Culpa de mi madre

Culpa de mi madre

Magaly Valdez

29/08/2026

En este lugar, todos tienen hijos. Fueron hijos de personas que trabajaron aquí por años y sus hijos los reemplazarán tarde o temprano. Sus rostros cansados se veían a lo lejos. Quedaban atrapados entre el reloj del pasillo central y la intemperie de las cocinas industriales. Yo les ofrecía, a unos sí y a otros no, un café bien cargado para aliviar las penas.

Me palpitaban los pies a cada rato. La cabeza sobresalía por encima de los hombros como un monstruo a punto de desparramarse cuando revisaba las facturas o se acercaba la fecha del envío. No te llevarás nada a la tumba cuando te mueras, hija, decía mi abuela. Es verdad, Maíta, pero estas cosas me sirven aquí y ahora.

Los meses se ensanchaban con el cambio de estaciones. Las hojas empezaban a reverdecer. Los azulejos de las plazas y los pajaritos de cerámica brillaban con más fuerza. Yo quería tocar todas las flores, a pesar de la lasitud y el encogimiento de mis brazos. Me frenaba un cartel en medio de los faroles que decía: ¡Prohibido arrancarlas!

En el país del que vengo, las plazoletas parecen manchas grises bordeadas de blanco. Las palomas revolotean exageradamente cuando se les echa migajas. La lluvia es una bailarina entusiasta que oscila entre las nubes grises y los focos incandescentes. Los niños llevan trapos sucios y las viejas las manos negras de pelar habas.

Grandes montículos de mierda abarrotaron la ciudad cuando tuve que salir huyendo. El dinero que cobraba no compensaba mi cara de espanto apenas escuchaba una moto acercándose. Solo tenía las palabras. Quizá por eso entré apurada y salí ligera de aquel bar donde me dieron “una oportunidad”. Me hice la torpe y al dependiente le hizo gracia.

¡Todo esto es culpa de mi madre!, me quejaba constantemente.

Costurera de sesenta y cinco años que jamás me enseñó a usar una máquina recta o industrial; ni siquiera una overlock. En las reuniones familiares del porche con su tacita de café pasado entre las manos, nos repetía a mi hermana y a mí:

—Quiero que estudien, no como yo que nunca pude.

Las personas de este país erguían el cuerpo cuando le demostrabas un poco de cariño. Sus rostros arrugados y su distancia de seguridad amasaban una ola de rechazos ante cualquier conato de acercamiento. Las risas de la sala se interrumpían en seco. Bastaba la presencia de negros o árabes para que el aire se cargara de sospecha. Por ello, cada vez que se cruzaba uno de estos desconocidos habituales en la calle, yo los abrazaba de golpe. Sabía que no les importaba porque me sonreían levemente.

Los otros me veían a lo lejos.

—Yo no soy racista, respondían ante mi capacidad de provocarlos.

–Vosotros nos caéis bien, insistían.

—¿Vosotros quiénes?, contestaba yo con una sonrisita cínica.

No soportaba esa manía por clasificarnos, según nuestro lugar de origen.

Un día se me acercó uno de ochenta años:

—Un café i un entrepà de pernil, me ordenó sin dar los buenos días.

—Disculpe, no entiendo lo segundo. ¿Me podría hablar en español, por favor?, seguí de facto.

—¿¡Que no entiendes!? Pues espabila.

Con los meses te acostumbras a la hidalguía de los hidalgos. Aprendes a contener los sobresaltos y a tragarte el bochorno. Desarrollas cierto mecanismo de defensa, como estrellarle un plato en la jeta a quien se pase de la raya; como hice yo ese día con aquel viejo.

¡Todo esto es culpa de mi madre!, volví nuevamente con ganas.

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