Cuando mi hermano y yo éramos adolescentes, mi familia tenía una casa disponible para veranear en Mar del Plata. Una de las primeras veces que fuimos, en pleno enero, lo primero que hicimos al llegar fue ir al patio y ahí estaba: el limonero, con sus frutos grandes, amarillos, perfectos, llenos de jugo.
Un vecino, que estaba colgando la ropa en la terraza de su casa y que vio que había gente en nuestra casa –en la que casi nunca había gente–, aprovechó y le pidió un limón a mi hermano. Así que mi hermano lo sacó del árbol y lo lanzó justo y preciso a las manos del vecino.
Pero entonces otro vecino, desde otra terraza, que había escuchado todo, también le pidió a mi hermano, con cierto descaro, que le diese otro limón.
Y entonces se escuchó a alguien en la casa lindera, que no tendría terraza o no tendría ganas de subir a la terraza, que también le dieran un limón.
Mi hermano me miró, como preguntando: ¿y cómo mierda sé a dónde lo tiro para que lo agarre? Hizo una mueca, sacó otro limón, le preguntó si todavía estaba ahí y el vecino, que seguía ahí, dijo que sí.
Entonces mi hermano lo tiró con fuerza, con el ángulo justo y avisando un segundo antes, para que el vecino tuviese tiempo de verlo y atraparlo; y pareció que lo hizo, porque solo se escuchó un «gracias».
Pero eso no fue todo, porque el patio no solo estaba rodeado de casas, sino que a unos veinte o treinta metros había un edificio, lleno de balcones. Y otra vez empezaron los pedigüeños: primero fue el del primer piso, que lo recibió justo en las manos. Después una señora del segundo, que dudaba, pero parecía que su necesidad de un limón fuera más importante que la posibilidad de pasar vergüenza y también atrapó, increíblemente, el limón entre sus manos.
Mientras mi hermano se lucía con una manera impecable de lanzar limones a las manos de los vecinos, yo pensaba: ¿por qué mierda les da a todos? Nosotros nos vamos a quedar sin limones. Pero el árbol seguía ahí y estaba lleno de limones.
Entonces, como para el remate, se escuchó un chiflido lejano y potente. Era del balcón del tercer piso, o cuarto o quinto, no recuerdo exactamente.
Mi hermano, al verlo, se lo tomó como el reto de su vida: no le importaba más nada en el mundo. Sin dudarlo, con paso firme, fue al limonero, sacó el limón. Tomó distancia y, de correr, pasó a lanzar.
Y al lanzar tomó una postura como si lo hubiese dado todo, parecía un soldado que acababa de lanzar una granada. El limón fue con mucha fuerza, muy alto. Entonces empezó como a bajar, pero la gravedad no parecía estar funcionando bien, porque bajaba lentamente.
Y llegó. Llegó justo a las manos de ese tipo que estaba lejísimos, que sonrió y nos hizo un gesto de agradecimiento tocándose el pecho. Era increíble.
Así y todo, yo sin entender nada, le pregunté a mi hermano:
—¿Por qué corno le das limones a todo el mundo? ¡Que se los compren!
Y él, en medio de un éxtasis, con una cara eufórica, me dijo, de una manera muy tranquila:
—Me encanta hacer esto. ¿Tenés algún problema?
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