En México, cumplir 18 años puede significar celebrar la llegada a la vida adulta. Pero para quienes han crecido o permanecido durante una etapa importante de su vida en un Centro de Asistencia Social, esa fecha también puede representar el término de una medida de protección y el comienzo de una independencia para la cual no siempre tuvieron tiempo, condiciones ni acompañamiento suficiente.
De un día para otro, la sociedad puede dejar de ver a un adolescente bajo protección y comenzar a exigirle que actúe como un adulto autónomo: conseguir empleo, administrar dinero, continuar sus estudios, encontrar un lugar donde vivir, cuidar su salud, tomar decisiones y sostenerse emocionalmente. Todo ello mientras enfrenta, en muchos casos, una historia previa de abandono, violencia, consumo de sustancias, separación familiar o ausencia de redes de apoyo.
La edad legal cambia en un instante. La madurez, la autonomía y la seguridad emocional no.
Por eso, proteger a un adolescente no puede reducirse a ofrecerle alimentación, alojamiento y atención mientras permanece dentro de una institución. Proteger también significa prepararlo para el momento en que tenga que tomar decisiones fuera de ella.
Una responsabilidad reconocida, pero todavía pendiente
Esta obligación no es únicamente moral. La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, en su artículo 30 Bis 8, establece que los Centros de Asistencia Social públicos y privados que tengan bajo su custodia a adolescentes que cumplan la mayoría de edad deben garantizarles servicios que permitan su óptima inclusión en el entorno social. La propia ley señala también que los procedimientos de egreso deben facilitar su reincorporación familiar o social. Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes
La norma reconoce algo fundamental: el egreso no debe ser solamente una fecha administrativa; debe ser un proceso acompañado.
El Modelo de Atención Integral elaborado por el Sistema Nacional DIF y UNICEF México plantea el desarrollo de una autonomía progresiva, la participación de los adolescentes en las decisiones que les afectan y la preparación para la vida independiente mediante planes individualizados. También destaca que los programas de autonomía necesitan seguimiento profesional, integración comunitaria, acceso a recursos educativos y de salud, formación de redes de apoyo y vinculación con oportunidades laborales. Modelo de Atención Integral, DIF–UNICEF México
Estas orientaciones coinciden con lo expresado en investigaciones y testimonios de adolescentes institucionalizados: la incertidumbre no comienza necesariamente al salir, sino mucho antes. En una investigación realizada en Querétaro, un adolescente institucionalizado expresó que se sentía solo y que ni siquiera comprendía por qué había sido llevado al albergue. Su testimonio evidencia la importancia de informar, escuchar e incorporar a cada adolescente en las decisiones relacionadas con su presente y con su futuro. Investigación de la Universidad Autónoma de Querétaro
No se puede construir autonomía sin participación. Tampoco puede hablarse de proyecto de vida cuando el joven solamente recibe instrucciones sobre lo que otros han decidido para él.
Experiencias que ya se están ensayando en México
En distintas entidades del país se han desarrollado iniciativas para atender esta necesidad. En Guanajuato, por ejemplo, el Sistema DIF implementó una estrategia dirigida a adolescentes de Centros de Asistencia Social próximos a cumplir la mayoría de edad. El programa trabajó herramientas socioemocionales, hábitos cotidianos, trabajo en equipo y construcción de redes de apoyo para facilitar la transición hacia una vida autónoma.
Aunque estas experiencias todavía requieren continuidad, evaluación y mayor cobertura, confirman que la preparación para el egreso puede traducirse en acciones concretas. Programa de vida independiente del DIF Guanajuato
La evidencia institucional mexicana también permite dimensionar el desafío. El Programa Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes señaló que, en 2015, más de 33 mil niñas, niños y adolescentes residían en alojamientos de asistencia social. Sin embargo, México todavía necesita información actualizada y, especialmente, estudios sistemáticos que permitan conocer qué ocurre con quienes egresan: cuántos continúan estudiando, acceden a un empleo digno, cuentan con vivienda segura, conservan redes de apoyo o requieren atención psicológica. Programa Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes
Lo que no se registra difícilmente puede evaluarse. Y lo que no se evalúa corre el riesgo de repetirse sin saber si realmente está transformando vidas.
El proyecto de vida como parte de la protección
En Casa Mahayana Jóvenes entendemos que el proyecto de vida no consiste únicamente en preguntarle a un adolescente qué carrera desea estudiar o en qué quiere trabajar. Es un proceso más profundo.
Implica ayudarle a reconocer quién es, qué ha vivido, cuáles son sus capacidades, qué necesita fortalecer y qué alternativas reales existen en su entorno. También significa acompañarlo para que pueda plantearse metas posibles, tomar decisiones, asumir responsabilidades y aprender que equivocarse no cancela su futuro.
Por ello, el trabajo de proyecto de vida se integra a la intervención cotidiana mediante el acompañamiento psicológico y psicoeducativo, la regulación emocional, el establecimiento de límites, la construcción de hábitos, la continuidad escolar y el desarrollo de habilidades para la vida.
Buscamos que cada adolescente avance, de acuerdo con su edad, condiciones y proceso particular, en aspectos como:
- Reconocimiento de habilidades, intereses y recursos personales.
- Definición de metas educativas, laborales y personales.
- Toma de decisiones y resolución de problemas.
- Regulación emocional y tolerancia a la frustración.
- Organización del tiempo y cumplimiento de responsabilidades.
- Autocuidado físico y psicológico.
- Administración básica de recursos.
- Construcción de relaciones saludables y redes de apoyo.
- Identificación de riesgos y solicitud oportuna de ayuda.
- Participación activa en las decisiones relacionadas con su futuro.
No se trata de imponerles una vida diseñada por los adultos. Se trata de proporcionarles herramientas para que puedan construir la propia.
Un proyecto de vida tampoco puede limitarse a llenar un formato. Debe convertirse en una ruta individual, revisable y acompañada. Las metas pueden cambiar, porque también cambian los adolescentes. Lo importante es que aprendan a reconocerse como personas con derechos, capacidades, responsabilidades y posibilidades de futuro.
Acompañar sin sustituir
Preparar para vivir no significa resolverles todo. Significa acompañarlos mientras aprenden a resolver.
La autonomía no aparece cuando los adultos se retiran repentinamente; se desarrolla cuando permitimos que el adolescente participe, ensaye, se equivoque, repare y vuelva a intentarlo dentro de condiciones seguras. Requiere responsabilidades graduales, experiencias reales y adultos que sepan orientar sin controlar permanentemente.
También exige reconocer que ningún joven construye una vida completamente solo. Incluso quienes crecen dentro de una familia suelen necesitar apoyo económico, emocional y práctico durante varios años después de alcanzar la mayoría de edad. Pedir a un joven institucionalizado que sea totalmente independiente a los 18 años, sin una red equivalente, significa imponerle una exigencia que rara vez se aplica a los demás.
Por eso son necesarios modelos de preegreso, casas de medio camino, apoyos educativos, vinculación laboral, acompañamiento psicológico y seguimiento posterior. Estas acciones no generan dependencia cuando están bien estructuradas; por el contrario, crean las condiciones para una autonomía gradual y responsable.
La protección debe mirar hacia el futuro
Un Centro de Asistencia Social cumple una función indispensable cuando ofrece seguridad y atención ante una situación de vulneración. Pero su intervención queda incompleta si el adolescente sale protegido del peligro inmediato y, al mismo tiempo, permanece desprotegido frente a la vida adulta.
El verdadero resultado de una institución no debería medirse solamente por lo que ocurrió mientras el joven permaneció dentro de ella, sino también por las herramientas, vínculos y oportunidades con las que logró salir.
Proteger es ofrecer un lugar seguro en el presente. Preparar para vivir es ayudar a construir un futuro posible.
En Casa Mahayana Jóvenes asumimos que ambas tareas forman parte del mismo compromiso. Porque acompañar a un adolescente no es decidir su destino, sino ayudarle a descubrir que puede participar en su construcción.
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