Es usted la casualidad más hermosa que ha llegado a mi vida.

Es usted la casualidad más hermosa que ha llegado a mi vida.

Hay personas que llegan a nuestra vida como llegan ciertas lluvias: sin anuncio, sin propósito aparente, casi como si el mundo hubiera decidido, por un instante, apartarse de sus propias leyes.

Usted llegó así.

No sé si llamarlo destino, porque esa palabra suele atribuir a los hechos una arquitectura que quizá no poseen. Prefiero llamarlo casualidad. Una casualidad, sin embargo, de esas que parecen haber sido cuidadosamente esperadas por alguien que conoce nuestro porvenir mejor que nosotros mismos.

Es usted la casualidad más hermosa que ha llegado a mi vida.

Tal vez nunca sepamos por qué dos personas se encuentran entre millones de seres que nacen, caminan, se pierden y vuelven a encontrarse sin saber que, en algún lugar del tiempo, sus vidas ya estaban destinadas a cruzarse. Quizá el universo no tenga propósitos; quizá nosotros se los inventemos después, cuando necesitamos que ciertos encuentros signifiquen algo.

Pero hay casualidades que se resisten a ser explicadas.

Usted es una de ellas.

Desde que llegó, el pasado parece haber adquirido otro orden. Algunas cosas que creía definitivas se volvieron provisorias; otras, que juzgaba insignificantes, revelaron una misteriosa importancia. Comprendí entonces que quizá una vida no se mide por la cantidad de años que contiene, sino por esas pocas presencias capaces de modificar para siempre el significado de los días.

No sé cuánto durará esta casualidad.

Las casualidades, por definición, no prometen eternidad.

Pero acaso la eternidad sea precisamente eso: un instante que, por alguna razón que ignoramos, se niega a terminar.

Y si alguna vez alguien me preguntara cuál fue la más hermosa de mis casualidades, no necesitaría pensarlo demasiado.

Diría simplemente:

Usted.

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