Las luces y sus colores apagados, que acaso se escapaban por aquella puerta en dos, tenían la apariencia de un recuerdo. No iluminaban: insinuaban. Eran la débil evidencia de que detrás de aquella abertura existía algo que no me estaba permitido conocer.

La puerta, dividida en dos hojas, permanecía entreabierta. Por la rendija escapaba una luz incierta, amarillenta, casi enferma. Me pareció que no provenía de una lámpara sino de un tiempo remoto, de una habitación que acaso había existido en otra época y que por algún error del universo continuaba iluminada.

Hay puertas que separan espacios y otras que separan mundos. Ésta pertenecía a la segunda especie.

Me quedé mirándola. No sentí curiosidad, sino una extraña forma de reconocimiento. Como si alguna vez, en un sueño que ya no recuerdo, hubiera estado del otro lado. Quizá todos los lugares que creemos desconocidos son apenas lugares que hemos olvidado.

Los colores apagados se deslizaban por el suelo y morían antes de llegar a mis pies. El rojo parecía haber sido el colorado; el azul, alguna vez, había sido de pálido celeste. Todo conservaba la forma de lo que había perdido.

Entonces comprendí que aquello que se escapaba por la puerta no era luz. Era el tiempo.

Y quizá por eso sus colores estaban apagados: porque el tiempo, cuando abandona una habitación, se lleva consigo a caso el brillo de todas las cosas.

Y cerré los ojos.

No para olvidar lo que había visto, sino para conservarlo. Porque hay imágenes que sólo sobreviven cuando dejamos de mirarlas.

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