Xoel y la Moreniña que cruzó el Atlántico.

Xoel y la Moreniña que cruzó el Atlántico.

Aseguran que en la aldea de Piornedo, allí donde los Ancares confunden sus cumbres con la calina, cuando un mozo emprendía el éxodo hacia las Indias Occidentales, las madres no lloraban en público. Su duelo era un rito secreto, unánime, oficiado ante la Virgen de Guadalupe en la penumbra de una capilla mínima, de piedra tosca donde el viento norteño parecía acompañarlas. A Xoel le fue entregada la estampa de la Moreniña el alba misma, cuando sus alpargatas pisaron el sendero descendente hacia el polvo de la carretera. Fue su madre quien introdujo el talismán en el bolsillo de la chaqueta, pronunciando una sentencia que portaba la gravedad de los antiguos oráculos: —Para que guardes memoria de dónde germina la luz cuando las tinieblas llegan al mundo. 

El muchacho no alcanzó a descifrar la clave de aquella teología vernácula, pero custodió el papel como el navegante atesora una brújula. El vapor levó anclas en el puerto de A Coruña, envuelto en una atmósfera densa de hulla. Desde la balaustrada de la cubierta, Xoel contempló cómo la geografía gallega se fue encogiendo entre brumas. 

Durante la travesía, cada vez que el Atlántico desataba sus furias, la estampa de la Virgen parecía irradiar seguridad a su pecho. El desembarco aconteció en los muelles de La Habana, bajo un sol insolente. Aquel aire nuevo olía a polen y a vegetación desconocida. El puerto era un universo: vociferaban los estibadores negros con ritmos de síncopa. Los carros traqueteaban en una prisa febril, mientras el mar exhibía un azul jamás visto en los arroyos de su aldea. 

Xoel se integró al engranaje de un taller textil amparado por la sombra de un tío abuelo, un viejo gallego aclimatado al trópico. La factoría pertenecía a unos paisanos que arrastraban las consonantes con el peso de la nostalgia. El recinto olía a algodón crudo, aceite de los telares y café recién colado En ese laberinto de husos y lanzaderas descubrió a Sabela, una paisana cuya andadura por la isla sumaba ya dos años. Sabela poseía una risa contagiosa, un don capaz de mitigar la opresión y la morriña del recién llegado. Se enamoraron entre las columnas de la ciudad y las vigilias en el muro del Malecón, ese límite de piedra donde el mar caribeño ensaya sus percusiones. 

El matrimonio sobrevino sin premuras, con la parsimonia de quienes ya han asimilado la ausencia de la patria cuna. Fijaron su nido en una habitación del barrio del Cerro, una estancia de ventanas abiertas a un patio solariego donde las gallinas deambulaban tranquilas sobre las losas ennegrecidas. 

Hacia la mitad del siglo, cuando la fortuna económica comenzó a entrar en los bolsillos del matrimonio, les nació la idea de volver al terruño. Regresaron a Piornedo. Se reencontraron con el mutismo de la cordillera. Sin embargo, se sintieron desprotegidos. Un invierno político, el rigor del franquismo, gravitaba como una losa de granito sobre el pecho colectivo. Sabela le comentó que la aldea padecía de una inmovilidad de sepulcro; las miradas se habían vuelto vigilantes; las palabras se acortaban hasta el laconismo del miedo. Xoel transitaba los senderos de su infancia percibiendo una atmósfera enrarecida, un aire estrecho, como si los propios montes hubieran encogido sus dimensiones bajo el peso del ordenamiento civil. 

Una tarde, el sacerdote de la iglesia del pueblo, les dijo: “Esto no es América”, y les miro la vestimenta, como si algo en sus ropas oliera a pecado. Esa tarde, Sabela buscó la estampa mariana que conservaba su marido y sentenció ante Xoel: —La luz se fue de las estancias de este reino. Meses después, repitiendo la salida por el mismo camino que pisó en su primera partida, ahora acompañado de su mujer; desandarían el Atlántico para reinsertarse en la capital insular. Allí, en la gran orquesta urbana, entre el humo denso de los puros de Vuelta Abajo y el oleaje perenne del Malecón, recuperaron la respiración ancha. Y pensaron con cierta alegría, que bajo el dosel celeste de La Habana, el mundo era más ancho.

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