En ciertos sueños —los primeros, los más frágiles— uno no posee fortuna ni identidad. Por eso acepté, sin saber si pagaba o no, las mercaderías de un vendedor de ilusiones. Era un mercader antiguo, quizá anterior al tiempo, y ofrecía objetos que no podían existir fuera del sueño: una brújula que señalaba destinos emocionales, un pañuelo para secar nostalgias, un mapa donde cada ruta llevaba a una versión distinta de mí mismo.
No sé si compré algo. En ese estado inicial, uno es apenas un visitante sin nombre.
Después, como ocurre también en la vigilia, los escenarios mutaron. Mi abuelo gallego estaba a mi lado, sus manos me saludaba; pero no como recuerdo, sino como hijo. Me cuidaba con una ternura invertida, mientras yo yacía en el lecho de muerte de una cabaña junto a un río cuya presencia sentía sin verlo. Era mi muerte, pero también era una representación: un ensayo general de lo inevitable.
Los sentidos —esos cinco hermanos que siempre han discutido entre sí— se apagaban uno por uno. Sin embargo, la luz del norte, la que venía del puente por donde avanzaba sin arrastrar los pies, era suave como la luna en las noches que parecen hechas de perdón.
Vi muchas caras. Todas me pertenecían. Eran las máscaras que he llevado por el mundo: malignas, amables, hermosas, fugaces. Cada una se desvanecía en el instante en que la reconocía, como si el reconocimiento fuese una forma de muerte.
Ya no estaba mi abuelo, ni mi hijo, ni la cara que dejé en la cabaña. El río había dejado de sonar para mí. Solo quedaba un silencio sin paredes, una tranquilidad sentada en un rincón imposible. Una libertad que no se parece a ninguna otra.
Entonces el ventilador de techo —convertido en reloj, en guardián, dejó escapar un sonido de aire fugitivo. Abrí los ojos. La ventana mostraba el sol de otra mañana.
Me miré en el espejo del baño. Era otra cara, distinta de todas las que había visto. Una cara que no sabía si era mía o prestada por la vigilia.
Salí a caminar. El camino era el mismo de siempre: un trillo entre dos bosques, un lago al final. Pero el río seguía sonando en mi cabeza, como si insistiera en recordarme que la muerte del sueño también es una forma de vida.
Al regresar, con esa serenidad que da el no saber quién eres, me senté a resucitar el sueño. Y descubrí que la vigilia seguía confundida, como si hubiera decidido emigrar hacia los sueños y dejarme a mí en medio de ambos mundos.
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