Miro mis dedos y ya no sé si toco piel o el rastro de un fuego que se apagó antes de que yo naciera. Seré ese polvo gris, me digo, y la certeza me anestesia la lengua.
Qué hartazgo este de haber sido un rescoldo ciego, tibio en mitad del invierno, mordida por bocas que solo sabían escupir espinas.
Viví de prestado, congelada en un vestíbulo donde el tiempo es un contador sordo y los días, inventario. Soporté el desgaste por pura física. Como el pulmón que se infla sin querer.
Pero hoy algo se ha quebrado en el engranaje. Una náusea o una grieta, ya no sé. Me niego a ser un deseo dócil que pide disculpas por ocupar espacio. Si llega el final, que me encuentre desollada.
Decido, con una calma salvaje, ser animal de pluma que corta el viento frío sin rendir cuentas a nadie.
Tengo sed de un aire que no huela a sábanas usadas.
Quiero tragarme el silencio, soltar mis palabras huérfanas en los bolsillos de quien tenga las manos vacías. Al final, cuando el cuerpo claudique, no habrá envoltorios.
Arranco la costra. Me habito.
Viviré, por fin, con la verdad cruda de quien se atreve a llevar su propio peso.
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