Los hombres blancos dividían el tiempo en pequeñas prisiones de siete casillas, pero para él la vida solo se dividía en dos reinos: la luz que calienta la piel y la oscuridad que trae los espíritus.
—Te llamarás Viernes —había dicho Robinson, apuntando con el dedo al pecho del nativo—.
Tu nombre. No lo olvides.
Pero con el paso de los días, aquel a quien el “amo” llamaba Viernes, lo olvidó.
Un día de esos sin nombre, el joven nativo sostuvo la mirada del inglés, algo que jamás había hecho. Sintió un rugido en las tripas, no de hambre, sino de una digestión pesada tras haber comido raíces amargas que le inflaban el vientre.
—No —dijo en el inglés rústico que le habían impuesto—. No volveré a ser Viernes.
Yo soy hermano de las estrellas, hermano del agua de las olas, hermano de los árboles.
Robinson soltó el cuchillo, sorprendido por la firmeza de su sirviente.
—El tiempo no se cuenta en maderas rotas —añadió el joven—. Hoy mi cuerpo pesa, el aire está quieto y el sol aplasta. Hoy mi nombre es El-que-carga-la-tierra-en-el-vientre.
Robinson frunció el ceño, buscando instintivamente el calor de su mosquete.
—Te di una identidad, una fe, una lengua limpia —replicó el náufrago, alzando la voz—. Eres Viernes.
El nativo negó con la cabeza, despojándose de la incómoda casaca de piel de cabra que Robinson le había cosido. Dejó que el viento marino le acariciara la piel desnuda.
—Tú vives en un ayer que ya no existe. Yo cambio con la tierra —explicó, señalando al horizonte donde unas nubes negras empezaban a devorar el azul—. Ayer, cuando los peces saltaban en la red y el río estaba generoso, yo era El-hijo-de-la-abundancia-plateada. Y cuando la alegría me llenó el pecho por la noche, fui Risa-que-espanta-a-los-búhos.
Un trueno lejano hizo vibrar las palmeras. Una gota gorda de lluvia golpeó la frente del nativo, seguida por un destello cegador que partió el cielo en dos. Robinson dio un paso atrás, asustado por la tormenta inminente. El joven, en cambio, abrió los brazos y cerró los ojos, sonriendo bajo el agua que empezaba a caer a cántaros.
—Mira el cielo, Robinson —gritó el joven por encima del estruendo—. Ahora el agua limpia el suelo y el fuego del cielo rompe la roca. No soy tu Viernes. Bajo este diluvio soy El-nacido-del-rayo-amargo. Y mañana, cuando el suelo esté empapado y el frío muerda, seré Barro-que-espera-al-sol.
Robinson Crusoe miró los ojos encendidos de aquel hombre y, por primera vez en veinticinco años, se sintió verdaderamente solo y desarmado en la isla.
El calendario de madera ya no significaba nada. El joven le dio la espalda y caminó hacia la selva, libre, bautizado a cada segundo por la naturaleza, dejando atrás al hombre blanco que seguía atrapado en un día de la semana.
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