El gato pardo es un bastardo

El gato pardo es un bastardo

Eliseo De Troya

31/08/2026

El hombre seguía el movimiento de las aspas del ventilador, que colgaba del techo. Con sus ojos, dibujaba las circunferencias que esté con sus aspas llenas de polvo y con su zigzagueo dejaba en el aire. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba recostado en el sofá rojo de cuero del consultorio del especialista, a quien desde horas antes fue a visitar. No recordaba cómo había entrado a aquel lugar. Quizás lo hizo como lo hace cualquier mortal, dando pasos lentos, seguido de un saludo cordial y homogéneo. Pensando estaba el hombre, cuando escuchó el rechinar de la puerta que se abría. Con bata blanca, una libreta y un bolígrafo, entró el doctor golpeando sus zapatos al suelo en cada pisada.
¿—Cómo está usted, amigo? Preguntó el doctor con una sonrisa grande en su rostro circular.
—No me contesté, se respondió a sí mismo al ver el rostro del paciente, y acomodándose en el sillón de terciopelo que descansaba al lado del sofá rojo donde el paciente se encontraba recostado.
—Le voy a contar un secreto —dijo el doctor a modo de susurro. Se inclinó hasta quedar a centímetros del oído del paciente y soltó su palabrería en voz baja. —Aquí se le van a ir las penas, las angustias, y le vendrá de vuelta el placer y la alegría.
En un movimiento rápido volvió a ponerse erguido, acomodando su espalda en el sillón de terciopelo y masticando el borde del bolígrafo. Descansando una pierna sobre la otra, preguntó: —¿Qué es lo que lo trae por aquí?
El hombre seguía inmóvil mirando las aspas del ventilador, pero agudizando el oído para grabar en su pensamiento cada palabra del profesional, y sin voltear la cabeza este respondió:
—Doctor, el problema es que me creó un gato.
Las palabras le sonaron extrañas y ridículas, más ridículas que la simple idea de verse acostado en aquel sofá de color rojo. Más ridículas que la necesidad que le nació en el pecho por ir a un especialista, aún pensado que aquello era solo gente loca, y él no lo estaba o por lo menos así lo sentía, pero al verse ahora en aquel sitio lo estaba dudando.
 —Se siente un gato, respondió el doctor, con voz serena rompiendo su pensamiento.  
¿—Y cómo es que esto pasó? Preguntó el especialista aún masticando el borde del bolígrafo.  
El hombre demoró en contestar, no por el hecho de sentirse ridículo ahora con su idea sino porque no sabía por dónde empezar…  
Un segundo, dos segundos, tres segundos, diez segundos, el movimiento de la manilla del reloj rompía el incómodo silencio, y el especialista masticaba su bolígrafo en espera de una respuesta no coherente.
El hombre que ya se había familiarizado con el movimiento de las aspas del ventilador, soltó una tos fingida y respondió…
—El aire me huele a tierra y la lluvia moja mi cara, el espíritu se alivia, la sangre hierve en las venas azules de un cuerpo cansado.  
Me miro al espejo y no reconozco a quien soy. Ese acaso soy yo, pregunto al espejo, y una voz dentro de mi me responde —Somos nosotros—. Me siento extraño; jamás antes había escuchado voz alguna en mi cabeza. No tengo miedo, soy demasiado escéptico como para pensar que aquello es un espectro. Camino al baño, mojo mi cara con agua helada, me miro frente al espejo, y en el fondo de mis ojos distingo una luz que brilla. Apresurado rebusco entre el cajon de cachivaches una pequeña linterna que tenía guardada desde hace tiempo.  
Vuelvo al espejo y rebusco entre mis pupilas aquella luz extraña que a desaparecido. Vuelvo a la sala, y me quedo sentado en el sofá como de costumbre y ahora esa voz se a convertido en un maullido agudo que ocupa mi cabeza. Maúlla y su sonido se convierte en una sola palabra -Sos un gato-
Ya van varios días en que lo e podido dormir, siempre es el mismo pensamiento a la misma hora, preocupado salgo a caminar la noche entera, sin darme cuenta a amanecido, y este problema se ha vuelto constante y va en peor, e tratado de no prestarle atención pero esta vez me envuelve en una retórica insensata que repite —soy un gato- -soy un gato—. El
pensamiento se me llena de esa idea, pero no hago caso al saber que eso es una falacia una locura.  
Camino con la mente distraída, y llego a una avenida principal, mis pasos me han llevado hasta un especialista. Mis pies se detienen en seco, mis ojos leen “consultorio psicología” Dr. Piedra. ¿Qué clase de apellido es ese? Pregunta la voz en mi cabeza, y mis pies giran en su propio eje abortando la visita y no entiendo. La voz en mi cabeza repite que soy un gato y eso le vasta.  
De regreso a casa me tiro en el sofá, y el cansancio y desgano me acompañan. Estiro el cuerpo queriendo desconectar mis partes, los brazos, piernas, las extremidades viejas. Siento que de mi boca quiere salir un bostezo pero en realidad lo que se escucha es un maullido. Ya sin preocupación cierro los ojos y me quedo dormido. Cuando despierto tengo miedo de mirarme al espejo, solo camino lento, sin encender las luces, ya no hace falta, el camino es claro. Llego a mi cama, el reloj del velador adjunto reporta que son las dos de la madrugada.
¿—Por qué está tan clara la noche? Es mí pregunta ¿Por qué todo brilla como si tuviera luz propia?
Me siento al borde de la cama, y empiezo a dudar de mi cordura. La voz en mi cabeza vuelve y comenta. —No estás loco—. Solo eres un gato-. Yo rio a carcajadas por el simple hecho de sentirme desquiciado y tumbándome en la cama, siento como unas cuantas lágrimas corren libres por mi rostro. ¿Es acaso por tristeza, desesperación o locura? Me llevo el brazo hasta la boca, y trato de amortiguar dicha locura con un mordisco. Tal vez solo así despierte de ese loco sueño donde ya no se quien soy. Si soy un humano, si soy un gato. Un gato loco que deambula por los tejados de la imaginación, que traiciona el pensamiento, que maúlla poesías de madrugada! No se quien soy! Me levanto decidido a acabar dicha locura, y voy directo al espejo para terminar con dicha ridicules, pero a quien miro ya no es a mí; no es mi reflejo el que se dibuja frente al espejo. Es un gato, un gato pardo al que le brillan los ojos. Lo miro en silencio y suelta una carcajada, que poco a poco se va convirtiendo en un maullido quejoso que me da la bienvenida a una nueva vida entre tejado y tejado…

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