Duele tanto cuando los hijos no se acercan.

Hay una tristeza particular en la distancia de los hijos. No es exactamente la tristeza de la soledad, aunque se le parece. La soledad puede ser una elección, una circunstancia o, incluso, una forma de libertad. Pero la ausencia de un hijo tiene otra naturaleza: es la presencia de una ausencia que uno no logra comprender.

Uno puede acostumbrarse al silencio de una casa. Puede aprender a comer solo, a dormir solo, a conversar con los libros o con los recuerdos. Puede, con el tiempo, aceptar que ciertas personas se hayan perdido en los laberintos del mundo. Pero cuesta aceptar que se alejen aquellos a quienes uno vio llegar.

Porque los hijos no comienzan siendo personas lejanas. Comienzan siendo un misterio que cabe en unos brazos. Después son una voz que llama desde otra habitación, unos pasos que atraviesan el pasillo, una fiebre durante la noche, una pregunta inesperada, una mano que busca la nuestra sin saber todavía que un día podrá prescindir de ella.

Tal vez ése sea el destino secreto de la paternidad: enseñar a alguien a caminar hasta que, finalmente, pueda alejarse.

Pero una cosa es alejarse para vivir y otra muy distinta desaparecer.

No se pide a los hijos que permanezcan eternamente junto a nosotros. Sería injusto. Cada uno tiene su vida, sus amores, sus preocupaciones, sus errores y sus propias batallas. Los padres, si han amado verdaderamente, saben que los hijos no les pertenecen. Sin embargo, hay una diferencia dolorosa entre no pertenecer y no acercarse nunca.

A veces bastaría tan poco. Una llamada. Una pregunta. Un «¿cómo estás?». La visita de una tarde sin motivo.

Nada extraordinario. Nada heroico. Apenas la prueba de que, en algún lugar del mundo, alguien recuerda que uno existe.

Quizá lo que más duele no sea la ausencia misma, sino la facilidad con que parece haberse producido. Uno descubre, con una mezcla de incredulidad y tristeza, que puede pasar una semana, un mes, tal vez mucho más, sin que el teléfono suene. Y entonces empieza el antiguo oficio de los padres abandonados: justificar.

Estarán ocupados. Tendrán problemas. La vida es difícil. Mañana seguramente llamarán.

Y el mañana, como en ciertos cuentos, se convierte en un país que nunca termina de llegar.

He pensado alguna vez que los hijos desconocen el tamaño de su poder. Ignoran que una llamada puede salvar una tarde entera de tristeza. Que una visita puede devolverle sentido a una casa. Que preguntar «¿necesitás algo?» puede ser, para quien envejece en silencio, una forma de decir «todavía formás parte de mi mundo».

No se trata de reclamar gratitud. El amor verdadero no lleva una contabilidad. Nadie debería decirle a un hijo: «Te di esto, me debés aquello». La vida no funciona como una deuda comercial.

Pero tampoco es cierto que el amor de los padres sea una calle que deba recorrer siempre un solo sentido.

Hay afectos que, cuando no regresan, comienzan lentamente a parecerse a una pregunta sin respuesta.

¿En qué momento dejamos de ser necesarios? ¿En qué momento nuestra voz se volvió prescindible? ¿En qué momento aquellos que conocían nuestros rostros antes que nadie comenzaron a mirar hacia otra parte?

No hay respuesta suficiente. Quizá por eso duele tanto.

Porque el dolor de los hijos distantes no tiene la claridad de una muerte. La muerte, por terrible que sea, establece una frontera definitiva. La distancia, en cambio, conserva una esperanza. Y la esperanza puede ser cruel cuando se prolonga demasiado.

Uno sigue esperando. Espera una llamada. Espera una puerta. Espera un día en que alguien diga: «Pasé a verte».

Y mientras espera comprende que el amor, a veces, es también esa extraña costumbre de permanecer disponible para quienes parecen haber olvidado el camino de regreso.

Tal vez los padres nunca terminamos de aceptar que los hijos crecen y se convierten en desconocidos. Conservamos, detrás de sus rostros adultos, la memoria del niño que fueron. Y quizá allí reside una de las tragedias más íntimas de la vida: nosotros seguimos viendo al niño, mientras ellos ya sólo ven al hombre que envejece.

Sin embargo, a pesar de todo, uno espera. No porque sea débil. No porque no comprenda. Sino porque hay vínculos que ninguna inteligencia consigue deshacer.

Un hijo puede alejarse. Puede callar. Puede olvidar llamar. Puede vivir en un mundo donde el padre ocupa apenas un rincón remoto de la memoria. Pero para un padre, ese hijo continúa habitando un territorio más profundo, un territorio que no depende de la distancia ni del tiempo.

Y ésa es, acaso, la verdad más dolorosa. Duele tanto cuando los hijos no se acercan porque uno comprende que el amor no siempre desaparece cuando deja de ser correspondido.

A veces permanece. A veces espera.

Y a veces, en la quietud de una tarde cualquiera, vuelve a preguntarse —sin rencor, sin respuestas y con una tristeza que nadie ve— qué habrá ocurrido para que alguien a quien uno enseñó a decir «papá» termine necesitando tanto silencio para decir su nombre.

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