Cada mes de septiembre, el Grupo Suroeste de Europa se sienta a diseñar la lista reglamentaria sobre los nombres de las Borrascas. Veintiún nombres de personas, ordenados alfabéticamente, saltando de hombre a mujer y dejando fuera la Q, la U, la X, la Y y la Z.
Dicen los expertos, basándose en sus estudios, que la gente hace más caso a las alertas de seguridad si la borrasca lleva un nombre humano.
Es ridículo. ¿De verdad se creen que un nombre tan dulce como Nancy o Eleonor va a asustar a alguien? Hay que cambiar de estrategia ya. Basta de bautizar monstruos meteorológicos con nombres amables. Si la naturaleza va a golpear con saña, la alerta tiene que sonar igual de salvaje. Yo soy partidaria de usar, directamente, el vocabulario del miedo.
El día que los telediarios abran con mapas teñidos de negro, el satélite no debería anunciar una borrasca cualquiera. Deberían soltar un nombre como el Tártalo. Que la gente escuche eso y piense en el cíclope gigante de la mitología vasca, ese caníbal que vive en cavernas oscuras y devora pastores.
El impacto en la cabeza de la población sería instantáneo. Un nombre que huela a abismo provoca un escalofrío real; nadie se lo tomaría a risa. Verías a las familias corriendo a tapiar ventanas y a atrancar las puertas como si les viniera encima un asedio medieval. Y las autoridades no dudarían en ordenar evacuaciones obligatorias desde el minuto uno. En los puertos, los marineros no se andarían con rodeos: amarrarían los barcos con nudos triples porque sabrían perfectamente que no viene un temporal más, sino un monstruo marino con ganas de tragárselo todo.
Que sople el viento con rabia. Que los truenos hagan temblar los muros de hormigón. El miedo, por mucho que lo critiquen, salva vidas. Al llamar al peligro por su verdadero nombre, la gente se acuerda, por fin, de que a la naturaleza no hay quien la domestique.
Y anda que no existen nombres malignos para añadir a la lista. Europa es rica en leyendas con seres monstruosos dispuestos a regalar, generosamente, sus nombres.
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