El emigrante del tiempo.

Dicen los científicos que viajar en el tiempo es imposible. Yo no estoy tan seguro. Hay cosas que la ciencia todavía no sabe explicar. La memoria, por ejemplo. Uno cierra los ojos y, de pronto, una calle que desapareció hace cuarenta años vuelve a estar delante de nosotros. Regresan las voces, los olores de una tarde determinada, incluso la luz exacta que había entonces. Quizá el tiempo tenga fisuras.

La mía es una silla. Es una silla vieja, sin ninguna particularidad: cuatro patas, un respaldo y algunas marcas que ya nadie recuerda cómo llegaron allí. Pero cuando me siento en ella y cierro los ojos y permito que el crujido de la madera vieja sea como el motor que me lleve de regreso, siento que salgo de los límites temporales y me transporto a un pasado hecho de recuerdos y símbolos.

Ahora voy hacia La Habana, la de mi juventud. Por las calles se oían conversaciones en voz baja. Había gente que se marchaba, familias que se separaban, casas que de pronto quedaban vacías. El Mariel había abierto una puerta hacia el mar y muchos habían decidido atravesarla. Yo no sabía todavía qué haría con mi vida, pero había empezado a sospechar que aquel país se dirigía hacia una dimensión en que la existencia sería un martirio. No gritaba consignas. Tampoco discutía demasiado. Me fui apartando. Algunos pensaron que era miedo; otros, indiferencia. Yo no sabía cómo llamarlo. Era simplemente la necesidad de observar desde lejos aquello que no me gustaba.

Una tarde caminé hasta las cercanías del antiguo Centro Gallego. No recuerdo por qué fui allí. La memoria tiene esas cosas: conserva una mirada y olvida un viaje entero. Recuerdo, sin embargo, la esquina. Y recuerdo al hombre que estaba parado en la acera del sol. Llevaba boina. Lo primero que pensé fue que se parecía a mi abuelo. Después comprendí que no se parecía: era mi abuelo. Me quedé mirándolo. Él también me miró y sonrió.

—Has crecido —dijo.

No supe qué responder. Yo sabía que aquello era imposible. Él debía estar muerto.

—Abuelo… —pronuncié la palabra casi en un susurro.

Él levantó una mano y me tocó el hombro. Su mano estaba tibia. Entonces sentí algo extraño: no miedo, sino una especie de reconocimiento, como si hubiera estado esperando aquel encuentro desde antes de nacer. Mi abuelo había llegado a Cuba muchos años atrás, desde Galicia. Había cruzado un océano siendo joven para buscar una vida que no conocía. Yo sabía aquella historia; lo que no sabía era que algún día tendría que repetirla.

—Te irás —sentenció—. Serás un emigrante como nosotros. Y su cara y sus gestos eran los mismos de siempre, con su boina adornando su cabeza.

La despedida fue distinta de la suya. No hubo barco de vapor ni puerto lleno de niebla. Pero la sensación era la misma. Uno se marcha llevando una casa entera dentro de la memoria y deja afuera una versión de sí mismo.

Desde entonces he pensado muchas veces en aquella frase: «Serás un emigrante como nosotros». Quizá mi abuelo no había venido del pasado; venía del futuro. Y sospecho que, tal vez, emigrar no sea abandonar un lugar. Es regresar a un tiempo que todavía no hemos vivido. Como un viajero del tiempo.

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