo, el aire apestaba a orina, miedo y pelo sucio y enmarañado. Los cuerdos los miraban desde tierra firme persignándose, convencidos de que bajo esos cráneos rapados peleaban el demonio y Dios. Pero no había épica en sus ojos, solo el pánico de los hombres vacíos. 

Ahora solo quedaba el río. El agua aislaba y, a su manera cruel, limpiaba la culpa. El río, al menos, no juzgaba; los mantenía lejos del mundo, suspendidos en una condena de agua flotante. 

Al caer la niebla, las luces de la costa desaparecieron. La orilla se borró y la noche se volvió una unidad espesa. Nadie habló. Solo quedaba el frío calando los huesos y esa terca, estúpida necesidad de creer que en alguna parte existiría  un hogar en el mundo para los desdichados locos.

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