El vapor del puerto todavía le pesaba en los pulmones cuando el viejo Manuel le entregó una escoba más alta que él. «Aquí se duerme sobre los sacos de garbanzos, rapaz, y se despierta antes que el gallo», le advirtió con voz cansada pero enérgica. Su sobrino, recién llegado de esa Galicia que todavía le rompía el alma, miró el lugar, sintió el olor nuevo en sus entrañas, y hasta pensó en regresar un día. La escoba le pareció inmensa.
Manuelín pasó años barriendo el polvo de La Habana Vieja, memorizando el peso exacto de la manteca y aprendiendo a anotar el «fiado» con caligrafía perfecta en una libreta que no podía perderse. Sus manos, antes acostumbradas al frío de la aldea en Lugo, se agrietaron con la sal del bacalao y el roce diario de las monedas. No había domingos. El único descanso era mirar, tras el mostrador de cedro, el vaivén de las mulatas y escuchar las discusiones de pelota que encendían la esquina.
Y el tiempo, con su costumbre de pasar, lo fue creciendo y envejeció a su tío. Llegó la boda, la mulata María que de novia pasó a esposa, los niños, y un cuartito en una cuartería de la vieja Habana.
Una noche de agosto, treinta años después, Manuelín —ya don Manuel— firmó las escrituras del local. Limpió el sudor de su frente, miró los estantes repletos de vino gallego y ron cubano, y por primera vez en su vida, sonrió frente al espejo de la trastienda. Su tío se retiraba, y quedaba a su cuidado.
Al día siguiente, un sobrino recién bajado del barco lo esperaba con los ojos abiertos y asustados. Manuel, sin decir palabra, le tendió la misma escoba.
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