LA MUSA DE MIS ESCRITOS

Novela romántica en diez capítulos

JOSÉ E. DÍAZ FERNÁNDEZ

Autor

CAPÍTULO I

La mujer de la cama vacía

Desperté revuelto en una confusión que me dejó inmóvil durante varios minutos. En el sueño la había visto a ella, acostada a mi lado, tan cercana que podía sentir el calor de su cuerpo y el ritmo tranquilo de su respiración junto a mi nuca. Me di vuelta y la abracé. Su corazón latía con fuerza, como si acabara de correr una maratón o hubiese llegado hasta mí después de atravesar una distancia imposible.

La besé despacio. Sus labios estaban secos, como si hubiera caminado bajo un sol interminable. Ella se acomodó entre mis brazos y cerró los ojos. No hubo prisa ni temor, solamente esa confianza extraña que a veces nace en los sueños, donde dos desconocidos pueden reconocerse como si llevaran toda una vida esperándose. Nos acariciamos con ternura, y por un instante sentí que la habitación desaparecía y que los dos flotábamos en un lugar sin tiempo.

Entonces abrí los ojos. La cama estaba vacía. La madrugada entraba por la ventana con una luz azulada y fría. Extendí la mano hacia el lado donde ella había estado, pero solo encontré la sábana arrugada y el silencio. Aun así, mi cuerpo conservaba la memoria de su abrazo.

—¿Qué me pasa? —me pregunté.

Me levanté, encendí la lámpara y busqué mi cuaderno. Tenía miedo de que el amanecer borrara su rostro. Escribí cuanto recordaba: su cabello oscuro, sus ojos serenos, la manera segura de acercarse, la sonrisa que combinaba juventud adulta e inteligencia. No era únicamente su belleza lo que me cautivaba. Había en ella una firmeza que me hacía sentir protegido, como si supiera con exactitud quién era y hacia dónde iba.

Desde aquella noche se convirtió en la musa de mis escritos. Aparecía entre versos, relatos y cartas que nunca enviaba. Pensé que quizá mi cerebro la había creado con fragmentos de rostros vistos en la calle, voces escuchadas al pasar y deseos que nunca me atreví a confesar. Tal vez no existía. Pero mientras más intentaba convencerme, más real se volvía su recuerdo.

Antes de que saliera el sol tomé una decisión absurda y necesaria: tendría que buscarla. No sabía su nombre, su ciudad ni si alguna vez había pisado este mundo. Solo tenía un rostro dibujado con palabras y una certeza que me ardía por dentro: en algún lugar, despierta o dormida, aquella mujer también debía de estar buscándome.

CAPÍTULO II

El retrato de las palabras

Durante los días siguientes viví como quien guarda un secreto demasiado grande. Cumplía mis obligaciones, saludaba a la gente y fingía escuchar conversaciones, pero una parte de mí permanecía en aquella habitación soñada. Cada noche dejaba el cuaderno abierto junto a la cama, esperando que ella regresara y me revelara al menos su nombre.

No volvió. En cambio, comenzaron a aparecer detalles durante el día: el aroma de café recién hecho me recordaba su cabello; una risa en el corredor me obligaba a volver la cabeza; una mujer que hojeaba un libro desde lejos podía hacerme caminar varias cuadras tras ella, solo para descubrir que no era la misma.

Decidí transformar mis notas en un relato. Lo titulé “La mujer de la cama vacía” y lo publiqué en una pequeña revista cultural. No mencioné el deseo con todos sus detalles; escribí sobre el reconocimiento, la ausencia y esa rara nostalgia por alguien a quien nunca se ha conocido. Al final añadí una pregunta: “¿Puede un sueño recordar el futuro?” 

Una semana después recibí una carta sin remitente. El sobre contenía una hoja doblada y una frase escrita con tinta azul: “A veces el futuro también sueña con nosotros”. Debajo había dibujada una diminuta estrella de ocho puntas.

Leí la frase una y otra vez. Pregunté en la revista quién había entregado el sobre. La secretaria recordó a una mujer adulta, joven, de voz serena, que llevaba un libro contra el pecho. No supo decirme más. La descripción era demasiado común para ser una pista y demasiado cercana para ignorarla.

Regresé a casa con el sobre en el bolsillo. Aquella noche dibujé la estrella en mi cuaderno y, debajo, escribí una respuesta: “Si eres tú, dime dónde termina el sueño”. Volví a la revista y pedí que la publicaran en el siguiente número.

Por primera vez comprendí que mi búsqueda podía conducirme a una persona real, pero también a una decepción. Tal vez alguien se divertía con mi historia. Tal vez una lectora había reconocido su propia soledad en la mía. Sin embargo, cuando apagué la luz, percibí de nuevo el calor imposible junto a mi espalda. No me atreví a moverme. En la oscuridad, una voz apenas audible pronunció una sola palabra: “Mañana”.

CAPÍTULO III

La cita de la estrella

A la mañana siguiente encontré otro sobre bajo la puerta. La misma tinta azul indicaba una hora y un lugar: cinco de la tarde, en la biblioteca antigua del centro. La estrella de ocho puntas aparecía al final como una firma.

Llegué media hora antes. La biblioteca olía a papel envejecido y madera húmeda. Elegí una mesa desde la cual podía observar la entrada. A las cinco en punto apareció una mujer con un vestido color vino y un libro entre las manos. Tendría poco más de veinte años, era claramente adulta, y caminaba con la serenidad de quien no necesita pedir permiso para ocupar un lugar.

Nuestros ojos se encontraron. Sentí el mismo golpe en el pecho del sueño. Ella se acercó, dejó el libro sobre la mesa y se sentó frente a mí.

—Me llamo Elena —dijo—. Y antes de que pregunte, sí, fui yo quien envió las cartas.

Su rostro se parecía al de mi musa, aunque no era idéntico. La realidad tenía detalles que el sueño no había previsto: una pequeña cicatriz junto a la ceja, una forma divertida de fruncir los labios y una mirada que no se dejaba idealizar.

Elena explicó que había leído mi relato y reconocido una habitación que también aparecía en sus sueños. En el suyo, sin embargo, era ella quien despertaba sola. Recordaba a un hombre que escribía junto a una ventana y una frase que él repetía: “La belleza abre la puerta, pero la inteligencia enseña el camino”. Era una frase que yo había escrito años antes y jamás había publicado.

El silencio entre nosotros se llenó de preguntas. Quise creer de inmediato, pero la prudencia me sostuvo. Le pregunté cómo podía conocer aquella frase. Ella abrió el libro que llevaba. Era un ejemplar usado de poesía y, en la última página, alguien la había escrito a lápiz junto a mis iniciales. Reconocí mi letra. Recordé haber regalado ese libro mucho tiempo atrás, sin saber adónde había ido a parar.

—Quizá no soñamos el futuro —dijo Elena—. Quizá los objetos guardan caminos que nosotros olvidamos.

Salimos de la biblioteca cuando empezaba a llover. Caminamos bajo el mismo paraguas, todavía como dos desconocidos que compartían un misterio. No intenté tocarla ni convertirla en la mujer del sueño. Comprendí que Elena merecía existir fuera de mis páginas. Si iba a conocerla, tendría que hacerlo desde el principio.

CAPÍTULO IV

La distancia entre dos verdades

Durante varias semanas Elena y yo nos encontramos en cafés, parques y librerías. Hablábamos de literatura, de las decisiones que cambian una vida y de la extraña costumbre humana de confundir lo deseado con lo verdadero. Su inteligencia me cautivaba más que cualquier parecido con el sueño. Tenía opiniones firmes, sabía escuchar y no temía contradecirme.

Una tarde le mostré el cuaderno donde había descrito nuestro supuesto encuentro antes de conocerla. Elena leyó en silencio. Al terminar, cerró las tapas con cuidado.

—No quiero competir con una mujer imaginaria —dijo—. Ella siempre hará exactamente lo que usted espera. Yo no.

Sus palabras me hirieron porque eran ciertas. Había observado cada gesto suyo buscando confirmar mi sueño. Sin darme cuenta, intentaba acomodar a Elena dentro de un personaje construido por mi soledad.

—Perdóneme —respondí—. La busqué creyendo que ya la conocía.

—Entonces deje de buscarla y empiece a conocerme.

Nos alejamos unos días. La ausencia me obligó a mirar con honestidad lo que sentía. Entendí que el sueño no era una profecía ni una promesa de posesión. Era un espejo de mis anhelos: compañía, admiración mutua, ternura y seguridad. Elena podía compartirlos conmigo o no; esa elección le pertenecía.

Volví a escribirle, esta vez sin enigmas: “No sé si usted es la mujer de mi sueño. Sé que es Elena, y quisiera seguir conversando con usted, sin inventarle un destino”. 

Nos vimos al día siguiente en el puente de piedra. Ella llegó con la estrella dibujada en una hoja y la dejó caer al río.

—Ya no necesitamos señales —dijo.

Caminamos hasta el anochecer. Cuando tomé su mano, esperé su respuesta. Elena entrelazó sus dedos con los míos. No fue un gesto escrito por anticipado, sino una decisión presente. Y precisamente por eso fue más hermoso que el sueño.

CAPÍTULO V

Donde comienza lo real

El tiempo nos enseñó que ninguna historia verdadera avanza sin dudas. Elena tenía sus proyectos, sus temores y una vida que no giraba alrededor de mí. Yo conservaba mis libros, mis responsabilidades y la tendencia peligrosa a refugiarme en las palabras. Aprendimos a encontrarnos sin dejar de ser nosotros mismos.

Una noche regresamos a mi casa después de una lectura de poesía. La habitación estaba iluminada por la misma claridad azulada de aquella madrugada. Elena se detuvo junto a la cama y sonrió.

—¿Era así? —preguntó.

—Parecida —respondí—, pero le faltaba algo.

—¿Qué cosa? 

—La verdad.

Nos sentamos junto a la ventana. Le leí el primer capítulo y ambos reímos ante la solemnidad con que había descrito cada sensación. Después, Elena apoyó la cabeza en mi hombro. Su cercanía no tenía la perfección del sueño: hacía frío, el café se había enfriado y desde la calle llegaba el ruido de un automóvil. Sin embargo, nada de eso disminuía el momento. Lo hacía humano.

Le confesé que durante mucho tiempo había temido despertar y encontrar otra vez la cama vacía. Ella me miró con ternura, pero también con esa firmeza que tanto admiraba.

—No podemos prometer que nunca habrá ausencias —dijo—. Solo podemos elegir estar mientras estemos.

Aquella frase se convirtió en el verdadero final de mi búsqueda. Comprendí que yo no había encontrado a la mujer creada por mi cerebro. Había encontrado a una persona libre, capaz de sorprenderme, corregirme y acompañarme. La musa dejó de ser una sombra perfecta y adquirió voz, voluntad y nombre.

Esa madrugada desperté por un instante. Elena dormía a mi lado, respirando con calma. No intenté comparar la escena con la antigua visión. Cerré los ojos y agradecí el azar, los libros perdidos y las cartas de tinta azul.

En la mesa descansaba mi cuaderno. La última página decía: “Busqué una mujer soñada y encontré una verdad despierta”. Debajo, Elena había añadido al amanecer una estrella de ocho puntas y una frase nueva: “Aquí no termina el sueño. Aquí comienza lo real”.

CAPÍTULO VI

La muchacha de los muchos sueños

A medida que nuestras conversaciones se hicieron más largas, Elena dejó de ser para mí un misterio nacido entre sábanas y palabras. Comenzó a revelarse como una mujer adulta joven llena de proyectos. Le gustaban las películas de terror, aunque después de verlas encendía todas las luces del corredor y se reía de sí misma. Disfrutaba la danza porque, según decía, el cuerpo también necesitaba contar sus propias historias. Le atraían el modelaje y la elegancia de una pasarela, pero no por vanidad, sino por la seguridad que sentía al caminar erguida frente a muchas miradas. También practicaba yoga; en el silencio de cada postura encontraba una paz que el ruido cotidiano le negaba.

Era alta, delgada, de tez blanca y de una belleza que llamaba la atención aun cuando intentaba pasar inadvertida. Sin embargo, lo que más me impresionaba era la naturalidad con que hablaba de sus sueños. Estudiaba Turismo porque quería conocer el mundo: recorrer ciudades antiguas, escuchar idiomas diferentes, contemplar el mar desde otros puertos y aprender las costumbres de pueblos lejanos. No deseaba huir de su tierra; quería regresar a ella con los ojos llenos de horizontes.

Nos habíamos encontrado en aquel lugar de sabiduría donde los libros, las aulas y los pasillos reunían a personas de edades e historias distintas. La primera vez que la vi allí quedé impactado. Su presencia parecía iluminar el corredor, pero fue su manera inteligente de responder una pregunta la que terminó de cautivarme. Yo la observé con la sensación inquietante de que aquel momento ya había sucedido.

Pronto descubrimos que compartíamos gustos inesperados. Podíamos hablar durante horas sobre una película, una canción, un poema o un lugar que ninguno de los dos conocía todavía. A veces ella me enseñaba un paso de danza; otras veces yo le leía un verso recién escrito. Elena decía que mis poemas la hacían verse de una manera nueva. Yo le respondía que no era mérito mío: bastaba mirarla para que las palabras acudieran como aves a una ventana.

—Entonces no soy solamente la mujer de tus sueños —me dijo una tarde—. También soy la causa de tus desvelos.

—Eres la musa de mis escritos —contesté.

Ella sonrió, pero luego guardó silencio. En sus ojos apareció una preocupación que no quiso explicarme. Intuí que detrás de todos aquellos planes había una noticia capaz de cambiar el rumbo de nuestra historia.

CAPÍTULO VII

La memoria de unos brazos

El recuerdo llegó una mañana mientras Elena me mostraba fotografías de su infancia. En una de ellas aparecía siendo apenas una niña, durante una celebración familiar. Detrás se veía una casa de paredes claras, un árbol enorme y varias personas que yo reconocí vagamente. Sentí que el pasado abría de golpe una puerta que había permanecido cerrada durante muchos años.

—Yo estuve en ese lugar —dije, señalando la fotografía.

Elena me miró sorprendida. Buscamos otras imágenes hasta encontrar una en la que un hombre joven sostenía en brazos a una niña. El rostro estaba un poco borroso, pero no había duda: aquel hombre era yo y la niña era ella. Había asistido a aquella reunión acompañando a unos conocidos. Recordé que Elena, cansada de jugar, se había acercado sin temor y había extendido los brazos para que la alzara. La sostuve unos minutos mientras su familia preparaba la fotografía, y luego la vida siguió su curso.

Ella, por supuesto, no recordaba nada. Para mí también había sido una escena perdida entre cientos de días, hasta que la imagen la rescató. Nos quedamos contemplándola con una mezcla de asombro y prudencia. No queríamos convertir una coincidencia en una profecía, pero resultaba imposible ignorar que nuestros caminos se habían cruzado mucho antes de que pudiéramos imaginarlo.

—Quizá por eso te tuve confianza desde el principio —dijo Elena—. Tal vez alguna parte de mí recordó que una vez estuvo segura en tus brazos.

Sus palabras me conmovieron. Pensé en los hilos invisibles con que la vida une momentos lejanos: una niña, un hombre joven, una fotografía olvidada y, años después, dos adultos sentados frente a frente tratando de comprender la misma historia.

Yo había leído sobre almas que se encuentran una y otra vez. Empecé a preguntarme si nos habíamos conocido en otras vidas, si el destino nos había reunido o si aquello era el karma de una historia inconclusa. Elena no se burló de mis ideas. Tampoco aseguró que fueran ciertas.

—No sé qué fuimos antes —dijo—, pero sé lo que somos ahora: dos personas que se reconocen sin entender completamente por qué.

Guardamos la fotografía dentro de mi cuaderno. Al lado escribí: “El destino no siempre anuncia su llegada; a veces espera muchos años escondido en una imagen”. Desde entonces, cuando Elena me miraba con aquella confianza inexplicable, yo recordaba que la vida ya la había puesto una vez en mis brazos y que ahora nos ofrecía la oportunidad de conocernos de verdad.

CAPÍTULO VIII

El abrazo que venció al sueño

La noche en que el sueño comenzó a volverse realidad no hubo música ni una habitación perfecta. Nos encontramos después de una jornada larga, en un lugar tranquilo desde donde se veían las luces de la ciudad. Elena hablaba de sus estudios, de los sitios que deseaba visitar y del temor de equivocarse al elegir su camino. Yo la escuchaba sin intentar resolverle la vida. A veces la compañía más sincera consiste en permanecer cerca mientras el otro encuentra sus propias respuestas.

Cuando se hizo tarde, caminamos despacio. Podíamos vernos cara a cara, escuchar el sonido real de nuestras voces y descubrir pequeñas expresiones que ningún sueño habría podido inventar. Al despedirnos, Elena se acercó y me abrazó. La rodeé con cuidado, sin exigirle al momento nada más de lo que ella quisiera ofrecer.

Permanecimos así durante varios minutos. Sentí su corazón junto al mío, y por un instante recordé la madrugada en que había despertado buscando su calor en una cama vacía. Pero aquello era diferente. No estaba dormido. Elena respiraba contra mi pecho y sus brazos respondían a los míos. La cercanía no era una fantasía: era una elección compartida.

Nos separamos apenas lo suficiente para mirarnos. Yo había imaginado muchas veces cómo sería besar a la mujer que solo había besado en sueños. La pregunta quedó suspendida entre nosotros, silenciosa y visible. Elena acercó su rostro; nuestras mejillas se rozaron con ternura. No hizo falta más. Aquel gesto sencillo nos reveló que el afecto no necesita apresurarse para ser verdadero.

Ella despertaba en mí una juventud que creía perdida. No borraba los años, pero me devolvía la curiosidad, el deseo de aprender y la capacidad de asombro. Yo, por mi parte, le ofrecía la serenidad de la experiencia: no para dirigir sus pasos, sino para recordarle que podía caminar con seguridad por el rumbo que eligiera.

—Contigo me siento más segura de mí misma —confesó.

—Y contigo recuerdo que todavía puedo comenzar de nuevo —le respondí.

Comprendimos que el tiempo y la diferencia de edad no determinaban por sí solos la profundidad del cariño; lo esencial era el respeto, la libertad y la honestidad con que dos adultos decidían acercarse. Para mí, Elena era la musa que encendía cada página. Para ella, yo era el hombre que podía compartir lo aprendido sin apagar sus propios sueños.

Nos despedimos sin promesas grandiosas. Mientras se alejaba, supe que aquel roce de mejillas había vencido al sueño, porque lo real, aun siendo más pequeño, tenía una verdad que la imaginación jamás podría reemplazar.

CAPÍTULO IX

La ciudad de la distancia

La noticia que Elena había guardado terminó por llegar. Debía partir a otra ciudad para continuar sus estudios y realizar una práctica relacionada con Turismo. Era la oportunidad que había esperado: conocer nuevos lugares, ampliar sus conocimientos y acercarse al mundo que tantas veces había imaginado. Cuando me lo contó, intenté alegrarme, pero el temor habló primero dentro de mí.

No me asustaba solamente la distancia. Temía que las nuevas calles, amistades y obligaciones borraran nuestros encuentros; que aquellos momentos pequeños pero profundos se convirtieran en una fotografía más, guardada en un cuaderno que nadie volvería a abrir. Mi caballero interior, como ella solía llamarme, no temía luchar contra monstruos visibles, pero se sentía indefenso ante los kilómetros y el paso del tiempo.

Elena percibió mi inquietud.

—Irme no significa olvidarte —dijo—. Pero tampoco puedo renunciar a lo que soy para demostrar lo que siento.

Sabía que tenía razón. Quererla significaba respetar el viaje que daba sentido a su vocación. Si intentaba detenerla, convertiría el afecto en una jaula y dejaría de ser el hombre en quien ella confiaba. Aun así, la razón no pudo evitar la tristeza.

Durante los días anteriores a su partida recorrimos nuestros lugares habituales. Vimos una película de terror que terminó haciéndonos reír; ella bailó bajo una lluvia breve, como si la calle fuese un escenario; me mostró algunas posturas de yoga que ejecuté con poca elegancia, y hablamos de los países que algún día quería visitar. Yo le entregué un cuaderno nuevo. En la primera página escribí: “Para que la distancia tenga dónde contarnos lo que ve”.

Ella me regaló una pequeña estrella de ocho puntas, semejante a la de aquellas primeras cartas.

—Creí que ya no necesitábamos señales —le recordé.

—No es una señal —respondió—. Es memoria.

En la terminal nos abrazamos largamente. No hubo discursos perfectos. Nuestros corazones parecían buscar una manera de quedarse unidos mientras el mundo nos obligaba a separarnos. Comprendí entonces que nuestra relación no se sostenía en la cercanía física ni en el deseo de poseernos. Era una intimidad espiritual hecha de confianza, conversación, admiración y palabras.

El autobús se perdió al final de la carretera. Volví a casa con la estrella en el bolsillo y una certeza dolorosa: la distancia pondría a prueba nuestra historia. Esa noche la cama volvió a estar vacía, pero ya no dudé de que Elena existía. Lo que no sabía era si el amor podía aprender a vivir entre dos ciudades.

CAPÍTULO X

La musa de mis escritos

Los primeros días de ausencia fueron difíciles. Cada sonido del teléfono me hacía pensar que era Elena; cada silencio demasiado largo despertaba mis temores. Sin embargo, ella encontró maneras de permanecer. Me enviaba fotografías de edificios antiguos, relatos sobre personas que conocía y notas de voz en las que describía los paisajes como si guiara una excursión solo para mí. Yo respondía con poemas.

La distancia cambió nuestra forma de acompañarnos. Ya no podíamos sentarnos frente a frente, pero aprendimos a escucharnos con mayor atención. Elena me hablaba de sus clases, de la danza que practicaba al caer la tarde, de una sesión de modelaje a la que se atrevió a participar y del yoga que le ayudaba a conservar la calma. Yo le contaba mis días y le leía las páginas que su recuerdo inspiraba.

Una noche le confesé que temía convertirme únicamente en una etapa de su vida.

—Todos somos una etapa en la vida de alguien —respondió—. Lo importante es la verdad con que vivimos esa etapa. No prometamos lo que el futuro todavía no conoce; cuidemos lo que existe hoy.

Sus palabras me dieron paz. Comprendí que amar no era asegurar la presencia eterna de otra persona, sino agradecerla sin apropiarse de su camino. Si el destino nos había unido, no necesitábamos forzarlo; si el karma nos había hecho regresar para terminar una antigua historia, debíamos escribirla con libertad y respeto.

Meses después Elena volvió de visita. La esperé en el mismo lugar donde nos habíamos despedido. Cuando descendió, parecía traer en los ojos todas las calles recorridas. Seguía siendo ella, pero más segura, más consciente de su capacidad y más cercana al futuro que deseaba. Se acercó sin vacilar y nos abrazamos. Nuestros corazones reconocieron el ritmo que la distancia no había logrado borrar.

—Pensé que tal vez no volvería a verte —admití.

—Yo sabía que volvería —dijo—. Aquí dejé una parte de mi historia.

Caminamos hasta la biblioteca donde todo había comenzado. Saqué mi viejo cuaderno y le mostré las páginas nuevas. En ellas estaban sus gustos, sus sueños, la fotografía de su infancia, nuestro abrazo y la ciudad que había intentado separarnos. Elena leyó en silencio. Cuando terminó, escribió al final: “No fui tu musa porque me soñaste; fui tu musa porque aprendiste a verme como realmente soy”.

Aquella frase dio título a la novela. La llamé La musa de mis escritos. No sabía cuál sería el final de nuestra historia ni quise inventarlo. Éramos dos almas que parecían haberse conocido antes de este siglo, pero también dos seres humanos responsables de elegir el presente. Tal vez había sido el destino, tal vez el karma o quizá una hermosa coincidencia. La respuesta dejó de importarme.

Esa tarde Elena apoyó la cabeza en mi hombro mientras yo escribía. No había distancia entre su voz y mis palabras. Entendí que una musa verdadera no vive encerrada en un poema: camina por el mundo, toma sus propias decisiones y, aun desde lejos, ilumina a quien ha sabido quererla sin cortarle las alas.

Cerré el cuaderno y la miré. Ella sonrió. La novela terminaba allí, pero nuestra historia, libre de sueños y profecías, todavía tenía muchas páginas en blanco.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS